Miami y su hijo predilecto: ahora sí es hasta que la muerte los separe
Nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde. Miami y Dwyane descubrieron que esta vieja y gastada frase entraña cierta tristeza, revela una frustración y esconde un dolor muy difícil de superar. En este caso, un dolor que iba y venía del jugador al equipo como una especie de culpa compartida.
La partida fue dura y complicada. Wade se sintió menospreciado por un club del cual nunca había sido el empleado mejor pagado. El Heat no quería asumir la demanda salarial de su estrella de siempre, ahora disminuida en sus talentos físicos, aunque íntegra en su capacidad de liderazgo.
Al poco tiempo de que Wade se marchara a Chicago, Pat Riley reconoció públicamente cuánto se había equivocado en no hacer los máximos esfuerzos para acomodar al jugador más querido en la historia de la organización, por encima de todos, absolutamente todos en una lista donde caben Alonzo Mourning, Shaquille O'Neal, LeBron James…
Al poco tiempo de estar en Chicago, Wade comenzó a darse cuenta del tremendo error que significaba haberse ido del único lugar de este mundo donde lo iban a tratar como un rey, aunque le faltaran los brazos y los pies. Nunca, bajo ningún concepto ni circunstancia, escuchó un abucheo, una afrenta, una palabra desviada. Tanto era el amor en Miami. Tanto.
Ese amor no lo encontraría en su ciudad natal y mucho menos en Cleveland, donde su forma de entender el básquetbol -aprendida en la Arena American Airlines- le haría entrar en contradicción con los jóvenes de esas franquicias, con los veteranos establecidos. Wade se sentía miserable. Entonces comprendió.
Su regreso a Miami más que un acto de reparación deportiva se entiende como una elegante justicia poética. No importa que venga desde el banco, ni que juegue menos minutos. Aquí se le respeta hasta los tuétanos. Otros jóvenes van por delante de él en la alineación, pero es el primero en el momento cumbre. Nadie cierra los juegos como él. Eso no se aprende en un manual.
Su tremendo partido de 28 puntos el lunes en Filadelfia no es la mera ascensión en la Máquina del Tiempo, sino el uso racional de sus capacidades a los 36 años, una manera lúcida de aprovechar lo que le queda en el tanque y una forma de hacer las cosas cuando todo está en la balance de sobrevivir o perecer. Solo unos pocos elegidos saben hacerlo, tengan la edad que tengan.
La pregunta es si a Wade le quedarán dos o tres juegos más como ese. Si la magia pudiera repetirse a partir de este jueves, si su presencia será capaz de elevar la llama de Miami y generar la sorpresa de esta postemporada, al menos en primera ronda contra estos Sixers hambrientos y jóvenes.
Pase lo que pase, este va siendo un buen epílogo si es que decide que estos son sus últimos partidos en un uniforme de la NBA. Pase lo que pase, Wade y Miami aprendieron su lección y no se separarán nunca más. Ni aunque la muerte lo intente.
Esta historia fue publicada originalmente el 18 de abril de 2018 a las 11:12 a. m. con el titular "Miami y su hijo predilecto: ahora sí es hasta que la muerte los separe."