Cuba, de la cumbre al abismo
En 1940 se firmó en La Habana la Constitución más avanzada y completa de las naciones de habla hispana del Continente. Por los años que le siguieron Cuba disfrutó (perdónenme la hipérbole) la democracia más perfecta al sur del río Grande, con elecciones libres, libertad absoluta de prensa, libertad de asociación, y respeto pleno de los derechos humanos. Todos esos derechos civiles fueron acompañados de un progreso económico inusitado que puso a Cuba a la cabeza de las naciones latinoamericanas. Aunque es necesario reconocer que los gobiernos republicanos de esa época se caracterizaron, casi sin excepción, por una corrupción rampante, heredada de los tiempos coloniales. Pero a pesar de esos errores, todos esos gobiernos respetaron la libertad de empresa, lo que impulsaba ese constante progreso económico. El peso cubano llegó a cotizarse por encima del dólar y la producción industrial llegó a alcanzar los niveles del primer mundo.
Pero el 10 de marzo de 1952 el orden constitucional fue interrumpido. La nación se preparaba para celebrar unas elecciones en las cuales se disputaban el poder los dos partidos mayoritarios de la nación. Por el Partido Auténtico fue nominado el Dr. Carlos Hevia, de intachable conducta cívica, y por el Partido Ortodoxo, el Dr. Roberto Agramonte, un prestigioso profesor de la Universidad de La Habana, heredero del legado cívico de Eduardo Chibás. Sin que nadie lo esperara, porque el país disfrutaba de una paz política admirable, Fulgencio Batista, que era un candidato sin la más mínima posibilidad de ganar en esas elecciones, acompañado de un grupo de oficiales militares, entraron por la posta 6 del Campamento Militar de Columbia, y dieron un golpe de Estado que echó por tierra la estabilidad democrática alcanzada por el pueblo cubano.
Los políticos cubanos, acostumbrados al libre ejercicio de las contiendas electorales, no supieron hacerle frente a un sistema dictatorial y la iniciativa fue tomada por grupos de acción violenta. Uno de esos grupos, liderado por Fidel Castro, un mediocre abogado que fue notorio en su época de estudiante como un líder gangsteril en la Universidad de La Habana, dirigió un ataque al Cuartel Moncada, en Santiago de Cuba. Condenado a quince años de prisión, fue amnistiado en solo dos años y se dirigió a México, donde organizó una expedición a Cuba y comenzó una guerra de guerrillas en la Sierra Maestra. El pueblo cubano, que casi totalmente repudiaba la dictadura, brindó su apoyo casi total al esfuerzo insurreccional sin conocer las ideas totalitarias del falso líder. El resto de la historia todos la conocemos. A su triunfo Fidel Castro instauró una tiranía criminal y opresiva. De esta forma Batista fue el que le abrió las puertas a Fidel y al oprobioso comunismo bolchevique. Sin el golpe del 10 de Marzo Fidel nunca hubiera llegado ni siquiera a ser elegido concejal de su pueblo natal, la aldea de Birán, un pequeño poblado perdido en las montañas de la provincia del Oriente cubano.
En los últimos años, después que el hoy difunto Fidel Castro traspasó el poder a su hermano en la forma en que las antiguas monarquías lo hacían en el pasado, mucho se ha hablado de cambios en el sistema y algunos ilusos han creído que esos cambios pudiesen traer una transición en Cuba hacia la democracia y el desmantelamiento del sistema totalitario. Aunque comparto el anhelo de aquellos que sueñan con esa posibilidad, nunca he tenido la más mínima esperanza de que eso pueda lograrse a través de medidas dictadas por el dictador Raúl Castro. Y vamos más allá, si fuera posible no creo que los cambios tan esperados por los que aún creen en la posible modificación de esa tiranía en bancarrota, resolverían en lo absoluto la terrible situación en que se encuentra Cuba. Los cambios de las condiciones bajo el sistema comunista en lugar de beneficiar al pueblo cubano, perjudicarían la causa de su libertad, al prolongar la duración del criminal totalitarismo. Tomando una frase de Shakespeare en Hamlet: “Esa medicina solo serviría para prolongar la enfermedad”.
El comunismo no tiene redención ni es capaz de modificarse, como dijera en una encíclica el Papa Pío XII, es “intrínsecamente perverso”. Es preferible pues que prosiga en su perversidad hasta el momento en que se derrumbe totalmente bajo el peso de su propia maldad y que con la ayuda de Dios de sus cenizas surja entonces una Cuba democrática, justa, libre, próspera y feliz, y que al fin podamos ver que las puertas de las cárceles se abran para todos los presos políticos y también para aquellos que sin ser presos políticos sufren prisiones injustas por las leyes absurdas del comunismo.
Miembro del Colegio Nacional de Periodistas de Cuba en el Exilio y de la Unión de Colaboradores de Prensa.
Esta historia fue publicada originalmente el 1 de mayo de 2017, 2:52 p. m. with the headline "Cuba, de la cumbre al abismo."