María Antonieta Collins

No caiga en el horror de algunos regalos navideños

María Antonieta Collins
María Antonieta Collins

Año tras año, esta es mi columna obligada: la que está escrita para recordarle que, si es avaro o avara y anda “reciclando” regalos navideños que no le gustaron, y ha esperado un largo año para regalárselos a otros, ¡cuidado! Que esto puede ser la causa de un desastre social.

“Qué pena que ahora todos los Scrooge salen a hacer de las suyas –me dice una amiga que pide anonimato para no provocar una hecatombe familiar–. Tenemos una amiga muy cercana y con muchísimo dinero, que es famosa en la familia porque compra chocolate a granel y con eso rellena una bolsita de una libra y eso es lo que le regala, no a cada persona que va a la cena, no, ¡sino que da una bolsita del dulce y aclara: “¡Es por familia!”.

“Mi mamá es la que se los come toditos. A mí no me gusta. El otro día ella quería comprar chocolates y le dije: ‘Espera unos días, recuerda que ya viene el regalito de la avara navideña’ ”.

Otra víctima de los regalos navideños interviene en la plática.

“Peor estamos nosotros en la oficina. Resulta que hay un cliente al que siempre estamos haciendo muchos favores, nos pasamos arreglándole la vida, porque es de esas gentes que todo lo complica, olvida citas. En fin, es un desastre y hacía meses que nos había anunciado que nos traería un tremendo y especialísimo regalo de Navidad: unas frutas exóticas traídas de no se qué parte y que nos volverían locas del gusto. Se nos hizo agua la boca al imaginar aquella delicia y finalmente llegó el día en que nos trajo su regalo. Venía en una caja que todas en la oficina abrimos con curiosidad. Solo para encontrar dentro dos peras”.

“¿Dos peras?”, pregunto. “Eso mismo. Dos peras. Mira que buscamos por todas partes temiendo que se hubiera salido el resto de las frutas. No. Eran solo dos peras, grandecitas sí, pero solo dos. Resulta que en la oficina trabajamos como ocho personas, así que cuando las rebanamos, pues nos tocaron a dos lasquitas por persona. ¿Para qué regalan esas cosas, y lo peor, que lo anuncian con bombo y platillo?”

No hay respuesta para este comportamiento digno de Scrooge, el avaro del cuento de Navidad de Dickens. Pero hay más, porque la plática entre amigas estaba tan sabrosa que dieron varias versiones de los “monstruos de los regalos navideños”.

“¿Qué tal –dice otra– esa moda que han adoptado muchos de regalar algo pequeño y ridículo y le ponen ‘Para la familia tal’? Les explico mejor: me llegó de alguien cercano: una planta y la tarjeta decía: ¡Este obsequio es para fulana, su hija y su mamá!”

“Ya en privado nos reímos las tres y mi hija me dice: Ok. Si esta planta de adorno es para nosotras, ¿qué significa? Que el regalo lo tenemos que compartir, ¿verdad? Bueno, les propongo que una semana sea para mi recámara, otra para la tuya, otra para mi abuela y la última semana del mes, pues la ponemos en la sala o comedor para que sea para todas, ¿no?”

“Creo que debiera haber honestidad. ¿No hay dinero? Pues se dice eso y se acabó. Todos entienden que, si no se puede, en otra ocasión será, en vez de hacer el ridículo con regalos que nadie les pide que den y que hasta ofenden. Y que solo sirven para burlarse de ellos”.

Tienen toda la razón. Ya les he contado “las recicladas” de las que he sido víctima cada año.

Así que recuerde que los mejores regalos salen del corazón. ¿Quiere regalar algo y no tiene dinero? Prepare el platillo que mejor le sale: moros, tostones, unas galleticas, un cake, algo que le diga a quien se lo dé cuánto lo quiere usted. Esos son los mejores obsequios. ¿Que no tiene para dar? Entonces avíseles a familia y amistades: Este año solo les daré mi amor y eso será suficiente. • 

mariaantonietacollins @yahoo.com

@CollinsOficial

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