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Seis vidas que acabaron en una misma cuadra en Hialeah

Sus historias abarcan décadas: vidas que empezaron en Colombia, Cuba, Ecuador y el sur de la Florida y acabaron a pocas yardas unas de otras en una cuadra de un barrio obrero de Hialeah.

Las seis personas muertas a tiros por Pedro Alberto Vargas estaban vinculadas por la geografía, miembros de tres familias que vivían en la misma cuadra o el mismo edificio de apartamentos, sus nombres vinculados inextricablemente como víctimas de una de las masacres más sangrientas de Hialeah.

Italo y Samira Pisciotti, quienes por mucho tiempo administraron Todel Apartments, adoraban a sus nietos y se preparaban a celebrar su 30 aniversario de bodas.

Carlos Gavilanes, de 33 años y padre de dos hijos, era un fan de los deportes y un laborioso vendedor a punto de abrir su propia compañía de diseño y venta de zapatos.

Y Merly Niebles, de 51 años, y su novio de muchos años Patricio Simono, de 64, vivían en extrema pobreza con su hija de 17 años Priscilla Pérez, quien soñaba con ir a estudiar a Nueva York y dedicarse a la enfermería.

El homicida, Vargas, de 42 años, sufrió al parecer una crisis nerviosa luego de que un abogado de su antiguo patrono lo enfrentó mostrándole evidencia de que él había estado acosando por medios cibernéticos a antiguos colegas suyos. Tres días más tarde, Vargas prendió fuego a un montón de dinero dentro de su apartamento, y luego mató a tiros a los Pisciotti cuando corrieron a ayudar a la madre de Vargas a escapar del incendio.

La situación se intensificó cuando Vargas empezó a disparar desde su balcón a los rescatistas, hiriendo a Gavilanes cuando este regresaba de recoger a su hijo de 9 años que tenía práctica de boxeo.

Finalmente, Vargas se coló en el apartamento de Niebles, derribando a tiros a Simono antes de arrinconar a Niebles y su hija en el baño. Allí las mató fríamente a tiros.

Luego que Vargas tomó dos rehenes en otro apartamento y pasó horas en una confrontación, el equipo SWAT de Hialeah lo mató a tiros en una audaz redada de rescate.

Las historias de las víctimas asesinadas fueron saliendo a relucir a través de entrevistas con amigos, familiares y compañeros de trabajo en Hialeah y en desoladores servicios funerarios esta semana.

Pilar familiar

Shamira Pisciotti compartía con el mundo unas diapositivas en Internet de sus padres con sus pequeños nietos, tiernos momentos congelados en el tiempo.

Allí está Italo Pisciotti, con una amplia sonrisa en el rostro, frente a un árbol de Navidad cubierto de oropel, con un brazo rodeando a su hija y el otro extendido, con los dedos abiertos en una “V”.

Una foto de perfil muestra a Samira con su cabello rizado, sin anteojos, su nieto de meses en los brazos, ambos mirándose uno al otro maravillados.

Unos radiantes Italo y Shamira Pisciotti, de 79 y 69 años respectivamente, cargando a su pequeño nieto en su bautismo, junto al sacerdote.

“Quiero que todo el mundo los recuerde como los abuelos cariñosos que eran ellos vivían para mis hijos”, escribió Shamira Pisciotti en su página de Facebook.

Los Pisciotti eran oriundos de Barranquilla, ciudad costera de Colombia, y se habían mudado a Miami décadas atrás. Ellos estaban a punto de celebrar su 30 aniversario de bodas. Ambos murieron en el apartamento que les servía de hogar y de centro de trabajo. Durante 20 años, ellos administraron la propiedad.

“Eran increíbles. Ellos me vieron crecer desde que yo tenía 10 años. Trabajaban en esta compañía con mi padre”, dijo el dueño actual del edificio, Antonio Delgado, de 44 años. “Ellos eran unos trabajadores increíbles, serios y honestos. Ellos trabajaban a cualquier hora, y, si podían ayudarte, te ayudaban”.

Parientes venidos de lugares tan lejanos como Colombia y California se reunieron el jueves en el cementerio Memorial Vista Gardens en Miami Lakes. Mientras los féretros descendían a la fosa, los dolientes lloraban junto a un arreglo floral en los colores de la bandera de su país natal: amarillo, azul y rojo.

“Nosotros íbamos aquí a los festivales colombianos”, dijo el viejo amigo de la familia Edgardo Fuentes. “Salimos muchos años con ellos. Va a ser muy difícil. Los vamos a extrañar”.

Los sueños de un padre

Gavilanes, padre de dos hijos, aficionado al balonmano y al boxeo y empresario en ciernes, dejó tras de sí un legado de sueños audaces para su familia.

Trabajó duro durante años vendiendo zapatos y accesorios de señora, en los últimos tiempos en Nordstrom, lo cual le hizo desarrollar una pasión por la moda mientras planeaba abrir un negocio de diseño de zapatos con su padre.

“Las cosas empezaban a irle bien”, dijo su madre, Cynthia Ontiveros.

Gavilanes, el mayor de tres hermanos, nació en Ecuador, se crió en Nueva York y vino a vivir a Miami hace 11 años. En South Beach, él conoció a Jennifer Kharrazian, quien se convirtió en su novia de muchos años con la que tuvo dos hijos, uno de 9 años que lleva su mismo nombre y una hija de 2 años, Victoria.

