Las lecciones de mi camino a la ciudadanía
Si la ciudadanía norteamericana se otorgara sobre la base de cuán “estadounidense” uno se siente, yo me hubiera naturalizado al día siguiente de llegar desde Venezuela. Sin embargo, como ustedes pueden sospechar, no es así. Yo me demoré 10 años en naturalizarme.
Muchos piensan que para mudarse a este país hay que invertir medio millón de dólares y participar en el programa EB-5, o tener un cónyuge, padre, hermano o hijo mayor de 21 años que sea ciudadano estadounidense. Yo no tenía nada de eso. En el 2006, el Miami Dade College me notificó que me aceptaba para estudiar Inglés. La educación que recibí en el MDC me permitió pasar de no poder estructurar más de 10 oraciones en inglés a fácilmente transferir mi visa de estudiante a la Facultad de Derecho de la Universidad de Miami en el 2008.
Mientras estudiaba Derecho, busqué empleo y recibí una oferta de un bufete de la Florida. Sin embargo, tenía que conseguir una visa de trabajo antes de poder empezar a trabajar. Mi única opción en ese momento era que el bufete solicitara una visa H-1B de no inmigrante a mi nombre.
Pero en el 2008, como ha ocurrido en años reciente, todas las peticiones pasan por un proceso de selección aleatorio porque el Servicio de Ciudadanía e Inmigración había recibido más de 65,000 solicitudes ese año fiscal. Afortunadamente, aceptaron mi caso.
En el 2010, mi esposo y yo teníamos títulos avanzados de universidades distinguidas y también más visas que páginas en el pasaporte. Afortunadamente, las leyes de inmigración ofrecen varias maneras en que los extranjeros que son profesionales pueden solicitar la residencia permanente sin tener que tener un familiar estadounidense.
Por ejemplo, algunos pueden conseguir la residencia permanente a través de una empresa norteamericana, con la exigencia de que esa empresa esté funcionando desde hace por lo menos un año y el extranjero haya estado empleado fuera de Estados Unidos de manera continua durante uno de los tres años anteriores por la empresa matriz, subsidiaria o afiliada de una compañía estadounidense en un cargo administrativo o ejecutivo.
Otros individuos pueden obtener la residencia permanente si demuestran una habilidad extraordinaria en ciencias, las artes, la educación, los negocios o los deportes, a tengan un reconocimiento nacional o internacional probado en su campo. Esta es una opción común para artistas, músicos y atletas profesionales.
Mi esposo y yo solicitamos la residencia permanente a través de un proceso conocido como “certificación laboral”, que permite a una empresa contratar a un extranjero para trabajar de manera permanente en Estados Unidos, si, entre otras cosas, no hay suficientes estadounidenses capaces de realizar esa labor.
En el 2011, recibimos una carta de las autoridades en que nos anunciaban la aprobación de la residencia permanente. Finalmente, el 30 de agosto, cinco años después tener la llamada tarjeta verde, agregué una nueva identidad a mi nacionalidad venezolana: me hice ciudadana estadounidense.
Hoy estoy orgullosa de ser socia del bufete Berger Singerman, donde dirijo la práctica de inmigración. Todos los días representamos a extranjeros y compañías estadounidenses para satisfacer sus necesidades de visa y autorización de empleo. Mi consejo, como abogada y como persona que pasó por el proceso de naturalización, es buscar asesoramiento jurídico para navegar el sistema de inmigración. No hay una visa que sirva a todos, no hay dos procesos idénticos. Por el contrario, hay una categoría de visa de no inmigrante por casi cada letra del alfabeto.
Y cumplir los requisitos para recibir la residencia permanente en Estados Unidos puede ser un reto.
La ley define estrictamente las diferentes categorías de personas que pueden recibir la residencia permanente, y algunas limitan la cantidad de residencias que se pueden otorgar cada año. Los inmigrantes son de muchas formas, colores y tamaños, pero la mayoría llega al país como familiar de un estadounidense como profesionales, gerentes, ejecutivos, inversionistas, personas de talento extraordinario, como becario o estudiante que, como yo, vienen a trabajar, a vivir y a buscar el sueño americano. Es importante buscar asesoría jurídica desde el principio para evitar errores que quizás más tarde pueden hacer a la persona inelegible para la residencia permanente o la ciudadanía.
Hay muchas otras opciones que los inmigrantes tienen para naturalizarse, y mi experiencia personal me motivó a ayudar a otros a entender esas opciones. Ser un inmigrante recién llegado y mantener un estatus legal a veces puede ser una carga, pero es posible hacerlo. Después de todo, vivimos en la tierra de las oportunidades.
Adriana Kostencki es socia del bufete Berger Singerman, donde dirige la práctica de inmigración. Es presidenta de la Asociación Venezolana-Americana de Abogados y ex presidnta de la Cámara de Comercio Venezolana-Americana.
Esta historia fue publicada originalmente el 6 de diciembre de 2016, 0:50 p. m. with the headline "Las lecciones de mi camino a la ciudadanía."