Wendy Guerra: ‘En Cuba estoy con mis muertos porque casi todos mis vivos se me han escapado’
Wendy Guerra eligió como protagonista de su nueva novela a un mercenario carismático y complejo, que ha estado vinculado con los cárteles colombianos y con el escándalo Irán-Contra, que conoce bien los terrenos más intrincados de Centroamérica y que de sobremesa puede discutir la obra de Picasso.
Este terrorista que muchas veces combate convencido de que defiende una causa valiosa, nació en Cuba y tiene como residencia a Miami. El FBI lo ha perseguido y la CIA lo ha contratado, y cualquier similitud con algunos personajes que puede haber escuchado contar su historia en esta ciudad, no es pura coincidencia.
“Se trata de un hombre marcado por el fusilamiento de su padre. A partir de este momento Cuba empieza a ser para él un poco ese verdugo que destrozó el destino de su familia, que en definitiva, era el suyo”, dice Guerra, contando que conoció a la persona que inspira a su personaje, Adrián Falcón, en una exposición de arte contemporáneo.
El mercenario que coleccionaba obras de arte (Alfaguara, 2018) parte de ese primer encuentro, de una historia que la autora no creyó porque le pareció demasiado “exagerada”, y que sin embargo, era cierta.
A las tribulaciones de El Mercenario, Guerra (La Habana, 1970) le fue añadiendo “lo ocurrido del otro lado del muro” en el que ella había crecido.
Valentina, una joven alocada con todas las trazas de una espía, e hija de diplomáticos cubanos, es la contrapartida romántica de Falcón.
Guerra, ganadora del premio Bruguera 2006 con su primera novela, Todos se van, reside en la isla, pero tiene en esta ciudad un público lector fiel con el que se reencontrará en tres presentaciones en la Feria del Libro de Miami, que culmina el domingo 24 de noviembre.
En el 2016 fue reconocida por el gobierno francés con la Orden de las Artes y las Letras en el grado de oficial, un nivel superior al Chevalier des Arts et des Lettres, que recibió en 2010.
En el proceso de investigación, ¿qué descubriste sobre el exilio cubano, sobre los manejos de Cuba en Latinoamérica, un tema de tanta actualidad?
Todo lo que me contaba El Mercenario fue verificado y después ficcionado hasta perfilar el sofisticado personaje de Falcón. Conocer en su piel, todo lo que ocurría en las filas de la contra de varias revoluciones sembradas por Cuba en Centroamérica, resultó un proceso duro, desgarrador que me llevó a una crisis de fe de la que hasta hoy no me recupero.
Revoluciones vs contras, contras vs revoluciones llegan a parecerse en sus complejidades sentimentales, filiales, sociológicas e ideológicas y, en su decadencia, terminan por llenarnos de preguntas sin respuestas. Tras escribir este libro descarnado hasta el tuétano termino por dejar de creer en la capacidad del ser humano de luchar verdaderamente por lo que necesita la mayoría. La perspectiva de guerrear por el bien del otro termina donde empieza el abuso por la perpetuidad en el poder.
El mismo Adrián Falcón ha terminado por abandonar sus luchas sociales y dedicarse a empresas personales, coleccionar piezas singulares de arte latinoamericano y vivir como un ser desconocido por el mundo.
¿Has considerado la posibilidad de que la novela no tenga una buena recepción en Miami?
Nunca considero la posibilidad de que algo construido con pasión y veracidad, arrojo y dedicación tenga malos resultados. Creo que esa visión negativa de la vida nos las ha inculcado en los años de adoctrinamiento y miedo. Toda pieza creativa posee el don de viajar libremente allí donde existan lectores que amen el drama humano y lo valoren a través una lectura inquieta y virtuosa. No se trata de militancia sino de literatura.
Los lectores de Miami son diversos y el Miami que me ha tocado vivir como autora, generacionalmente, es tremendamente abierto y espontáneo. .