El hijo de Gavilanes compartía su amor por el fútbol y el boxeo, y él mostraba muchas veces a sus amigos cómo su hijo practicaba el boxeo.

“Era feliz. Estaba lleno de vida”, dijo Kharrazian. “Amaba a sus hijos”.

Carlos Sarmiento, de 43 años, amigo y mentor suyo, dijo: “Él era un hombre muy dedicado a su familia, y adoraba de verdad a su esposa y sus hijos”.

Los amigos de Gavilanes lo describen como una personalidad dinámica que, a pesar de que vivía al día, trabajaba duro para mantener a su familia mientras elaboraba sus planes de poner un negocio de diseño y venta de zapatos.

Había incluso viajado recientemente a China para encontrarse con fabricantes y distribuidores potenciales.

“Eso le confirmó realmente que él estaba haciendo las cosas bien. Estaba empezando a ver la luz al final del túnel”, dijo Sarmiento, quien conoció a Gavilanes jugando balonmano en el Flamingo Park de South Beach. “Tenía mucha energía, que a veces iba en distintas direcciones, pero estaba muy cerca de hacer despegar ese negocio. Tenía la personalidad necesaria para eso”.

Conocido por el sobrenombre de “Los”, Gavilanes era un ávido jugador de balonmano, parte de un grupo pequeño pero muy unido de entusiastas en el sur de la Florida, muchos de los cuales eran también oriundos de Nueva York. El grupo tenía una liga informal, y se reunía los sábados para relajarse en el terreno, beber cerveza y hacer chistes.

“El balonmano para todos nosotros, incluyendo a ‘Los’, era un alivio para el estrés”, dijo Roque Florez, quien está celebrando el sábado un torneo para recaudar fondos a nombre de Gavilanes en el Sunset Park de Kendall. “Uno se olvida de todos los problemas y se concentra en darle golpes a la pelota”.

Una familia sencilla

Niebles, de 51 años, y su hija adolescente, Priscilla Pérez, nunca tuvieron una vida fácil. Pero ellas vivieron con gracia, orgullo y amor, rodeadas de amigos y familiares.

Niebles fue una de las seis hermanas que se mudaron de Colombia a Miami hace 20 años, para unirse a su padre, que ya vivía en el sur de la Florida. Su madre permaneció en Colombia, desconsolada por la partida de sus hijas, y murió poco después, según la familia.

Ya adulta, Niebles trabajó durante años en una factoría para imprimir camisetas antes de perder su trabajo en la reciente recesión. Desempleada durante meses, ella había conseguido trabajo recientemente limpiando un hotel a medio tiempo, aun cuando tenía dificultades a causa de la artritis en una rodilla.

En el sur de la Florida, ella mantuvo una relación estrecha con sus hermanas, aunque ellas nunca consiguieron enseñarle a manejar.

“Ella se amilanó porque le daba miedo de que les pasara algo. Por eso es que ella no tenía carro. Era muy nerviosa”, recordó su hermana Virginia Niebles.

Merly Niebles nunca se casó. Pero había estado con Simono, nacido en Cuba — quien será recordado el domingo en su velorio, y enterrado el lunes — por los últimos 10 años.

Ambos trabajaban juntos en la factoría, donde él continuó trabajando aun después de que Niebles fuera cesanteada.

Durante la última década, ellos compartieron el modesto apartamento de Hialeah con Priscilla; Simono ayudaba a menudo a los Pisciotti en el mantenimiento del edificio para ganar algún dinero extra.

Simono tenía hijos en Cuba de una relación anterior, e incluso había hablado de regresar a la isla a visitarlos.

En Hialeah, él le tenía mucho cariño a Priscilla, con quien vivía desde que ella tenía 7 años, dijo su familia. Le había dado recientemente su viejo carro verde para que fuera a la escuela.

Las tías de Priscilla generalmente eran quienes se ocupaban de la disciplina, pero la muchacha de 17 años muy pocas veces se metía en problemas.

Amigos suyos dijeron que Priscilla asistía a un grupo de oración semanal y a veces iba a los servicios de la Iglesia Jesucristo el Todopoderoso, cerca de su escuela de Hialeah, American Christian.

La semana pasada, Priscilla dijo a su tía que ella consideraba que debía cortar los lazos con algunos amigos que le habían ofrecido marihuana.

“Ella me dijo: ‘Yo no quiero tener nada que ver con eso’ ”, dijo su tía Cira Niebles.

La vida de Priscilla no se diferenciaba mucho de la de otras muchas adolescentes. Ella devoraba libros de fantasía y vampiros como Twilight y no se perdía las películas. Bajó 15 libras tras hacerse miembro de un gimnasio cercano y tomando clases de Zumba.

Últimamente, Priscilla había empezado a trabajar, llevando los papeles y haciendo ventas en Lyn’s Furniture en el pulguero de Opa-locka Hialeah.

Ella y sus amigos soñaban con ir a estudiar a Nueva York o a Roma, e incluso habían buscado apartamentos en Internet. Priscilla planeaba hacerse algún día enfermera neonatal.

“Ella era muy escéptica y muy inteligente, y tenía principios cristianos”, dijo su tía Virginia Niebles. “Era muy expresiva y le encantaba hablar con los adultos. Ella tenía metas”.

El redactor de The Miami Herald Joey Flechas contribuyó a este reportaje.

Esta historia fue publicada originalmente el 4 de agosto de 2013, 5:00 a. m..

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