Las cosas que uno quiere hacer antes de morir
En Estados Unidos se usa una expresión The Bucket List para referirse a la lista de cosas que uno quiere hacer antes de morir.
El contundente término fue acuñado por el guionista Justin Zackham cuando lo utilizó como título de una película dirigida por Rob Reiner —con Jack Nicholson y Morgan Freeman en los papeles principales— en la que dos pacientes en estado terminal deciden escapar del hospital y emprender, mientras cumplen su “lista de cosas que hacer antes de morir”, la última aventura de sus vidas.
Después de su estreno en 2007, el término creado por Zackham se popularizó y de repente todo el mundo quiso tener su propia “lista”.
Algunos casi copiaban la de los protagonistas: visitar el Taj Mahal, la Gran Muralla China y las Pirámides de Giza. Otros, más realistas, solo querían ver la puesta del sol desde Mallory Square, en Cayo Hueso, o tomar un crucero por el Caribe.
La verdad es que esa “lista de cosas que hacer antes de morir”, por la implícita constatación de mi mortalidad, no me gustaba mucho. Pensar en la muerte no era lo mío.
Sin embargo, yo también tenía mi lista. Solo que en ella, a diferencia de la de Jack Nicholson y Morgan Freeman, no aparecía la parte que dice “antes de morir”. La mía era solo una lista de cosas por hacer. Y punto.
La había escrito a mano en un papel a rayas cuando cumplí 50 años. Más tarde, desde luego, la pasé a una computadora. Era una lista corta. Y como estaba concebida de una manera realista, las cosas por ver o hacer que había en ella eran pocas.
Los primeros lugares que incluí eran todos dentro del territorio americano: la Fuente de la Juventud, en San Agustín; las cataratas del Niágara; el Gran Cañón del Colorado y Nueva Inglaterra, para ver el cambio de las hojas en otoño.
Después, cuando pude, fui agregando lugares que siempre, desde niño, soñé visitar. Algunos descubiertos a través de los libros leídos: París, por Los tres mosqueteros de Alejandro Dumas; Londres, por La señora Dalloway de Virginia Woolf; y Dublín, por el Ulises de James Joyce.
Y otros, claro, por las películas vistas: Roma, por La dulce vida de Federico Fellini; Berlín, por Cabaret de Robert Fosse; y Viena, por El tercer hombre de Carol Reed.
La lista, primero, creció. Y después, mientras iba tachando sueños cumplidos —Machu Picchu, Monte Fuji, Stonehenge— comenzó a disminuir. Como también comenzaron a disminuir los años que me quedaban por vivir.
Cuando comprendí que la vida era demasiado corta y que había que vivirla plenitud, le cambié el título a la lista. Ya no me preocupaba la mortalidad. Así que solo le agregué la frase “antes de morir” para que fuese un verdadero Bucket List. Y me dije: no tengo tiempo que perder. Debo terminar todo lo que me falta por hacer. Y comencé un frenético periplo anual que me llevó, mientras planeaba otros viajes, de Moscú a Beijing y de Bangkok a Saigón.
Entonces llegó la pandemia con sus aterradoras cifras de contagios y de muertes, y todo cambió.
El mundo se detuvo; y nosotros también. Los países cerraron sus fronteras y la gente se encerró en las casas. Los aviones permanecieron en las pistas y los cruceros en sus puertos. Las ciudades quedaron desiertas y nuestras vidas en suspenso.
Ahora nuestras preocupaciones son otras. Después de todo, esta es una pandemia mortal que no ha podido ser controlada todavía.
Sin embargo, entre las mascarillas y el eufemístico distanciamiento social, todavía a veces pienso en mi lista de cosas por hacer antes de morir. Y me pregunto: ¿Podré concluirla?
Es probable que no. Me consuela pensar, eso sí, que me faltaron pocas cosas para completarla. Y lo mejor de todo: que ya no me importa referirme a ella como mi Bucket List.
Escritor cubano. Correo: manuelcdiaz@comcast.net.