María Antonieta Collins

Subyugada ante un alma blanca

El Papa Francisco saluda a la multitud, en su recorrido por el Parque Samanes de Guayaquil, Ecuador.
El Papa Francisco saluda a la multitud, en su recorrido por el Parque Samanes de Guayaquil, Ecuador. AP

He hecho historias de miles que solo por un segundo de atención del Papa Francisco –como en su momento sucediera con Juan Pablo II– hacen cualquier cosa por verlo de cerca, o mejor aún: que él los vea. Soportan lluvia, frío, condiciones miserables para dormir a la intemperie.

Todo vale la pena por una mirada de él. Los he admirado, en especial, a aquellos padres con niños discapacitados que empujan las sillas de ruedas por lomas y praderas, que cargan a sus enfermos sin importar el peso, con tal de alcanzar a Francisco cuando pase.

Así lo atestigüé en Paraguay, Bolivia y Ecuador. Fue en este último lugar donde sucumbí como cualquiera de los televidentes para quienes transmitimos en Univisión. Habíamos esperado largas siete horas desde la madrugada, en medio del polvoriento terreno que levantaba arenales con el viento y del aire que enrojecía nuestros ojos.

Era el Parque Samanes de Guayaquil, donde la misa campal reuniría a un millón doscientas mil personas, un millón de fieles más que 30 años antes, allí mismo, con Juan Pablo II.

Mientras pasaban las horas, el calor hizo de las suyas hasta alcanzar los 94º Farenheit. Nada importaba. Caían por un lado y por el otro los que se desmayaban. Nos sorprendimos ante los bomberos, que rociaban a la gente con mangueras para refrescarlos ante el beneplácito de quienes recibían aquella agua como manjar del cielo.

De pronto, nos dimos cuenta de que estábamos situados exactamente en el punto por donde el Papa Francisco pasaría a menos de medio metro de distancia. Lo demás vino como torbellino.

El Papa, a bordo del papamóvil, comenzó a recorrer el interior bendiciendo a creyentes –y a los que no eran– pero lo querían ver. No hice más que lo que mi instinto de periodista –quizá mas fuerte que mi instinto de creyente– me permitió: salté desde unos 10 pies de altura, de pronto y sin aviso, ayudada por los camarógrafos Andrés Sánchez y Juan Carlos Guzmán que literalmente me cacharon para no caer. Y corrí. Corrí hasta la orilla donde el Papa pasaría. Las cámaras siguieron la odisea.

El papamóvil aminoró la velocidad justo al pasar frente a mí, mientras yo le gritaba: “Papa, Papa una bendición…” Y Francisco no la negó, al tiempo que levantaba la mano.

Miró a la lente de Juan Carlos Guzmán y dio la bendición. El papamóvil siguió rápidamente para ajustar sus tiempos. Yo estaba como en pausa y me preguntaba: ¿Qué puede provocar que las multitudes sigan a este hombre del que cada día queremos conocer más?

¿Qué político o qué estrella tiene este carisma y esta capacidad de convocar a millones con tal de verlo solo un segundo mientras circula por las calles o cuando oficia una misa?

Si eso se pudiera saber, seguro que pronto los científicos desarrollarían una medicina que nos hiciera ser así ante cualquier circunstancia. Pero eso no existe.

No pregunto. Callo. Me doy cuenta de que soy una más, subyugada ante un alma blanca que solo predica a los hombres, sin importar su religión, que la paz y el amor son artesanales y que, por tanto, todos podemos construir la nuestra.

También me doy cuenta de que, como aquellos peregrinos que esperaron, yo también, con un grito, logré lo que quería: que el Papa Francisco me bendijera, y digo para mis adentros: Amén.• 

mariaantonietacollins @yahoo.com

@CollinsOficial

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