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Opinión

El cine como mitigación de la pandemia, o la dictadura cubana

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Distancia social, lavarse las manos, estornudar sobre el brazo, han sido algunas de las medidas más simples, físicas y eficaces para evitar la contaminación del nuevo coronavirus.

Luego está la rutina lúdica e intelectual doméstica, para mitigar la reclusión, en la cual colocaría el disfrute del cine, en primer lugar.

Cuando la pandemia de 1918, el cine era apenas un arte en pañales, de escasa divulgación, pero hoy, gracias a la televisión, principalmente, y a incontables plataformas de streaming, forma parte de nuestro diario regocijo y del intercambio social.

Es tema recurrente en las conversaciones cotidianas entre amigos y parientes, manifiesta el gusto y una posibilidad de lujo y sencilla para discernir sobre la cultura.

Antes de vernos obligados a permanecer en nuestros hogares, era difícil mantenerse al tanto de las numerosas ofertas cinematográficas nuevas de cada semana.

Hoy podemos aprovechar el tiempo disponible y hacernos de programas personales o familiares y, de tal modo, tratar de lidiar con la tentadora oferta. Para los cinéfilos de corazón, ciertamente, estamos viviendo en el paraíso.

Esta manera de disfrutarlo, solamente la puedo equiparar a jornadas memorables de festivales internacionales cuando puedo ver numerosas películas en un día.

A propósito de la cerrazón y del síndrome conocido como cabin fever, que muchos ahora mismo padecen, se me ocurrió buscar la película de Charles Chaplin, The Gold Rush o La quimera del oro, de 1925 y, para mi sorpresa, aparecía totalmente gratis en YouTube.

Las secuencias del pequeño gran hombre confinado, sin remedio, en esta cabaña rodeada de crudo invierno con un gigante compañero de aventuras, incluyen los más extraordinarios gags del humor en el cine.

Aburrimiento y, sobre todo, la falta de comida, desatan maravillosos malabares de Chaplin tratando de esquivar la posibilidad de ser ingerido como una gallina.

Pienso que el cine siempre ha venido en mi auxilio, cuando más lo necesito. Antes de escapar del suplicio castrista, la potestad de las imágenes cinematográficas, me confirmaban la certeza de ser libre en otro lugar, donde existían vidas nada parecidas a las nuestras.

En aquellas pantallas, cual ventanas, al mundo, se servían generosos banquetes en familia, sin tormento por la escasez, se celebraban fechas religiosas y de cualquier otra índole, la vida transcurría con momentos felices y afligidos, como suele ser la realidad, sin parámetros ideológicos.

A veces, resultaba asombroso constatar que, en medio de la pobreza de otros países o de la guerra, los mercados mostrados en los filmes de esos pueblos exhibían más alimentos de los que uno podía soñar en la cruel miseria de la isla, diseñada para la desorientación, así como el padecimiento lento y perpetuo.

Sin duda, el arte del siglo XX siempre fue una alternativa a los trances y ahora lo sigue siendo. No me imagino cómo mis compatriotas pueden lidiar con esta suerte de Edad Media en Cuba, donde arrecia la represión, coartan la libertad en medio de la penuria y se agudiza el encanallamiento doctrinario, sin esperanza. Por estos días, la dictadura no entiende ni de pan, ni de circo.

He sabido que el socorrido “paquete”, donde figuran muestras de lo mejor del arte cinematográfico internacional, listas para ser conectadas a los televisores por un módico precio, ha frenado su distribución por la pandemia, lo cual agrava el panorama.

Antes de haber tenido la fortuna de conocer Roma, Londres, París y Atenas, por solo mencionar tres ciudades que viven en mi corazón, ya sus cineastas más excelsos me pasearon por esas calles que conocen al dedillo, para contarme historias que han contribuido a mi educación sentimental y cultural, bajo cualquier circunstancia.

En los momentos de mayor incertidumbre, incluso cuando veía películas sobre los crímenes del fascismo y del comunismo, el cine me dejó saber que la libertad y el futuro eran posibles.

Twitter: @alejandroriostv. Correo: alejandrorios1952@gmail.com.

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