La gallardía de la nueva generación cubanoamericana
Las ceremonias de graduación se volvieron consustanciales a mi vida profesional y sentimental desde que, en 1992, recién arribado a Estados Unidos, comencé a trabajar en Miami Dade College.
Son días ciertamente gloriosos para las familias que concurren, de casi todos los lugares del mundo, y ven su sueño hecho realidad, en la gran nación que los acogió.
He llorado junto a esas personas durante los años y luego por mis dos hijos que se han diplomado en eventos similares llenos de emoción, en camino a mayores cotas en su educación universitaria.
La semana pasada, mi primer nieto, Carlos Alejandro Ríos, recibió su diploma de educación preuniversitaria, en una hermosa e ingeniosa ceremonia virtual del Doral Academy, para seguir estudios, también, en las aulas del Miami Dade College.
Qué radiante se le vio con su toga y birrete rojos, junto a la familia, en la sala de la casa, conectado online a la celebración, que la pandemia no pudo estropear.
A la espera de su turno, en las pantallas de las computadoras, una familia tras otra, casi todas de apellidos hispanos, saltaban de emoción y se aglomeraban felices en el cuadrado de la imagen para figurar en capítulos tan distinguidos de sus vidas junto a los graduados.
Mis hijos, uno nacido en el Hospital Naval, de La Habana y el otro en el Mercy, de Miami, son ciudadanos decentes y laboriosos que cualquier sociedad del mundo se disputaría.
Descienden de unos abuelos con similares o mejores virtudes. Por lo cual, mis primeros dos nietos anuncian, desde temprano, un compendio de todas esas bondades. Están conscientes del sacrificio que significó el haber nacido en un mundo mejor que el de sus antecesores. Orgullosos de ser americanos, enriquecidos con raíces brasileñas y cubanas.
Tal vez algún día sabrán que forman parte del mejoramiento de la cultura cubana en su más amplia acepción.
Miami es, sin duda, el sitio que convoca tanta magia. Por estos días, en los medios sociales, sin embargo, circulan opiniones y escritos que quieren utilizar revueltas sociales recientes, en Estados Unidos y en esta propia ciudad, para menoscabar, de soslayo, a la comunidad cubana.
Se convocan defectos casi enfermizos, como si fueran enumerados por Mariela Castro, una de nuestras más férreas enemigas.
Que el totalitarismo nos hizo mucho daño, que tanto la república como el castrismo son sonados fracasos sociales, que el fanatismo nos consume y el racismo nos desacredita.
Yo ando por Miami y camino por mi barrio de Westchester, eminentemente cubano, y observo cómo se trabaja, de sol a sol, de qué modo se cuidan a nuestros niños y ancianos y se acicalan las casas, donde viven, en una suerte de fraterna competencia urbana.
Por estos días hay carteles que anuncian: “En esta casa se honra a un graduado” y se observan esos rostros de futuro, emergiendo de los jardines, rodeados de flores, como el de mi nieto Carlitos.
Creo que Cuba triunfó, a tropezones, durante los pocos años de República que le fueron dados y luego ocurrió la caída libre provocada por los fracasos de la dictadura.
Sin Miami, no hay país, no me canso de repetirlo. No solo porque materialmente sostiene la magra economía de la isla, sino porque los cubanos de esta orilla han demostrado, con creces, la posibilidad del éxito económico y social, cuando operan en libertad.
Mi nieto Carlos Alejandro, con su gallardía y dulzura, su inteligencia y conocimiento de la realidad, su incondicional amor filial, su aproximación multicultural, su compromiso con la sociedad a la cual ya sirve educándose, hace pensar que la contemporaneidad de Miami no fue fundada en vano. Él y su generación encarnan el mejoramiento acendrado de Estados Unidos y de la cubanidad.
Twitter: @alejandroriostv. Correo: alejandrorios1952@gmail.com.
Esta historia fue publicada originalmente el 4 de junio de 2020, 3:44 p. m..