Cuidado con los que hablan sin escuchar
En verdad que estas cosas o solo me pasan a mí, o le pasan a otros, pero no las cuentan. Y cuando las cuenta uno, para variar, me dicen que las invento. ¡Nada de eso!
Venía en el auto con Jovana, mi asistente, cuando el teléfono sonó insistentemente con un número desconocido. Respondí y esto fue lo que escuché: “¡Fefaa! ¡Caballero! La verdad es que no sé por qué no me has respondido”.
Le dije: “Señora, no soy Fefa”. Ni caso me hizo y comenzó a contar algo. “Mira, Fefa, lo que son las cosas. Tu madre se ha metido a la piscina con una trusa tan pequeña que hace que las masas se le salgan por todas partes”.
Subí la voz para detener esa plática que no me incumbe. “¡Señora, que no soy Fefa!”
A la mujer no le interesaba escuchar a quien, desde el otro lado del auricular, le decía que dejara de contar aquella historia tan personal, que se trataba de un número equivocado.
“¡Fefa! No sabes lo que ha sucedido”. Le seguí gritando: “¡Señora, no sé ni me interesa saber lo sucedido. Escúcheme: no soy Fefa!”
Pero ella seguía en lo suyo: contar la historia, aparentemente sin importarle a quién. “¡Ay, Fefa! Que mientras tu madre se estaba metiendo a la piscina del condominio, ¡llegó tu padre furioso gritándole un montón de cosas!”
“Señora”, le dije desesperada. “Mi padre no puede venir, porque murió hace 11 años. No soy Fefa! Me llamo María Antonieta”. Pero no me hizo caso alguno.
Me desesperé, porque a aquella mujer no le interesaba más que seguir hablando sin parar. Decidí dejar el teléfono en el asiento. Me di cuenta de que Jovana, que se encontraba sentada en el asiento del pasajero, se reía de lo que estaba sucediendo.
“Parece una comedia”, me dijo. “A esa señora le pasa lo que a mucha gente: no les interesa escuchar, sino solo que les escuchen lo que dicen y no quiere darse cuenta de que ha marcado al número equivocado. Y, lo peor de todo, que pierdes cinco minutos tratando de decirle por todos los medios que no eres la persona con quien cree estar hablando”.
Jovana dio en el blanco. La anónima llamada había sido hecha por un personaje solo interesado en el monólogo que estaba recitando, no en lo que le respondieran. Volví a tomar el celular.
“Fefa, cuando tu padre terminó de decirle toda clase de obscenidades a tu madre, ¿qué crees que pasó? ¡Pues tu madre salió de la piscina como si nada y tu padre, furioso, le dio una bofetada, porque dijo que estaba provocando a los vecinos! ¡Voy a llamar al 911! ¡Fefa! ¡Fefa! ¿Por qué te quedas callada y no hablas, chica? ¡Se trata de tu madre!”
Finalmente, luego de varios intentos logré decirle:
“Señora, no hablo porque ¡ni siquiera soy Fefa! ¡Ni conozco a nadie que se llame así! Tampoco me interesa la historia y usted tiene que aprender a escuchar lo que le dicen del otro lado de un celular, que es para que dos personas platiquen. Llevo casi diez minutos gritándole que marcó un número equivocado. ¡Que tenga buenos días! Y mucha suerte para que encuentre a Fefa y le cuente lo que ha pasado con su madre y su padre”.
La mujer colgó el teléfono sin pronunciar palabra. Y ni siquiera tuvo la cortesía de disculparse. Jovana y yo nos reímos del final, cuando de pronto, sonó de nuevo mi celular. Era el mismo número.
“Fefa, Fefa, ¡ni imaginas lo que ha pasado!” Ahora, la que colgó el teléfono fui yo.•
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@CollinsOficial
Esta historia fue publicada originalmente el 8 de septiembre de 2015, 2:01 a. m. with the headline "Cuidado con los que hablan sin escuchar."