Opinión

Terremoto político en Washington: la historia gira de espaldas a Trump

Trump: “No se puede destituir a quien está haciendo un gran trabajo”

El presidente estadounidense, Donald Trump, dijo el 4 de enero de 2019 que no se puede destituir a alguien que está haciendo un gran trabajo, ante los rumores de que algunos congresistas puedan iniciar un proceso de juicio político (“impeachment”).
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El presidente estadounidense, Donald Trump, dijo el 4 de enero de 2019 que no se puede destituir a alguien que está haciendo un gran trabajo, ante los rumores de que algunos congresistas puedan iniciar un proceso de juicio político (“impeachment”).

Con un nuevo año llega una oportunidad de cambio. “Renovarse o morir”, dice el refrán. Y hay mucho que renovar en la sociedad norteamericana si no queremos que el bienestar y la paz cívica mueran asfixiados por la nube tóxica de la política del odio y la mentira, del fanatismo y la división promovidos por el presidente Donald Trump.

Tanto ha sido el veneno trumpista en estos dos años que muchos piensan que la necrosis producida en el tejido social es irreversible. Soy más optimista. Los abusos siempre alcanzan un punto de saturación, de hartazgo, a partir del cual todo da un vuelco para recuperar el orden natural. Y a los abusadores les llega su merecido.

Ese punto empezó a alcanzarse en 2018. Especialmente en diciembre, con la justicia rozando los talones al presidente, a través de las condenas a sus allegados Cohen, Manafort y Flynn (de momento). Con el gobierno cerrado y 800,000 funcionarios que Trump ha tomado como rehenes para conseguir su muro. Con la bolsa de valores en Wall Street hundida a mínimos no vistos desde la recesión de 2008. Con una crisis diplomática tras el anuncio de abandonar Siria.

En medio de tan deprimente panorama, como si estuviera disociado de la realidad, Trump tuiteaba un antiguo video suyo vestido de campesino y cantando (no es broma).


El alucinante video debió ser su forma de celebrar la despedida de los “domadores” de su circo: el secretario de Defensa, Jim Mattis, y el jefe de despacho, John Kelly. Eran los dos últimos en irse (por voluntad propia) del grupo que cuando todavía estaban en luna de miel Trump llamaba “mis generales”. Entre ellos también estaban el asesor de Seguridad Nacional H.R. McMaster (al que despidió por decirle las verdades), y Michael Flynn, que ahora está “cantando” las verdades pero al fiscal especial de la trama rusa, Robert Mueller, mientras espera sentencia.

Pronto pasaron de ser “sus generales” a engrosar la lista de “sus apestados”. Todos excepto a Flynn (¿uh, por qué será?). Y aunque nada tiene de novedoso que Trump insulte o despida a alguien, los improperios a líderes castrenses solo delatan la hipocresía de un presidente que dice admirar a los militares pero luego les trata como Kleenex de usar y tirar. Días atrás se ensañó contra el almirante que dirigió la operación letal contra Bin Laden, Bill McRaven, y el general Stanley McChrystal, líder de comandos especiales en las guerras del Golfo, Irak y Afganistán.

Sin olvidar el desprecio que le hizo al jefe de la cúpula militar, Joint Chiefs of Staff, Joe Dunford, forzado a enterarse por un trumpo-tuit de la retirada de las tropas de Siria. Con semejantes faltas de respeto los normalmente disciplinados militares están llegando al “punto de saturación”, según ha trascendido.

Pero la mayor evidencia del hartazgo social fueron los resultados electorales de noviembre, que esta semana han culminado con el cambio de guardia en el Congreso, a manos demócratas. Un terremoto en Washington. Una nueva era. El inicio del necesario cambio. Del necesario equilibrio de poderes.


It’s Pelosi time! La nueva speaker de la Cámara Baja, Nancy Pelosi, lanzó en su toma de posesión una rama de olivo a los republicanos pero al mismo tiempo demarcando las fronteras de la agenda demócrata. Y tiene fama ella de que no le tiembla la mano. Trump tendrá que acostumbrarse a que le digan “no” a sus antojos, a sus arbitrarios desvaríos. Bastante debe temer a Pelosi cuando aún no la ha insultado e, incluso, la trata con deferencia. El bully de repente está bajito.

No obstante, cuesta pensar que vaya a cambiar de conducta alguien acostumbrado a hacer su santa voluntad, a avasallar a quienes percibe como adversarios. Tan convencido está Trump de tener subyugado al Partido Republicano, y tan ensimismado en su egolatría que, por lo general, no parece darse cuenta de la magnitud de lo que se le avecina, tanto política como judicialmente (17 investigaciones pesan sobre él y su entorno).

Incluso dentro de su partido las cosas ya no son iguales. Prueba de ello es la columna del senador Mitt Romney, declarando su independencia, y poniendo sobre aviso a Trump y sus seguidores de que no representan los valores tradicionales republicanos. Se sitúa para tomar la antorcha de John McCain.

Otra señal de que el trumpismo va cuesta abajo es precisamente que así lo pronosticaba el pasado jueves el conservador diario The Wall Street Journal. Uno de los editoriales advertía del “ocaso” de Trump y la “espiral de declive” en que ha entrado. Se hacía eco también del creciente debate interno del Partido Republicano sobre si Trump debe ser de nuevo candidato o hay que ir pensando en otro nombre.

Lo único incierto es la velocidad a la que se vaya a producir el declive. Pero la lucha entre las dos facciones, la trumpista y la de los republicanos tradicionales, es un hecho patente y dominará las discusiones políticas este año de cara a las elecciones de 2020.

Mientras tanto Trump seguirá aislado en otra galaxia, la única que le queda, o sea su leal y ciega base de seguidores, que son para los únicos que gobierna. Esa burbuja galáctica, sin embargo, no le librará de los fantasmas del impeachment y/o la renuncia.

Periodista y analista internacional. @TownsendRosa

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