María Antonieta Collins

Perdóname por seguirte fallando

Cuando murió Chespirito, Collins tuvo que volar a México a cubrir los funerales y se sintió desolada, porque no pudo estar con su hija el fin de semana de Thanksgiving.
Cuando murió Chespirito, Collins tuvo que volar a México a cubrir los funerales y se sintió desolada, porque no pudo estar con su hija el fin de semana de Thanksgiving. AFP/Getty Images

¿Recuerda usted la alegría con la que conté, en una de mis últimas columnas, que mes y medio antes de Thanksgiving ya había comprado el boleto para que Antonietta, mi hija menor, viniera a pasar el feriado aquí con su madre? La razón de tanta alegría tenía un motivo fundado: Antonietta, presentadora y corresponsal de la cadena ESPN con base en Bristol, Connecticut, como tiene que trabajar en Navidad y Año Nuevo no podría pasar conmigo ninguna fecha familiar, por lo que decidimos que sería el Thanksgiving el momento ideal para estar juntas. Así planeamos todo y ella llegó.

Pasamos el jueves y la mitad del viernes donde almorzamos y después me pidió que la dejara haciendo cosas personales. Quedamos en que por la noche cenaríamos en un buen restaurante y, después, visitaríamos a las amistades que ella quería ver.

“Te quiero llevar al cine –dijo–. También podemos ir a caminar por el puente de Key Biscayne, ahora que haces tanto ejercicio”. Le respondí que sí y me apresté a pasarla superbién. En el ínterin, mientras manejaba de regreso a donde la dejé en espera de recogerla más tarde, me di cuenta de lo feliz de este tiempo pasando juntas, ya que, siempre y por mi prisa en el trabajo esto no era posible. Le tengo que confesar que era tanta mi alegría, que de pronto un sentimiento raro se apoderó de mí, al grado de que pensé que era un mal augurio. De inmediato, abandoné esa idea orando. Poco después, sonó mi teléfono. Era María Martínez Henao, mi jefa:

“Tienes que correr a la oficina y salir al aire de inmediato en un programa especial. Murió Chespirito y hemos cortado la programación. Yo sé que Antonietta está aquí y me duele quitarte el descanso, pero tengo que ser sincera: hoy es hasta la medianoche y mañana muy temprano ya tienes reservación en el primer avión hacia México para que hagas la cobertura”.

“¿Cuándo regreso?”, pregunté. “No lo sé, quizás el martes”. ¡Mi hijita, de acuerdo con lo planeado, regresaría a Connecticut el domingo por la noche, por lo que se quedaría sola en casa! ¡Me sentía desolada! ¡Era el presentimiento que me embargaba desde la mañana!

De inmediato me fui a la oficina y de allí hablé con Antonietta, quien, periodista como su madre, sabe que esta vida es así y comprendió que me tendría que ir de viaje en la madrugada. Ya en la Ciudad de México y revisando mi Twitter, encuentro uno de mi hija con la foto que nos habíamos tomado en el almuerzo y que decía: “Almorzando, media hora después, ella al aire y hoy deseándole a la mejor reportera una excelente cobertura en México. Buen viaje, mamá”.

Me eché a llorar desconsolada, porque en ese momento me di cuenta del sentimiento que me apretaba el pecho: era un inmenso remordimiento de conciencia, el mismo que me atacaba cuando mis hijas eran pequeñitas y yo desayunaba en casa con ellas y las llevaba a la escuela y, para el mediodía, ya no estaba en la ciudad porque algo había sucedido y me habían enviado a cubrirlo. Así perdí muchos de sus momentos importantes. Hablé con mi compañero Jaime García, corresponsal del Noticiero Univisión en Los Angeles y le dije que tenía que escribir esta columna y llamarla: “Perdóname por seguirte fallando”. García clavó su mirada en mí.

“Sabes que eso nos llega a todos los padres, pero a los que estamos en este trabajo más. Lo único que siempre procuré fue ir al primer día de escuela, a los Open House de los colegios y a las graduaciones. Pero, por ejemplo, cuando llegó el cambio de siglo no hubo ni cena ni nada, porque estuve cubriendo en la alcaldía de Los Angeles los festejos de Año Nuevo por si ocurría un atentado. Mi compañía fueron un camarógrafo y una productora. Me sentía como tú hoy”.

Con el alma atribulada, tengo que decirle a Antonietta que perdone a esta madre que le tocó en suerte, la misma que es padre y madre para ella. Y, aunque no hubo un solo reproche de su parte, le tengo que pedir perdón por haberle vuelto a fallar como entonces.• 

mariaantonietacollins @yahoo.com

@CollinsOficial

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