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Fabiola Santiago

Nuestro presidente indecente llama 'animales' a los que piden asilo en la frontera.

El presidente Donald Trump habla durante una mesa redonda sobre política de inmigración de California en el salón del gabinete de la Casa Blanca, e una imagen del 16 de mayo.
El presidente Donald Trump habla durante una mesa redonda sobre política de inmigración de California en el salón del gabinete de la Casa Blanca, e una imagen del 16 de mayo. AP

En una medida calibrada para avivar el furor antiimigrante en un año de elecciones legislativas, el presidente Donald Trump permitió a los periodistas grabar una reunión de una hora del gabinete con líderes estatales y locales de California.

Acostumbrado a violar la dignidad de su cargo y a salirse con la suya, el presidente subió de tono la retórica para entregar su combinación ya tradicional de mentiras, exageraciones grotescas y adjetivos deshumanizantes para describir a los inmigrantes.

“Hay personas que vienen al país, o tratan de entrar, estamos deteniendo a muchos”, dijo Trump. “Ustedes no se imaginan lo malas que son estas personas. No son personas, son animales, y los estamos sacando el país a un nivel y a un ritmo que nunca ha ocurrido antes”.

Sí, el presidente de Estados Unidos de América llamó “animales” a las personas que buscan refugio en la frontera. Ya no es el candidato que usa epítetos contra los inmigrantes para destacarse entre varios contendientes republicanos a la presidencia, pero sigue actuando como si lo fuera.

Dice que estos seres humanos no son personas. Y esa maldad se hace eco en el secretario de la presidencia, John Kelly, quien propaga la falsedad de que los inmigrantes indocumentados “no tienen las destrezas” para asimilarse a la sociedad estadounidense, y en su secretario de Justicia, el perro de presa Jeff Sessions, quien la convierte en una práctica de aplicación de la ley que viola derechos en casos que han salido a relucir.

Hablamos de mujeres y niños con el rostro sufrido de los que huyen de circunstancias inimaginables para la mayoría de los estadounidenses. Hablamos de hombres cuyo delito es luchar para dar a sus familias una mejor vida. “Animales” y “no son personas”.

Ese lenguaje no tiene justificación.

Ante la controversia, sus defensores tratan de hacer aparecer que Trump dijo eso solamente sobre la pandilla salvadoreña MS-13, la Mara Salvatrucha, que todos queremos sacar de las calles, pero el presidente se refería claramente a las pobres almas de países centroamericanos abrumados que piden asilo en la frontera. Vergonzoso.

Lo que el presidente desató sobre el pueblo estadounidense con su comentario no es parte de un debate sobre la política de inmigración. Son expresiones de odio.

Trump no es diferente de Aaron Schlossberg, el abogado de Nueva York a quien grabaron amenazando a empleados de un café de que iba a llamar a la Policía de Inmigración y Aduanas porque estaban hablando español. “¡Esto es Estados Unidos!”, vociferó, sintiéndose con derecho a ello y sin duda envalentonado por la intolerancia del presidente para dictar lo que otras personas hablen en este país, atribulado pero todavía libre.

Los periodistas documentaron los comentarios indecentes del presidente, pero sus artículos no llegaron a la primera plana de The New York Times, The Washington Post, o el Miami Herald. Así están las cosas. Las demonstraciones de odio del presidente son cosa ya de rutina.

Un año y cuatro meses después de comenzar la presidencia de Trump, abrumada por los escándalos, sólo unos pocos se indignan y se sienten ofendidos —como deberíamos sentirnos todos— porque Trump ha afectado significativamente la psiquis del país. Su falta de decencia humana básica no es tema de demócratas o republicanos. Nos rebaja a todos.

Escuchen al ex secretario de estado de Trump cuando dice que la democracia es amenazada por una “crisis cada vez mayor de ética e integridad”.

Eso es lo que está en juego, eso es lo que nos puede llevar al abismo, no los inmigrantes que tocan a nuestra puerta o los indocumentados que llevan décadas viviendo en este país.

“Si nuestros líderes tratan de ocultar la verdad, o nosotros como pueblo aceptamos realidades alternativas que no se basan en los hechos, entonces como estadounidenses estamos en camino a abandonar nuestra libertad”, dijo Rex Tillerson, despedido por Trump en un tuit, en un discurso ante el Instituto Militar de Virginia.

Los líderes de este país han perdido tanto el camino que lo que era escandoloso antes de Trump ahora es comportamiento aceptable en la Casa Blanca.

Tanto, que una asistente de Trump puede ofender al senador John McCain, heroe de guerra y veterano del Congreso, quien está muriendo de cáncer, no disculparse y así y todo conservar su empleo. Tanto, que el presidente, alguien que evadió el reclutamiento pero insiste en un desfile militar, no se disculpa ante McCain y su familia. Tanto, que colegas de McCain, esos cobardes senadores republicanos cercanos al presidente, no le exigen una disculpa. Así las cosas, el silencio condona decir que no importa lo que McCain piense porque “de todas formas se está muriendo”. Terrible.

Desde eliminar normas ambientales necesarias hasta reducir el valor de la educación pública, el presidente Trump no está engrandeciendo el país de ninguna manera con sus políticas o palabras. Es casi como si odiara tanto a este país que quisiera destruirlo.

Y lo que desata todos los días sobre la conciencia de este país, construido por inmigrantes y sostenido por inmigrantes, para crear una narrativa falsa sobre la política de inmigración, es algo malvado.

Sígame en Twitter @fabiolasantiago

Esta historia fue publicada originalmente el 21 de mayo de 2018, 3:20 p. m. with the headline "Nuestro presidente indecente llama 'animales' a los que piden asilo en la frontera.."

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