El espejo se llama Tampa Bay, que los Marlins quieran mirarse en el es otra cosa
A unas centenas de millas está el espejo. Los Marlins no tienen que ir muy lejos para encontrar un camino alterno al que ellos han emprendido y del cual se sabe el inicio, pero no el final. Tampa Bay se muestra con todos sus problemas, muchos similares a los de Miami, aunque con un resultado diferente, muy diferente.
Los Rays poseen la segunda peor asistencia de todas las Grandes Ligas con un promedio de 14,552 aficionados por encuentro, solo superados en ese dudoso departamento por los peces, y son propietarios de la nómina más baja en todo el béisbol: $63.1 millones.
Sin embargo, el otro conjunto de la Florida ha alcanzado la postemporada en cinco de los últimos 12 años y solo ha perdido más de 80 juegos en una ocasión desde que llegaran a la Serie Mundial en el 2008. Y todo eso en una división donde cohabitan los Yankees y los Medias Rojas.
A diferencia de los Marlins con su flamante parque en La Pequeña Habana., los Rays juegan en el horrendo Tropicana Field que semeja más a una instalación del Circo del Sol que a un estadio de Grandes Ligas, enclavado más en St. Petersburg que en Tampa.
Tan complicados son los problemas de logística y tan poco interés despiertan en la afición local, que cuando fallaron las negociaciones para construir una nueva instalación en Ybor City, el equipo anunció su deseo de jugar la mitad de los juegos en casa en la canadiense ciudad de Montreal. Una propuesta imposible que no llegó a ninguna parte.
Nada de eso, sin embargo, impide que el club brille y se imponga en lo referente al béisbol, como mismo le sucede a los Atléticos en su cavernoso Coliseo y con una igualmente escuálida asistencia. ¿Por qué estos conjuntos van más allá de sus dificultades? ¿Qué pueden aprender los Marlins de ellos?
Miami ha emprendido un camino centrado básicamente en la granja. Ha puesto -a no ser que ocurra un cambio sustancial de filosofía- todos sus huevos en la canasta de los prospectos, lo cual es un sendero respetable que puede rendir frutos en algún escenario futuro.
Pero a diferencia de los peces, Tampa Bay y Oakland decidieron que no iban a perder, que no iban a reconstruir, al menos no de la manera drástica en que lo hicieron Derek Jeter ahora y antes Jeffrey Loria con sus correcciones de mercado. Decidieron, sobre todo, que lo principal era el juego del ahora y no el draft del mañana.
Algo que los ha caracterizado es la continuidad en sus oficinas centrales. Desde que Billy Beane, el famoso hombre del Moneyball, llegara a Oakland el club ha visitado los playoffs en 10 ocasiones desde el 2000. Algo similar ocurre en los Rays, que poseen un sólido departamento de búsqueda y evaluación de talento.
Tampa Bay está en la Serie Divisional porque, además de sus peloteros jóvenes y cultivados internamente, se trajeron un Travis d’arnaud, un Yandy Díaz, un Tommy Pham, firmaron un lanzador veterano de calibre como Charlie Morton y crearon un conjunto ganador, superior al que ya tenían en el 2018 cuando ganaron 90 juegos y no llegaron a octubre.
Tampa Bay enfrentará a los temibles Astros, porque no se engañó a sí mismo, ni se prometió frases en el viento, ni se atrincheró en su granja. Solo repitió una y otra vez que iba a competir y ganar sin que importaran el pésimo estadio, una afición desinteresada, la peor nómina de las Mayores y un mercado menor.
No todo el mundo tiene el valor ni la capacidad de hacerlo, pero los Rays demuestran que sí es posible. El espejo, Miami, está más cerca de lo que imaginamos.
Esta historia fue publicada originalmente el 3 de octubre de 2019, 9:49 a. m..