A bordo del avión papal con una lista cargada de esperanza
Mientras usted lee esto, ya habré aterrizado en Roma para uno de los viajes más interesantes y esperados que he vivido cubriendo más de 30 años en el Vaticano y al tercer Papa de mi carrera.
Veo el calendario y marco la fecha: miércoles 16 de septiembre de 2015. En menos de tres días, junto con mi compañero camarógrafo Juan Carlos Guzmán nos embarcaremos en el Pastor Uno (Shepherd One, en inglés), junto a 71 periodistas más con el mismo privilegio: ir con el Papa Francisco a Cuba y Estados Unidos.
Hay cosas que solo la providencia permite. Este viaje es una de ellas. Han sido meses buscando ese espacio que no estuvo disponible sino hasta que la lista fue dada a conocer y hurgando entre los nombres para saber que estaban ahí los nuestros.
Después, la preparación física de meses. Subirse en ese avión y seguir la espartana rutina que comienza con una misa a las 5:30 a.m. requiere de condición del cuerpo para resistir.
He entrenado al amanecer caminando cinco millas por lo menos. He recorrido así, el puente de Key Biscayne en toda su longitud hasta el Acuario, o la ruta que lleva a la única loma de Westchester, que es la que hay en el Tropical Park, o la otra vía a lo largo de Ponce de León apenas amanece, y ni hablar de todos los circuitos de Coral Gables.
Me he ido despertando más y más temprano para poder ajustar mi reloj biológico, y no es lo único. He tenido que ir haciendo fuerza para cargar cuesta arriba y cuesta abajo de la inmensa escalerilla del avión papal las maletas autorizadas –dos de mano– y que tienen que ir con cada uno de nosotros por esa parte del avión, a la velocidad mayor con que los periodistas tienen que entrar y salir. La premisa es:
“Nadie ayuda a nadie. Aquí no hay caballeros ni damas. Si alguien no puede cargar su maleta de mano, no la debe llevar a bordo”. Ni abrir la boca es bueno.
Debo confesarles que las maletas llevan dentro varias cosas. Las he preparado con anticipación, escondiéndolas de “Oreo” “La Güera Collins” y “CJ”, mis tres perros adoptados. Y es que ellos se deprimen terriblemente cuando ven una maleta, porque entienden que su ama se va de viaje por unos días y que quedan a cargo de la estricta Carmela, quien los pone en un régimen de buenos modales y horarios de los que no pueden escapar. Para evitar sus caras tristes, llegué a la conclusión de que es mejor esconderlas.
Por lo demás, todo es una lista llena de esperanza: llevo los nombres de los amigos y de los que no lo son, pero que me han pedido un recuerdo papal o, por lo menos, una piedra de El Cobre. Llevo la reminiscencia de lo que he vivido con Juan Pablo II, con Benedicto XVI para quizá contárselo ahora.
Me pregunto cómo serán esas misas con la maravillosa música cubana que describí en 2012 en mis crónicas de La Habana y Santiago de Cuba donde todo aquello me hizo escribirles a ustedes: “Si los ángeles cantaran…” Francisco lleva a Estados Unidos y a Cuba una iglesia católica en apertura. Va convertido en ese Papa distinto del Obispo Bergoglio que en 1998, cuando Juan Pablo II fuera a Cuba, se alejó del protagonismo y se perdió entre la multitud, con todos los anónimos que tan bien le hacían sentir.
Esta vez todo será distinto. También a nosotros los que vamos con él. Así que me apresto a contarles lo que pase, pero eso será a partir de la semana entrante.
Por hoy, desde Roma, les deseo buongiorno!•
mariaantonietacollins @yahoo.com
@CollinsOficial
Esta historia fue publicada originalmente el 15 de septiembre de 2015, 0:55 a. m. with the headline "A bordo del avión papal con una lista cargada de esperanza."