Los enfermos mentales, antes y después del COVID-19
Como sabemos, las personas con desequilibrios mentales no son fáciles de tratar socialmente. Y si a esto le añadimos la peligrosidad de la pandemia actualmente, la situación se complica, sobre todo cuando jóvenes conflictivos están involucrados.
A fin de comprender mejor el problema, esquematizaremos la problemática en dos tiempos; antes y después del contagio.
Antes del contagio, adultos mayores de 30 años. Normalmente ocurre que personas de esta edad con desequilibrios emocionales, en su mayoría están medicadas. Y dependiendo de su estado, es común que reconozcan la magnitud de la pandemia y por lo tanto se cuiden de ella. Desde luego, pueden suceder los extremos; o se cuidan excesivamente de forma obsesiva al punto de no querer ver a nadie, o no se cuidan en absoluto, tal vez porque no comprenden el problema y su propio raciocinio no funciona adecuadamente. En estos casos la familia y amigos íntimos son vitales para controlar su conducta.
Antes del contagio, jóvenes menores de 30 años. Lamentablemente algunos jóvenes de hoy día consumen drogas y son promiscuos sexualmente. Desde luego, en los adolescentes con trastornos de conducta, la situación se torna peligrosa simplemente porque muchos no obedecen a sus padres y en su mundo ilusorio creen que deben siempre pasarla en grande sin consecuencias de ningún tipo, incluso de creen inmunes a la pandemia.
Cuando los padres insisten en darle sus medicamentos, algunas veces reaccionan con violencia y otras veces mienten al decir que los tomaron. En los casos más graves que involucran a menores de 18 años, los padres no encuentran otra opción que internarlos en una clínica de rehabilitación, siempre y cuando tengan los recursos para ello, ya que son sumamente costosas y difícilmente un seguro médico las cubra.
Lo más grave de este caso es que los jóvenes mayores de edad, si acaso están en tratamiento psiquiátrico, los padres no tienen acceso a él ya que son mayores de edad y el médico se niega a revelar la información. Evidentemente, aquí se impone que los padres soliciten la intervención de un juez para que ellos puedan tomar el control de las acciones de su hijo.
Estos casos son sumamente difíciles ya que esos jóvenes suelen tener infinidad de excusas, tales como: el vecino no se infectó, ¿por qué yo?, esto es solo una gripe pasajera, en las fiestas no se usan máscaras, etc. Y lo peor ocurre cuando estos jóvenes llevan una vida desordenada en la calle, duermen afuera y después regresan a la casa y contaminan a toda la familia.
Después del contagio, adultos mayores de 30 años. Una vez contagiados, estos adultos de 30 años y más, en la mayoría de los casos se aterrorizan, incluso alcanzan un grado máximo de tensión cuando son hospitalizados. Esta situación es realmente alarmante para muchos, incluyendo a los que no tienen desequilibrios mentales. Sucede que cuando se les prohíbe recibir visita de sus parientes en el hospital, entonces pueden llegar a desequilibrarse al no tener con quién compartir sus penas.
Y si se llega a estar conectado a un respirador, el tormento que se sufre es indescriptible, sobre todo si se padece una enfermedad mental. Aquí el temor ante la posibilidad de morir, golpea fuerte a todos.
Evidentemente, si la perturbación mental es muy elevada, el enfermo no se dá cuenta antes del contagio ni después tampoco, por eso en estos casos debe ser retenido en solitario para que no propague el virus.
Después del contagio, jóvenes menores de 30 años. Suele ocurrir en estos casos que algunos jóvenes no quieran permanecer en cuarentena ya que su enfermedad “no es nada y ya está pasando”. El panorama resulta difícil para sus padres ya que ellos insisten en no estar aislados en su habitación. En el mejor de los casos, quieren recibir visita de sus amigos. Como es una situación grave, donde toda la familia corre el riesgo de infectarse, ¿Cuál sería la solución?, ¿Acaso encerrarlos bajo llave por la fuerza? Esto es algo inhumano, pero echarlos a la calle es aún peor. Es un verdadero dilema y se debe tratar “con pinzas” porque un joven trastocado es impredecible.
En estudios que se han hecho y se siguen haciendo, se ha comprobado que determinar el grado de locura no es tarea fácil. Por ejemplo, en el caso de los desamparados, es difícil conocer si su estado se debe a drogadicción, alcoholismo, pobreza extrema o esquizofrenia. Pudiera ser todos a la vez, uno solo, o una combinación.
En cualquier caso, en EEUU por muchos años no han existido los manicomios públicos y creemos que ahora, más que nunca, se justifican. Los hospitales están abarrotados con enfermos del COVID-19, y allí están incluidos los cuerdos, los desequilibrados y los que pueden llegar a trastornarse.
Por años hemos insistido en la urgencia de crear manicomios públicos, y en este momento creemos que las personas con problemas emocionales merecen un trato más digno y especializado del que ahora tienen.
Economista y periodista. Twitter: @DeYURRE.