Uno de los aspectos de tu situación que llama la atención es que has decidido quedarte a vivir en Cuba teniendo la opción de tomar el camino del extranjero. ¿Qué es lo que más te incomoda de vivir allí?
Sobre “mi situación”, eso de vivir en la isla donde nací, escribir mi literatura además de artículos para El País, el Herald, The New York Times, que en un país normal sería algo convencional y decir lo que pienso, coherente con mi biografía, se hace completamente inusual y tiene un precio que pago cada día con silencio profundo.
Sobre todo, porque muchos de los que aun viven en Cuba están mudos hasta que les dan la oportunidad de salir y solo entonces determinan decir lo que piensan. La minoría que lo hace desde la isla es estudiada bajo una campana de cristal por el servicio secreto, el departamento ideológico y, por supuesto, también por el exilio.
A mi también me parece rarísimo, pero no inusual ver a los mismos periodistas y presentadores del Noticiero de Televisión Cubana decir las noticias contrarias a las que decían en Cuba hoy en la televisión local de Miami.
En fin, estamos expuestos. Somos figuras públicas. Todos, absolutamente todos vivimos trabados en el elevador de Cuba, asfixiados, encerrados con siete llaves bajo el síndrome de la sospecha de la que hablo en Domingo de Revolución.
¿Qué me incomoda? Me incomoda pedir permiso y perdón, me extenúa lo que pasa socialmente en un lugar donde comer, vestirse, bañarse, cocinar, tener luz, transporte y generar economía de supervivencia se vuelve un verdadero martirio, donde ganar dinero es un pecado.
Me incomoda que amordacen a una mujer en pleno siglo XXI, en época donde el mundo pone sobre la mesa el tema del MeToo. Resulta una verdadera vejación que una autora cubana no pueda hablar públicamente, editar y participar socialmente de un mundo dirigido por hombres.
No me he querido ir de mi país porque pienso que tirar la puerta, en mi caso, no es la solución. Tengo todo el derecho de vivir en el país donde nací diciendo lo que siento, aunque esto genere un proceso doloroso y complejo en lo personal.
¿Se ha recrudecido el ataque y el control de los artistas en Cuba en los últimos tiempos? En términos personales, cómo alimentas tu espíritu, cómo enfrentas los momentos más difíciles de la censura en la isla?
No estoy segura [que se haya recrudecido] teniendo en cuenta que en los 1970 escuchaba a los adultos referir los años duros de la llamada parametración o las terribles anécdotas de las UMAP que contaban los amigos de mi madre.
También fuimos arrastrados a los 9 o 10 años por maestros y directores de escuela, que hoy viven justamente en Miami, a los actos de repudio de los 1980. En la década de los 1990, varias autoras cubanas fueron repudiadas o encarceladas por escribir y leer sus textos etiquetados de subversivos.
Todo depende de la perspectiva, la edad o el cansancio que uno tenga luego de estos 60 años de combate por la palabra y la soberanía personal, asunto de la que la izquierda internacionalmente pocas veces tiene en cuenta cuando se trata de Cuba.
En La Habana yo leo, escribo, estudio, nado, estoy conmigo misma y no dejo que me arrebaten la libertad creativa que nació conmigo, pero, sobre todo, no me autocensuro. En Cuba estoy con mis muertos porque casi todos mis vivos se me han escapado.
Guerra se presenta en varios eventos en la Feria del Libro de Miami 2019, sábado 23 de noviembre, 1:15 p.m, salón 8503 Edificio 8, 5 to piso; ese mismo día, a las 6:30 p.m comparte con otros autores en la presentación de Isla en la luz, Edificio 1, segundo piso, salón 1261, y el domingo 24, 11. am, salón 8202, edificio 8, segundo piso, en Wolfson Campus del MDC, 300 NE 2 Ave.
Esta historia fue publicada originalmente el 22 de noviembre de 2019, 8:18 p. m. with the headline "Wendy Guerra: ‘En Cuba estoy con mis muertos porque casi todos mis vivos se me han escapado’."