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Fabiola Santiago

¡Todos a la plaza con Trump, compañeros!

Mujeres desfilan en la Plaza de la Revolución en honor a Fidel Castro, en La Habana el 2 de enero del 2017.
Mujeres desfilan en la Plaza de la Revolución en honor a Fidel Castro, en La Habana el 2 de enero del 2017. AP

La idolatría por los militares es un sello distintivo de las dictaduras.

En Miami lo sabemos muy bien. Hemos vivido toda la vida viendo desfiles militares estilo soviético 90 millas al sur de Cayo Hueso, en Cuba. Por eso es que la orden del presidente Donald Trump al Pentágono para planear un desfile militar a gran escala en Washington nos revuelve el estómago.

“¡A la plaza con Fidel!” era la arenga de los partidarios de Fidel Castro, que tenía por fin llenar la Plaza de la Revolución de La Habana para los desfiles de soldados y tanques, un espectáculo dirigido tanto los disidentes en la isla como los yanquis de que el régimen estaba dispuesto a infligir grandes pérdidas de vida para permanecer en el poder.

Cuando Fidel Castro dejó el poder, lo único que cambió fue el nombre del caudillo en el poder, que ahora es Raúl. De hecho, hace solamente un año, furioso con el discurso a favor de la democracia del presidente Barack Obama en La Habana, y su reconocimiento a los exiliados cubanos en Miami como prueba de lo que los cubanos pueden lograr en libertad, un desfile militar cubano despidió a Obama de la presidencia con un estrambótico lema en que los soldados entonaban que le “vamos a hacerte un sombrero de plomos” a Obama.

Ahora nos sentamos a esperar, después de Castro, a ver cuál nombre invocan para convocar a la gente al próximo desfile militar. Y es que resulta casi imposible para una nación librarse de un régimen totalitario una vez que las masas exacerbadas aceptan ese poder, se silencia a los opositores y los militares se benefician del poder de la dictadura.

Para nosotros, la noticia del desfile militar de Trump —a raíz de que el presidente llamara “traidores” a sus opositores políticos por no aplaudirlo durante su discurso del Estado de la Unión— es una película que hemos visto.

Esta película de Trump quizás se hace en Estados Unidos y se presenta en nombre del patriotismo estadounidense, pero es del mismo género autocrático.

Trump —un egocéntrico como Fidel Castro, carismático para sus seguidores y repulsivo para los que logran ver más allá de la fachada— se ha rodeado de jefes militares en la Casa Blanca. “Mis generales”, les gusta llamarlos.

Trump usa el poder de su cargo para inflamar pasiones contra ciertos grupos de personas — inmigrantes, musulmanes, demócratas— de la misma manera que Castro exhortaba a los cubanos a denunciar a sus vecinos y marginalizar a los que se marchaban del país, convirtiendo a gente ordinaria en cómplices de los crímenes y falta de humanidad de su régimen.

Trump, crítico del presidente Obama por echar mano a las órdenes ejecutivas cuando el Congreso, controlado por los republicanos, decidió no actuar, no ha logrado la aprobación de muchas leyes, excepto la tributaria. Pero en un período de meses ha firmado unilateralmente una cantidad excesiva de órdenes ejecutivas que cambian drásticamente las políticas de inmigración, ambiental y económica.

En sus tuits, Trump constantemente critica, e incluso amenaza, a los medios de comunicación, lo mismo que hizo Fidel Castro en Cuba, hasta que consiguió cerrarlos y muchos periodistas tuvieron que exiliarse. Ese fue el fin de la oposición.

Más recientemente —a la luz de sus publicitadas infidelidades y el indetenible movimiento #MeToo, que saca a la luz abusos y conductas sexuales indebidas, de las que él ha sido acusado— Trump ha acometido con pasión la tarea de meternos en la cabeza su idea de Dios. Castro también metió la mano en los asuntos religiosos, convirtiendo a los fieles en parias y exiliando a sacerdotes y monjas. Pero cuando le convino políticamente, permitió otra vez la practica religiosa con la visita del papa Juan Pablo II a la isla en 1998.

Pero lo más increíble de todo esto ahora es que los estadounidenses aceptaran un desfile militar, que costaría varios millones de dólares, de un presidente que no cumplió el servicio militar. En cinco ocasiones, Trump consiguió exenciones —incluso por espolones— para no servir en las fuerzas armadas durante la Guerra de Vietnam.

Este es el mismo hombre que insultó al senador John McCain, héroe de la Guerra de Vietnam, quien fue torturado y lo tuvieron varios años en una celda aislada en una prisión de Vietnam del Norte.

“Él no es un héroe de guerra”, dijo Trump. “Se convirtió en héroe porque lo capturaron. Me gusta la agente a las que no capturan”.

Este es el mismo hombre que insultó implacablemente a los padres paquistaníes-americanos de un militar caído, el capitán del Ejército Humayun Khan, quien perdió la vida en Irak en el 2004.

Eso fue durante la campaña presidencial. La palabras de Trump importan más ahora como presidente, y es incluso, peor. Desde tono y sustancia amenazadora y divisiva de sus discursos, hasta la forma en que cambia aspectos fundamentales de la vida en Estados Unidos para que encajen con sus posturas, Trump es un bravucón y un autócrata.

Todos tenemos el derecho a aplaudir, o no, a nuestros presidentes.

Todos tenemos el derecho a defender la causa en la que creamos sin temor a la persecución.

Todos tenemos derecho a venerar al dios que queramos, o a ninguno.

Hacemos desfiles para celebrar fechas del año, campeonatos deportivos y sí, también para rendir homenaje a nuestros veteranos de guerra y conmemorar el Día de la Independencia.

Estos son desfiles del pueblo, que nacieron de la tradición y de la alegría pura de celebrar que somos gente libre, no farsas impuestas por un demagogo con un ego insaciable y que tiene que limpiar su imagen de haber burlado el servicio militar.

Pero el Pentágono ya está planeando el desfile.

¡Todos a la plaza con Trump, compañeros!

Esta historia fue publicada originalmente el 12 de febrero de 2018, 1:30 p. m. with the headline "¡Todos a la plaza con Trump, compañeros!."

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