Opinión

En nuestra opinión: Venezuela bajo el asedio del crimen

La muerte de la actriz venezolana Mónica Spear a manos de delincuentes ha causado una oleada de indignación que ha llegado hasta el Palacio de Miraflores. Poco después del vil asesinato de la ex reina de belleza y de su ex esposo en una autopista del estado Carabobo, el gobierno de Nicolás Maduro convocó una reunión de emergencia para estudiar soluciones a la plaga de violencia que azota al país.

Las cifras del alto índice de crímenes en Venezuela son disímiles pero todas son elevadas. Por ejemplo, el Observatorio Venezolano de Violencia, una organización no gubernamental, señala que la tasa de homicidios se ha disparado hasta llegar a 79 por cada 100,000 habitantes, mientras el gobierno asegura que ha bajado de 50 a 39 por cada 100,000. Cualquiera de los dos números sitúa a Venezuela entre los países más peligrosos de la región y del mundo.

Es obvio que hay que hacer algo para frenar la epidemia de crímenes. Pero hasta que los asesinos cobraron la vida de una persona famosa como Mónica Spear, el gobierno de Maduro había tratado la elevada tasa de homicidios y el clima de miedo en que vive la población como un problema cuya solución se podía dejar para después. Como un mal que, al parecer, no tenía la misma prioridad que la constante batalla política e ideológica por conservar el poder frente a una oposición con visible apoyo popular.

Ahora, ante las muestras multitudinarias de dolor por la pérdida de la actriz y la avalancha de protestas contra la inseguridad en toda Venezuela, Maduro no puede seguir tratando de ocultar la terrible realidad o de restarle importancia. El asesinato de Mónica Spear ha sacado a la luz el pavoroso problema nacional de la delincuencia, agravado por la ineptitud del gobierno –el de Hugo Chávez y el actual– para aliviar el alto índice de pobreza, la desigualdad económica y la extendida corrupción.

Mientras los venezolanos sufrían el asedio de los criminales, el gobierno propagaba su retórica anticapitalista de justicia social y su discurso contra Estados Unidos, paradójicamente su principal socio comercial. Se empeñaba en pintar una Venezuela inexistente y en fijar la mirada en el futuro, mientras el crimen carcomía el presente. Ahora, ante la alarma de la sociedad, Maduro no tiene más remedio que reaccionar y prometer que se detendrá la ola de homicidios.

El líder opositor Henrique Capriles, gobernador del estado Miranda, exhortó a Maduro a dejar a un lado “sus profundas diferencias y unirnos contra la inseguridad, un solo bloque”. En respuesta, Maduro le estrechó la mano el miércoles pasado en Miraflores. Pero la pregunta es si el mandatario afrontará por fin la realidad y tomará medidas contra el alto índice de delincuencia, por el bien de todos los venezolanos, como quiere Capriles, o si seguirá sumido en su inútil retórica demagógica.

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