Costuras que no se rompen: la identidad del cubano cosida a una pelota de béisbol
Gonzálo Naranjo puede cerrar los ojos y retornar a su niñez en La Víbora. Ahora, a sus 84 años, aún reconoce en el teatro del recuerdo al chico que jugaba a las cuatro esquinas con una pelota de trapo sin pensar que algún día llegaría a jugar con el Almendares, con los Piratas de Pittsburgh.
Naranjo jugaba por puro amor al juego, porque en su barrio todos jugaban, porque sus amigos lejanos y cercanos, familiares -como su tío Ramón Couto-, y casi todas las personas que se habían cruzado en su vida en algún momento también habían tomado un bate entre sus manos.
“El béisbol era el centro de todo, se metía en todos los temas, en las casas’’, recuerda Naranjo, quien a su edad mantiene la mente y el humor intactos. “El béisbol era Cuba y Cuba un reflejo del béisbol. No había nada más cubano, aunque lo hubieran inventado los americanos’’.
Hoy el béisbol está en un momento difícil y si Naranjo volviera a Cuba vería una situación muy distinta, con el fútbol europeo -esa megalomanía repartida entre el Real Madrid y el Barcelona- disputándole la supremacía, con las camisetas de Messi y Cristiano inundando plazas y calles.
El béisbol siempre tendrá un lugar importante en el alma del cubano, pero hoy ese espacio imaginario no ocupa el territorio que antes dominaba con facilidad. Hoy se discute más si fue penal o no tal jugada en la Liga de Campeones que las actuaciones de la isla en la Serie del Caribe.
Cuesta creer que esto haya pasado en una tierra donde el béisbol era fuente de diversión y de redención. Desde que los hermanos Nemesio y Ernesto Guillot llevaran los primeros implementos deportivos al país desde los Estados Unidos, la pelota se regó como pólvora como una manera de decir “soy cubano’’ ante el coloniaje español.
Jugar al béisbol era ser moderno, idealista y patriota. No por gusto en octubre de 1868 el Capitán General de la Isla, Francisco de Lersundi, dicta un decreto que prohíbe el juego por considerarlo “antiespañol y de tendencias insurreccionales, contrario al idioma y que propicia desamor a España’’.
Tampoco es casualidad que muchos de aquellos peloteros de la protohistoria del béisbol se lanzaran a la manigua a pelear contra el yugo ibérico, ni que Esteban Bellán se convirtiera en el primer latinoamericano en pisar un terreno de Grandes Ligas.
Desde una década antes ya se jugaba al béisbol en Cuba, pero la fecha del 27 de diciembre de 1874 -hoy motivo de tremenda discusión entre expertos- en el Palmar de Junco, sigue siendo un punto de referencia fundacional por la manera en que se plasmó en la prensa.
El béisbol había tomado carta de nacionalidad.
“Cuando jugábamos al béisbol no era solo la alegría simple de estar en el terreno y vestir un uniforme, no solo pensábamos que podríamos llegar a Grandes Ligas’’, apuntó Octavio “Cookie’’ Rojas, con una larga carrera en las Mayores y miembro de los legendarios Havana Sugar Kings. “Había algo más profundo, indescriptible. Era la vida misma’’.
Con la república de 1902 llegaría una explosión enorme. Y pronto llegarían las primeras leyendas: José de la Caridad Méndez, Cristobal Torriente, Martín Dihígo, Adolfo Luque, mientras el béisbol cubano se encumbraba en las incipientes ligas de otras naciones del Caribe.
El béisbol saltaba de los clubes urbanos y se iba al campo, a los centrales, a los sindicatos, a las ligas negras, al ámbito amateur con la Unión Atlética y al profesional con la liga integrada con los cuatro grandes equipos: Almendares, Marianao, Cienfuegos y Habana. Era el apogeo, y el Estadio del Cerro la catedral. Vendría entonces una segunda oleada de estrellas como Orestes Miñoso, Camilo Pascual, Pedro Ramos, Willy Miranda, Conrado Marrero y el propio Cookie Rojas.
Tal era la fuerza del béisbol en la isla que en 1950 ya habían militado en las Mayores 51 cubanos en la gran carpa y solo 10 latinoamericanos. El primer dominicano en jugar para ese circuito fue Osvaldo Vigil en 1956, cuando ya 71 cubanos lo habían hecho.
Cuando los Havana Sugar Kings ganaron la Pequeña Serie Mundial en 1959 bajo el lema de “un pasito más y llegamos’’, todos creían que sería realidad la primera franquicia de Grandes Ligas fuera de los Estados Unidos. La Habana se pintaba solo para ser la sede.
Pero llegó otra cosa más diferente que decretó el fin del deporte profesional y, con ello, el fin de la Liga Profesional. La mayoría de los héroes de ese momento emigraron y comenzó una nueva etapa por otras vías y otros medios, gestionada por el estado, dependiente por completo de este y su sistema político.
“Viví todo aquello y fue un momento muy triste’’, agregó Rojas, actualmente de 79 años. “Estaba convencido de que tendríamos una franquicia de Grandes Ligas. Era profesional y tuve que marcharme. Mi ilusión ya estaba en otra parte, lejos de mi patria’’.
Décadas después, la ilusión de muchos peloteros que jugaron y juegan actualmente en las Mayores sigue estando en los Estados Unidos. La ausencia de los mejores, los errores burocráticos, el control estatal y la constante exposición del mejor fútbol del planeta en la televisión y otros medios, se han confabulado para erosionar la pasión por el béisbol en las nuevas generaciones.
Una visión extraña y ajena para quienes no conocieron otra cosa que el béisbol en cada esquina.
“Me cuesta trabajo creer lo que me dices, eso del fútbol al mismo nivel de amor que el béisbol’’, apuntó Naranjo. “En mis tiempos esa amor era imposible de compartir, de traicionar. Hasta el día que me muera ese amor será el único para mí. No concibo ser cubano de otra manera’’.
Cuba Nostalgia: El evento se celebrará el 18, 19 y 20 de mayo en el Fair Expo Center, situado en Coral Way y la 112 avenida en Miami. El horario es de 11 a.m. hasta las 11 p.m.
Esta historia fue publicada originalmente el 10 de mayo de 2018, 3:34 p. m. with the headline "Costuras que no se rompen: la identidad del cubano cosida a una pelota de béisbol."