Memorias que nos unen en dos hechos cinematográficos
En la película “First Cow”, asistimos, como espectadores, al origen del mercado y del capitalismo en los primitivos Estados Unidos del año 1820.
El cocinero de una partida de cazadores de pieles, hacendoso y cortés, tropieza con cierto chino inmigrante fugitivo, quien ha debido matar al truhán ruso que le hizo una mala jugada. De estas vidas atípicas, surge la concordia entre quienes tienen aspiraciones de negocios respectivos en el futuro que ya se vislumbra.
Los nuevos amigos establecen residencia cerca del fuerte Tillicum, Oregón, en humilde cabaña, donde sueñan con fundar hoteles y restaurantes en San Francisco.
Una vaca ha llegado a la localidad porque el empresario más rico, de origen británico, quiere leche para su taza de té. Tanto el toro como el ternero, encaminados a crear un primer ganado, mueren durante el viaje.
El chef Cookie y King-Lu comienzan a robar leche de la mencionada vaca, en horas nocturnas, para elaborar unas frituras que venden en el mercado local, con mucho éxito.
De tal modo pintoresco se presentan los pasos iniciales de la sagrada oferta y demanda, al mismo tiempo que uno de sus presuntos deslices: el robo, luego perseguido con saña por el hombre rico y sus secuaces.
“First Cow”, fue realizada por Kelly Reichardt, directora independiente norteamericana, nacida en Miami. Su estética se debe al neorrealismo italiano, que no cesa de influir, y a una aproximación minimalista.
La película intriga y motiva en esa simple narrativa, al mismo tiempo que especula sobre algunas esencias de la formación de Estados Unidos: inmigrantes, personas temerarias, violencia, aspiraciones sin límites, libertad.
“First Cow” es parte del oeste, género caro al cine norteamericano, pero sin la épica ni la mística de sus grandes obras.
El progreso social que refiere de trasfondo nunca fue abrupto e irremediablemente frenado. Todas las crisis económicas, políticas o sociales, de la compleja nación, han alentado un crecimiento y movimiento hacia el futuro. Es la ecuación de los triunfadores.
En contraste con esta circunstancia, recientemente acabo de disfrutar los dos primeros capítulos de la serie “Si mal no recuerdo, la memoria que nos une”, que el cineasta Jorge Dalton está presentando en YouTube. De hecho, le he dedicado una emisión del programa que presento en TV Martí, “Pantalla Indiscreta”.
Haciendo uso de su notable conocimiento de la cultura cubana, así como de un archivo de imágenes excepcional, el director del extraordinario documental “Si me comprendieras”, explora en la nueva serie escenarios similares a los que presenta el aludido largometraje “First Cow”.
Vemos a nuestros antecesores tropezar y levantarse, tratando de hacer el país moderno. Estos capítulos, sobre todo, constituyen un canto a La Habana.
Por ejemplo, se muestra en noticieros cinematográficos, críticas por la escasez de agua en la capital de los años 20 del pasado siglo, cuando su población crecía exponencialmente, o cómo los estudiantes universitarios tomaban las calles protestando contra los desaciertos del gobierno en los años 50.
Estos primeros momentos de la serie dilucidan el tránsito insospechado de una Cuba en formación y luego en desarrollo, a otra donde se comenzaban a coartar los logros obvios de la República, bajo el ardid sospechoso de liquidar su corrupción, mediante la intervención popular de una llamada revolución.
Es importante disfrutar y analizar “la memoria que nos une”, pues puede ser la posibilidad de reencontrarnos con la Cuba que todos merecemos, aquella de perseverantes empresarios, profesionales y trabajadores que pavimentaron el camino para lidiar con sus propias ambiciones y con los reclamos y necesidades de la sociedad, como lo va hilvanando la serie.
Sesenta y tantos años después del experimento castrista que cerró las puertas a ese tránsito social natural, la poca agua que se distribuye en La Habana sigue utilizando la ingeniería republicana, los empresarios son la superstición cuentapropista, otro preso político acaba de morir en huelga de hambre, y los estudiantes parecen estar de acuerdo con la idea de que tanto las universidades como las calles son para los revolucionarios.
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