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Conor McGregor vs Dustin Poirier, los de entonces ya no son los de antes

Los de entonces ya no son los de antes. Cuando chocaron por primera vez todavía no rebasaban los 30 años, Conor McGregor y Dustin Poirier eran dos chicos emocionales, erráticos e impulsivos. La visión de la batalla era otra, la perspectiva de la vida diferente.

En aquella ocasión, McGregor hizo un rápido trabajo al noquear a Poirier en menos de dos minutos como paso previo a convertirse en la figura más reconocida que jamás hubiera pisado un octágono. Otros pueden haber sumado más glorias en el deporte, pero en términos de popularidad, nadie iguala al irlandés.

Después de vencer a Poirier, la imagen de McGregor creció a u nivel estratosférico al convertirse en campeón de dos divisiones y dejar una estela de momentos memorables para los millones de aficionados a las artes marciales mixtas. Como el Rey Midas, todo lo que tocaba lo convertía en oro.

Pero también dejó dudas sobre su carácter y en más de una ocasión -como cuando atacó una comitiva de amigos de Khabib Nurmagomedov- comprometió una carrera sólida o en sus ataques incesantes a los potenciales rivales. Nadie escapaba del verbo encendido y mordaz del “Notoriuis’’.

Poirier, por su parte, lamió sus heridas de aquella derrota y subió a la división superior, donde se convirtió en una especie de “Bogeyman’’ temido, sumando victorias importantes contra rivales de primera línea, campeones o aspirantes a campeones, al punto de convertirse en campeón él mismo.

Si el camino de McGregor estuvo salpicado de altas luces y fuertes sombras, el de Poirier se vio alumbrado por una tenue claridad: sin estridencias pero a paso sostenido, sin los reflectores que encandilan pero con el respeto de quien trabaja en silencio, sin alzar la voz.

McGregor creció tanto que solo en la pelea de boxeo contra Floyd Mayweather se embolsó más de $100 millones, algo que nunca antes imaginó en su trayectoria como artista marcial. Poirier ganaba tan poco que en su choque anterior contra Dan Hooker su bolsa asegurada era de apenas $150,000 más otros $150,000 si ganaba.

Ambos mordieron el polvo de la derrota ante el ya legendario Nurmagomedov. Cayeron como moscas, mordidos por la tremenda lucha del Aguila, el mejor hombre de las 155 libras y por quién aún se aguarda para saber si regresa o se retira por completo. Ese par de fracasos, sin duda, tiene que haberles dolido.

Ahora viven momentos diferentes. McGregor parece un hombre más maduro, convertido en padre que piensa las cosas dos veces. Vivió un 2020 tormentoso, se distanció de la UFC y discutió con su presidente Dana White, pero también practicó la filantropía y redescubrió la pasión por el combate.

Poirier ya no es aquel guerrero que entraba alocado a la jaula, que invitaba a los rivales a una danza de golpes sin importarle lo que le sucediera. Por estos días calcula más los riesgos, estudia mejor a los oponentes. Y sigue practicando la filantropía mediante su Fundación La Buena Pelea. McGregor ha prometido donarle $500,000 de su bolsa a esos fines benéficos.

Más allá de todo y a pesar de una predicción de nocaut en menos de un minuto, McGregor respeta a Poirier. Poirier respeta a McGregor. No se han escuchado palabras altisonantes, la tradicional basura que suele comentarse en estas peleas de envergadura. Dos caballeros hasta el momento.

Pero que no quepa duda, cuando suene la campana estaremos en presencia de un clásico. Son dos gladiadores de élite que una vez chocaron con la mejor parte para McGregor. Este Poirier es un animal diferente. Uno casi puede sentir la expectativa en el aire, la anticipación en el ambiente.

La UFC no podía comenzar el 2021 con un mejor PPV.

Esta historia fue publicada originalmente el 21 de enero de 2021, 9:15 a. m..

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Jorge Ebro
el Nuevo Herald
Jorge Ebro es un destacado periodista con más de 30 años de experiencia reportando de Deportes. Amante del béisbol y enamorado perdido del boxeo.
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