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Editorial

EN NUESTRA OPINIÓN: Militarizar la frontera no es la solución

Emigrantes centroamericanos esperan en un autobús que los llevará a la Ciudad de México desde el estado de Oaxaca, el 5 de abril.
Emigrantes centroamericanos esperan en un autobús que los llevará a la Ciudad de México desde el estado de Oaxaca, el 5 de abril. AP

El presidente Donald Trump anunció el martes pasado que enviaría a las fuerzas armadas a vigilar la frontera con México para impedir la entrada ilegal de inmigrantes.

Trump puso el grito en el cielo al enterarse de que una caravana de inmigrantes procedentes de Centroamérica –la mayor parte de Honduras– había entrado en México rumbo a la frontera con Estados Unidos. “Hasta que podamos tener un muro y seguridad fronteriza, vamos a vigilar nuestra frontera con nuestras fuerzas armadas”, dijo el mandatario.

La realidad es que la caravana, llamada Viacrucis del Migrante, es una marcha simbólica que se realiza cada año, desde el 2010, para dar a conocer al mundo el drama de los emigrantes cuando pasan por México.

De hecho, la caravana, que había salido el 25 de marzo, desistió el miércoles pasado de su intento de cruzar México. Trump afirmó que sus amenazas al gobierno mexicano habían logrado ese efecto, pero los organizadores de la caravana negaron que las autoridades mexicanas los hubieran presionado. Irineo Mujica, director de Pueblo Sin Fronteras, la entidad que organiza las caravanas anuales, explicó que la decisión de no seguir avanzando hacia la frontera se debió al alto número de participantes en la marcha, lo que impedía una buena organización.

Los participantes eran en su mayoría de Honduras, un país azotado por la pobreza y por la violencia pandillera, donde la inestabilidad ha aumentado desde que el presidente Juan Orlando Hernández fue reelegido en unos comicios sobre los que pesan acusaciones de fraude. En la caravana venían mujeres con niños, algunas de ellas embarazadas, y personas pobres con la esperanza de poder llegar a Estados Unidos para trabajar y ayudar a sus familias en el país centroamericano. Si Trump y sus partidarios consideran que ese grupo humano es una amenaza, deberían repasar la definición de la palabra.

Las críticas de Trump a las políticas inmigratorias de sus antecesores en la Casa Blanca, especialmente las del presidente Barack Obama, tampoco tienen fundamento. Obama nunca implementó una política de fronteras abiertas, como indicó Trump. Durante los primeros siete años de su gobierno, Obama deportó a más de 2.7 millones de extranjeros, la mayor cifra en la historia de Estados Unidos, acción que le valió el mote de Deportador en Jefe. Pero para Trump, al parecer, vale cualquier cosa que sirva para denigrar el legado de su predecesor.

Ni siquiera sería la primera vez que la frontera se militariza. Obama envió 1,200 soldados para combatir el narcotráfico. Y su antecesor, George W. Bush, envió a unos 6,000 efectivos para tareas de construcción de vallas y carreteras.

Sin duda, las fronteras deben ser vigiladas y la inmigración debe ser controlada. Pero Estados Unidos no encara una crisis migratoria desbordada que haga sonar las alarmas y movilizar tropas hacia la frontera.

Una solución a la inmigración indocumentada debe tener en cuenta diversos factores. La inestabilidad y la pobreza en países como Honduras son una causa de éxodo. Mientras en Estados Unidos haya demanda laboral debido a un déficit en la mano de obra, habrá inmigrantes dispuestos a correr la peligrosa aventura de cruzar medio continente para buscar el sustento. Ayudar a las naciones con problemas a desarrollar su economía, quitando de esa manera el estímulo a emigrar, será siempre más eficaz que intentar tapiar una de las fronteras más largas del mundo.

Al mismo tiempo, el obsoleto sistema de inmigración norteamericano debe ser revisado y actualizado. El control fronterizo será más eficiente con una reforma migratoria que contemple soluciones humanas a los problemas de inmigración, entre ellos el de los Dreamers, los jóvenes traídos en la infancia por sus padres, que ahora afrontan un futuro incierto. Y la demanda de mano de obra puede resolverse, por ejemplo, con visas especiales para trabajadores extranjeros.

Debemos buscar una reforma migratoria integral con un enfoque humanitario, no militarizar la frontera para cerrar el paso a gente desesperada y a mujeres angustiadas con niños.

Esta historia fue publicada originalmente el 5 de abril de 2018 a las 4:55 p. m. con el titular "EN NUESTRA OPINIÓN: Militarizar la frontera no es la solución."

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