María Antonieta Collins

¡Gracias, mamá!

Desde que mi hija Antonietta se fue a vivir a Connecticut contratada por la cadena ESPN en inglés, no hay día en que no hablemos al menos tres veces por teléfono.

Pero desde el 6 de octubre pasado, cuando aparecieron las fosas clandestinas en Iguala, México, y comenzaron a buscar a los 43 estudiantes desaparecidos, nuestras platicas son desde Guerrero, adonde he viajado constantemente para narrar aquel dantesco infierno que vive a diario una gran parte de los mexicanos asediados por el crimen organizado.

Cada noche, cuando estoy en zonas de riesgo, ella me llama discretamente por teléfono, para saber que su madre está segura ya en el hotel. Lo hace así para no preocuparme. Es lo mismo que hago yo cuando sé que ella está en un lugar complicado.

Así le puedo contar de las cosas terribles que ella ya vio en mi historia de ese día en Noticiero Univisión. “Ahora entiendo cómo puedes resistir tanto dolor al ver a esa gente sufrir. Pero lo entiendo ahora que hablamos el mismo idioma como periodistas”.

Le digo que es la misma preocupación que tengo yo con ella, tal y como me sucedió durante la Serie Mundial en Kansas City, cuando mi hija logró una exclusiva con el catcher sensación de los Royals, el venezolano Pérez y con su madre, que hablaron con ella antes de que comenzara la serie. Y esto hizo muy felices a sus jefes.

Resulta que, en su reportaje, preparado antes del primer juego, ella decía que Pérez era importante para liderar el equipo desde su posición de catcher. Y que era, además, una gran pieza de la ofensiva a la hora de hacer carreras para ganar la Serie Mundial.

En ese primer juego en Kansas, las cosas les fueron tan mal a los del equipo de casa, que lo que los Gigantes hicieron fue precisamente romper la ofensiva y la defensa de los Royals y nadie anotaba nada. Yo, como periodista, sufría al pensar en el reportaje de mi “retoño” que saldría al día siguiente.

Para mis adentros me preguntaba: “Ay, Dios mío, ¿y ahora qué va a pasar con su reportaje? En ese instante, Pérez vino al bate y ¡anotó de jonrón la única carrera de esa noche! Quienes estaban a mi lado me vieron saltar de alegría gritando: ¡Se salvó el reportaje! ¡Ahora mi hija tiene al héroe del partido!

Esa felicidad por los logros de una y la otra nos une cada vez más. Por eso, el otro día, mientras veía el salvajismo que se vive en México y que yo mostraba en la historia que acababa de ver, fue que Antonietta me dijo algo que nunca esperé escuchar:

“¡Gracias, mamá!” “¿Por qué?”, le pregunté en esa plática telefónica.

“¡Gracias, porque a pesar de tener una vida cómoda en México, no lo pensaste dos veces cuando te enviaron a trabajar en Estados Unidos y empezaste tu carrera de cero! ¡Y yo pude nacer en el país más grande de la tierra!” Debo confesar que las lágrimas me nublaron los ojos. Solo ese día pude reflexionar sobre la certeza de sus palabras.

“Si no lo hubieras hecho, mi vida sería muy distinta. Cambiaste mi destino y sabrá Dios si sería tan feliz y realizada. Viviría presa del clima de violencia que has reportado. En cambio, estudié la carrera que siempre quise, he perseguido mis sueños y aprendo entre los grandes cada día. ¿Cómo no darte las gracias?”

Fue entonces que me vi como cualquier madre inmigrante que hace cualquier sacrificio por darles lo mejor a sus hijos. ¿No le parece que usted también ha vivido eso mismo? Y si no se los ha dicho a sus padres, hágalo después de leer este artículo y le aseguro que los hará muy felices.• 

mariaantonietacollins @yahoo.com

@CollinsOficial

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