Boxeo

Triple G, el héroe incomprendido que vino de la tierra del fin del mundo

GENNADY GOLOVKIN posa con sus fajas en la T-Mobile Arena el 11 de septiembre de 2018, previo a su pelea del próximo sábado contra Canelo Álvarez en Las Vegas.
GENNADY GOLOVKIN posa con sus fajas en la T-Mobile Arena el 11 de septiembre de 2018, previo a su pelea del próximo sábado contra Canelo Álvarez en Las Vegas. Foto: AP

Gennady Gennadyevich Golovkin siempre ha merodeado por los bordes de la vida. Hasta hace poco tiempo, su Kazajistán natal era solo conocido por el gran público como la patria de Borat, ese periodista despistado que hablaba de su aldea como un sitio de pillos, locos y prostitutas. Con un himno interminable y una difusa ubicación geográfica.

El filósofo Herodoto solía describir esa antigua región como lo más cercano al fin del mundo, algo que podía experimentarse a la caída del imperio socialista de Moscú, donde las culturas, las políticas y las religiones se miraban unas a otras con recelo, de la misma manera que se puede mirar a un chico nacido de papá ruso y mamá de raíces coreanas.

Hasta hace apenas un par de años, Golovkin sentía que en su país no le reconocían los méritos, que lo contemplaban como un extraño. Esa sensación nació aquel día que le robaron la medalla de oro en los Juegos Olímpicos y le levantaron la mano al ruso Gaydarbek Gaydarbekov.

Según cuenta el propio Golovkin en el 2016, un propio ejecutivo del programa amateur kazajo le dijo que solo un púgil del país iba a ganar el oro en la cita de Atenas 2004, y no iba a ser él. Todo estaba arreglado con la anuencia de los ejecutivos kazajos y la mafia del ring. Tanta fue su furia que abandonó el deporte por más de un año hasta que esa misma molestia le obligó a volver al ring como profesional.

Sin apoyos y sin futuro, solo acompañado por una convicción ciega en el poder de sus puños, Golodvkin se alejó de Kazajistán en busca de prados más verdes en Alemania. Atrás quedaban su familia, sus dos hermanos muertos, Sergey y Vadim, en circunstancias no aclaradas del todo mientras cumplían servicio en el Ejército Ruso. Atrás quedaba la tierra del fin del mundo.

En Alemania le esperaba un contrato con la entonces poderosa promotora Universum, que pronto se vendría abajo en sus finanzas y no cumpliría sus promesas de llevar a Golovkin al próximo nivel. Excusa tras excusa, la posibilidad de enfrentar a figuras como Félix Sturm o Sebastian Zbik nunca se concretaba. Una vez más debió emprender camino hacia la única meca posible: Estados Unidos.


Por aquel entonces, Abel Sánchez era un entrenador carcomido por la desilusión, un maestro al cual le faltaba un digno aprendiz, que había construido un gimnasio detrás de su casa en espera de algo que no acababa de llegar…hasta que apareció Golovkin.

Ambos conectaron de manera inmediata. Sánchez reconoció en el pupilo las condiciones para moldear un campeón. El chico apreció en el técnico una voz que jamás le mentiría, que haría todo lo posible por catapultarlo a ese sitio esquivo del reconocimiento oficial por aficionados y expertos.

Juntos dieron inicio a la leyenda, la cadena de nocauts, la reconstrucción de la personalidad opaca y resentida de Golovkin a favor de una imagen más potable, de una sonrisa casi infantil acompañada de un inglés en sobresaltos y ráfagas de español.


A fuerza de golpes, el kazajo fue pasando de las periferias a zonas más céntricas de la apreciación general y, por encima de todo, esos nocauts le abrieron las puertas del cariño en su siempre complicada nación, donde nadie se acuerda ya de Sacha Baron Cohen y su alocado Borat.

Y ahora se encuentra muy cerca de asaltar el cielo definitivo del deporte y convertirse en figura cimera del boxeo si el sábado derrota a Saúl “El Canelo’‘ Álvarez en Las Vegas, aunque el vive convencido de que ganó la primera vez, que fue víctima de un robo.

Un triunfo, limpio y sonoro, en el mayor escenario del boxeo y contra Álvarez sería la consagración definitiva de quien vino desde tan lejos, desde el fin de los caminos, para brillar por encima de todos.

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