Opinión

Las ‘subpoenas’ están en camino, Mr. President

El presidente Donald Trump durante una errática conferencia de prensa en la Casa Blanca el miércoles 7 de noviembre.
El presidente Donald Trump durante una errática conferencia de prensa en la Casa Blanca el miércoles 7 de noviembre. AP

Horas después de perder el monopolio del poder, Donald Trump intentó disimular su derrota con un show de narcisismo, fantasía política y amenazas bélicas al nuevo Congreso demócrata. Resultó un fracaso. Se le notaba mucho el miedo a lo que le espera: por primera vez en su presidencia –y en toda su vida- deberá rendir cuentas. Tanto de sus actos políticos como de sus marañas financieras.

Era de suponer que reaccionaría a la paliza de las elecciones legislativas con un arrebato de furia al verse acorralado por el panorama de investigaciones congresionales y de sus supuestos vínculos con Rusia, pero su grado de desesperación y ferocidad autoritaria tomó por sorpresa. El miércoles, en una especie de golpe de estado a la Justicia, arrebató el poder a ese Departamento despidiendo al fiscal general, Jeff Sessions, y sustituyéndolo con un títere que se preste a decapitar al fiscal especial de la pesquisa rusa, Robert Mueller.

Las implicaciones son muy graves: Trump ha tomando las riendas sobre su propia investigación, obstruyendo abiertamente la justicia. Es un paso más hacia la autocracia.

Y aunque la cabeza de Sessions llevaba tiempo en la fila de la guillotina, muchos incluso en su propio partido le habían advertido que cualquier intento de destruir la investigación de Mueller abriría una crisis constitucional. Llegó ese momento. Pero Trump, en su permanente enajenación de la realidad, no parece ni captarlo ni importarle. Vive a golpe de impulso y gratificación inmediata. Y lo que gratificaba sus instintos el día después de la elección era no sentirse como lo que más le aterra: un perdedor.

Sessions era el candidato perfecto para matar dos pájaros de un tiro: uno, fabricar una controversia que eliminara de las pantallas el repudio en las urnas a su discurso de odio y miedo; y dos, estrangular la pesquisa rusa poniéndola en manos de un declarado enemigo de la misma, Matt Whitaker, que hasta ahora actuaba de soplón de la Casa Blanca aunque su título oficial era jefe del gabinete de Sessions. El zorro está ya al cuidado de las ovejas.

Pero hay un “tercer pájaro” a matar con este tiro, que es en realidad al que apunta la prisa de Trump: el posible encausamiento judicial, en los próximos días, de su hijo mayor, Donald Jr. El joven Trump ha comentado recientemente su preocupación a algunos amigos, según publica New York Magazine (artículo que no ha desmentido el presidente). Mueller habría pospuesto el indictment hasta después de las elecciones, de ahí la urgencia en “castrarle”.

La trama de encubrimiento se asemeja cada vez más a la “masacre del sábado por la noche” de Richard Nixon, con un toque al estilo Godfather. Al igual que los Corleone de la película, Trump exige lealtad de esbirros, y los que se resisten van al paredón. El paralelismo con la era Nixon no acaba ahí: en las elecciones post-Watergate los demócratas ganaron 30 escaños y ahora se encaminan a superar esa cifra hasta 35. Un gran escarmiento por mucho que Trump pretenda disfrazarlo con los 3 o 4 escaños que los republicanos ganaron en el Senado.

El apóstol del odio está enfurecido porque esperaba recibir un amor de todo el electorado como el que le profesa su secta en esos rallies-burbuja, impermeables a la verdad. Nos advirtió durante la campaña que este sería un referendo sobre él y ya sabe el veredicto del pueblo estadounidense: los blancos sin educación universitaria siguen siendo sus leales seguidores; el resto de la población, de mayor crecimiento demográfico, rechaza su retórica divisiva y sectaria, particularmente las mujeres.

Al contrario de lo que se podría esperar, en vez de rebajar el volumen de insultos y mentiras tras el castigo del 6 de noviembre, el señor Trump ha doblado las dosis de veneno, especialmente dirigidas a su nuevo enemigo: los demócratas que controlan el Congreso. “Si me investigan yo también les investigo con el Senado”, dijo durante una errática y combativa rueda de prensa.

Fue el anuncio de las batallas que aguardan en los próximos dos años. Al igual que el emperador Nerón, Trump tratará de incendiar su Roma –Washington- antes que verse vencido y paria ante la Historia. Cuanto más asustado y acorralado se vea, más fuegos prenderá. Y si no, al tiempo.

La mala noticia es que acaba de encender un fuego que le puede calcinar: tomar el control de la investigación de Mueller. Como ya le advirtió su nuevo amigo, el senador Lindsey Graham: “Puede ser el principio del fin de su presidencia”.

La buena noticia es que la democracia está saludable y funciona el sistema de checks and balances, de controles y equilibrios, ideado para frenar a demagogos y autócratas como Trump.

El Congreso es una rama del gobierno federal con poderes constitucionales para investigar, además de legislar. Los nuevos líderes han anunciado que se volcarán en ambas responsabilidades. Pero también han declarado que protegerán a Mueller. Y si Trump acaba decapitándole, convocarán al fiscal especial a testificar ante el Congreso, en sesión televisada, para que informe al pueblo norteamericano sobre los hallazgos de la investigación.

Aún no sabemos si llegara ese día, lo que es seguro, sí, es que ya varios comités del Congreso se disponen a investigar todo lo que los esbirros de Trump, como el arrastrado Devin Nunes, le han tapado.

Las subpoenas están en camino a la Casa Blanca, Mr. President.

Periodista y analista internacional. @TownsendRosa

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