Se populariza la idea de echar leña al fuego durante la crisis del coronavirus
Si mal no recuerdo, antes de que la pandemia nos devastara, fue uno de esos famosos humoristas que integra la élite de la televisión nacional, quien abogó por una gran crisis económica para derrotar en las próximas elecciones a la actual administración americana.
No consideró, en aquel chiste de mal gusto de entonces, que muchos de las familias de bajos y medianos recursos, verían sus vidas seriamente dañadas, como ocurriera en la depresión económica del año 2008.
Claro que nunca imaginó la dimensión de tal siniestro deseo, porque ahora hasta su propia existencia de total bienestar puede estar amenazada por el nuevo coronavirus.
Se ha entronizado la idea de echar leña al fuego como un socorrido recurso de buscar ratings, lectores o simplemente la atención, hurgando, de modo oportunista, en el miedo del público.
Primero empezaron por sugerir que los animales salvajes incursionaban en algunas ciudades abandonadas por sus ciudadanos en cuarentena. Se publicaron fotos pintorescas de África con elefantes y leones campeando por zonas urbanas.
Las escalas del horror caricaturesco, sin embargo, se fueron acrecentando a medida que el tema del confinamiento y las muertes pasaban a un segundo plano.
De tal modo, se hace toda una disquisición sobre súper ratas saliendo de sus madrigueras porque no hay tantos desechos de restaurantes donde solían alimentarse. ¿Será que se ensañarán con los confinados?
También, sin que viniera mucho al caso, se informa de unas avispas gigantes y crueles llamadas a descabezar las laboriosas abejas, algo así como otro anuncio del fin del frágil universo ecológico.
En algunas regiones del mundo, se ha descubierto que los visones son contagiosos, cuando ya nos parecía que los murciélagos habían superado las plagas de Nosferatu.
Estas no son historias de películas B de horror sino informaciones que figuran, de modo taimado, en la prensa más prestigiosa e influyente del mundo.
Cuando todavía no se conoce a ciencia cierta el rumbo y los caprichos finales del virus, desde un medio neoyorquino se publica extenso reportaje sobre lo que se pronostica como una activa temporada ciclónica en el sur de Estados Unidos. ¿Cómo se soluciona el asunto de los refugios, con distancia social, para las personas que viven en zonas de riesgo?, especula la periodista, quien desempeñó su carrera inicial en el sur de la Florida. El cuadro que reconstruye no resulta nada alentador.
Como si la rispidez política necesitara más gasolina, se han publicado estadísticas sobre la diferencia de la incidencia del virus en los estados rojos y los azules. A estos últimos, los demócratas, les toca las de perder porque viven en ciudades grandes y densas, mientras los republicanos se benefician de residir en zonas más rurales y abiertas.
“El coronavirus –reza el titular– es más letal donde viven los demócratas”. Faltaría investigar en qué zona de beneficio o prejuicio quedan los llamados independientes, en esta reflexión que bordea el surrealismo.
Recientemente recorre mi barrio de Westchester un pintoresco pickup, como de safari, donde un señor grande, de la raza negra, toca a la puerta para averiguar si en el traspatio he tenido alguna señal del infame y asqueroso caracol africano.
El panorama lo pintan gris, entre la fauna abyecta y la elucubración periodística. Ciertamente es hora de darle una oportunidad a la esperanza.
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