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La solución al problema del crimen en Miami Beach no es impulsar más construcciones | Opinión

Hagamos un viaje al pasado, en caso de que el alcalde de Miami Beach, Dan Gelber, esté sufriendo de amnesia.

La codicia destruyó nuestro South Beach, la que pertenecía a los miamenses y que compartíamos con turistas que nunca llegaron en cantidades suficientes para satisfacer las ambiciones de los poderes fácticos.

Nuestro South Beach de galerías de arte, estudios, boutiques especializadas, pequeños lugares de música en vivo y restaurantes pintorescos como el haitiano Tap Tap, News Café y Lario’s on the Beach de los Estefan eran un tesoro. Diversión y estilo, con el telón de fondo de los hoteles y edificios Art Deco que los conservacionistas lucharon arduamente por proteger.

La fiesta en Mango’s Tropical Café, ahora un pararrayos para aquellos como el alcalde, que quieren destruir el distrito de entretenimiento en Ocean Drive, también fue parte de la escena en la década de 1990 y principios de la de 2000. Siempre atrevida, pero la piel a la vista y los sensuales movimientos de baile eran parte de la atmósfera ecléctica, como el salón de tatuajes cerca de la ventanita donde pedías sándwiches para llevar.

Las playas pertenecían a familias, a estudiantes de secundaria, a universitarios de paso en la ciudad y a turistas con acento extranjero. Todos dejaban basura, pero la ciudad la limpiaba. No fue noticia.

La gente calificó la vivacidad y la diversidad como “un renacimiento” porque, durante la década de 1980, South Beach se había convertido en un centro de alojamiento de refugiados cubanos llegados por el Mariel sin familia entre jubilados que hacían antesala al cielo. Esto sí fue noticia.

Con la buena onda creativa, se corrió la voz de que South Beach era el lugar donde había que estar. Madonna y JLo lo dijeron. Un joven rapero llamado Will Smith también lo dijo en su exitoso álbum de 1997 “Big Willie Style”:

Aquí estoy en el sitio donde vengo a relajar

Acá en Miami, el bajo y el sol poniente suave

Todos los días, un Mardi Gras, todos festejan a todo dar

Sin trabajo, todo es juego, todo es bueno... “

A los promotores de la ciudad les encantó la atención. Ven, anunciaron, la mejor fiesta del país está aquí. Incorporamos el hip-hop a la escena musical. Todos contentos.

Pero al mismo tiempo, el ambiente que crearon los artistas, los escritores, músicos y residentes que acogieron la bohemia fue usurpado por los constructores que se abalanzaron y, en nombre del progreso, “desarrollaron” cada centímetro de concreto disponible, atiborrándolo todo de gentes y autos.

Los grandes intereses económicos terminaron de borrar la sensación de ciudad hogareña cuando Lincoln Road se convirtió en un lugar demasiado caro para que los artistas pudieran pagar sus estudios, cuando las tiendas impares fueron reemplazadas por vendedores de marcas de renombre y el jazz desapareció del Van Dyke. Los miamenses cambiamos de rumbo. No podíamos permitirnos pagar el estacionamiento de valet de $30, los menús caros creados para las masas y las habitaciones de hotel de $500 la noche.

El canto de sirena de South Beach

South Beach se volvió el lugar de fiestas y negocios para las hermanas Kardashian, para estrellas que grababan videos en nuestras arenas, mostrando nuestra fachada color pastel, mientras los millonarios llenaban las torres y se presentaban eventos de turismo cultural de alto nivel para complacer a los adinerados: Art Basel y el Festival de Vino y Gastronomía de South Beach.

Quienes recogían los ingresos, incluido el Ayuntamiento, estaban encantados con el tráfico y la multitud. Es decir, hasta que jóvenes de los estados vecinos del sur, negros y latinos en su gran mayoría, se unieron a la diversión: fanáticos de las estrellas, seguían sus pasos; pero sin un centavo.

Sin poder pagar los altos precios de los hoteles de South Beach, se atiborran seis, siete o 20 en una habitación. Sin poder pagar la entrada de $50 a los clubes, festejan en las calles y encima de autos. Sin poder pagar restaurantes elegantes, piden pizza o se van del restaurante sin pagar la cuenta.

También llegan a la mejor fiesta de Estados Unidos los narcotraficantes y el crimen.

La respuesta de la ciudad: No hay suficiente policía o hay excesiva vigilancia cuando no sucede nada malo, como una fila de vehículos SWAT que espera problemas y enoja a las gentes que ya sospechan de la policía.

La borrachera y el libertinaje, la basura que queda, y no se ofrecen suficientes servicios, como botes de basura desechables que sí están disponibles en otros lugares. No se programan eventos para que la multitud del Memorial Day, en nombre del turismo cultural, canalice la energía lejos de las calles.

Ahora, a raíz de dos turistas asesinados —una joven drogada, violada y abandonada a morir en su alojamiento de alquiler por los vacacionistas del receso de primavera, y un joven padre asesinado a tiros por un lunático drogado que apuntó con un arma a su hijo bebé en un restaurante —la ciudad ha llegado al límite.

El destino del distrito de entretenimiento

South Beach se encuentra en una encrucijada, y el debate sobre el destino del distrito de entretenimiento es el tema más candente de la votación del 2 de noviembre. Una pregunta no vinculante del referéndum consulta a los votantes: ¿Debería la ciudad detener las ventas de alcohol a las 2 a.m. o continuar sirviéndo hasta las 5 a.m.?

La pregunta me recuerda el chiste del hombre que encuentra a su esposa durmiendo con otro hombre en su sofá y cambia el sofá.

Tomar medidas enérgicas contra las ventas de alcohol es una táctica de Gelber, del ex alcalde Philip Levine y otros aliados para cerrar el distrito de entretenimiento y hacer que las propiedades estén disponibles para la remodelación y nueva construcción. En esta región, tal solución siempre equivale a un desarrollo excesivo.

Hay que deshacerse de la música y el entretenimiento, argumenta Stuart Blumberg, ex presidente de The Greater Miami and Beaches Association en un artículo de opinión del Miami Herald.

¿Cuál música o, lo que es más importante, la de quién, pregunto?

¿El jazz en The Betsy Hotel, los sonidos sexys latinos en Mango’s o el hip-hop en las calles?

Sospecho que la respuesta es, solo las dos últimas.

No, la solución en South Beach no es encubrirlo todo para volver a traer lo que destruyó su ambiente de ciudad hogareña en primer lugar: los constructores.

Esta historia fue publicada originalmente el 25 de octubre de 2021, 5:16 p. m. with the headline "La solución al problema del crimen en Miami Beach no es impulsar más construcciones | Opinión."

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Fabiola Santiago
Miami Herald
Award-winning columnist Fabiola Santiago has been writing about all things Miami since 1980, when the Mariel boatlift became her first front-page story. A Cuban refugee child of the Freedom Flights, she’s also the author of essays, short fiction, and the novel “Reclaiming Paris.” Apoye mi trabajo con una subscripción digital
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