Cómo vamos venciendo el año de la peste | Opinión
Mi columna suele publicarse los fines de semana, así que es inevitable que coincida con los días postreros de esta larga jornada del miedo, que ahora parece anunciar el comienzo de su finitud, por la intervención relámpago de la ciencia.
De sobresalto en sobresalto muchos hemos tenido la suerte de sobrevivir, sin conocer, no obstante, lo que ocurrirá en la próxima hora, lo cual crea un estado de incertidumbre general sin parangón.
La vida que solemos planear meticulosamente en nuestra sociedad fue abruptamente interrumpida. Recuerdo que el desasosiego empezó para nosotros el 17 de marzo, cuando celebro mi cumpleaños.
Al principio se habló de cuarentena y luego la inactividad laboral de mi esposa se extendió por seis meses. El mal quiso que estuviéramos cientos de horas juntos, en casa, sin separarnos ni un minuto. El amor que nos profesamos desde hace 37 años triunfó, salió airoso de una prueba sin antecedentes.
Ella asumió su profesión en Miami Dade College online. Los inicios fueron complejos para poner a todos los componentes de acuerdo, pero enseguida el éxito de tal empeño comenzó a manifestarse. Las clases regresaban y los alumnos también.
De hecho, creo que todos nos vimos, de pronto, en pleno aprendizaje para no dejarnos derrotar por los imponderables. Fuimos discípulos de lo insospechado.
Buena parte de mis contribuciones televisivas empezaron a producirse en casa. Las hicimos entre los dos. Se compraron luces y micrófonos para mejorar los registros del iPhone.
El universo virtual, la tecnología, la erudición y el espíritu invencible de los americanos hicieron posible el milagro de existir y continuar.
La narrativa social me hacía recordar aquellas películas de catástrofes, que disfrutábamos distantes, sin involucrarnos, solo que ahora nos vimos como protagonistas.
La sabia Miriam Gómez, mi buena amiga y esposa de Guillermo Cabrera Infante, me ha dicho que, en esta circunstancia, el cine ha vuelto a ser la salvación, con lo cual coincido absolutamente y me pregunto, cómo pueden lidiar las personas que no disfrutan de una buena película o lectura, con este aislamiento mandatorio.
Entre las rarezas, está el no poder disfrutar del cine en su estado ideal, la sala oscura, generalmente en el Teatro Tower o el Coral Gables Art Cinema.
Pero el tiempo no se ha dilapidado y junto al estreno frecuente de las novedades del séptimo arte, mediante numerosas plataformas de streaming, que han hecho su agosto con el encierro, hemos repasado profundamente a los clásicos, suscribiéndonos al Criterion Channel —que a todos recomiendo—, suerte de paraíso para los cinéfilos de raza.
Los recursos que se empleaban para viajes y otros menesteres fueron desviados a beneficio del hogar. La lista de asuntos pendientes llegó a su añorada culminación, por el momento.
Los recuerdos de nuestro noviazgo se transmutaron, finalmente, en un álbum encantador de recortes donde he leído, algo abismado, una nota fechada en 1983: “En estos casos que el destino —ese mentiroso que nos juega malas pasadas—, nos acompaña durante un mes ¿qué decimos? ‘Felicidades’, ‘Gracias por tu belleza’, ‘Amanece sólo en tus ojos’ o ‘simplemente que te sigo amando’ ”.
Ahora me viene a la memoria, como nos parecía peculiar cuando los asiáticos se enmascaraban ante el asomo de un mínimo catarro o que la película “Contagio”, de 2011, dirigida por Steven Soderbergh, narraba un argumento poco menos que imposible, delirante.
El mundo frívolo y leve de las cosas innecesarias y excesivas, a mi entender, ha recibido un golpe mortal. Ya no daremos por sentado la felicidad, que siempre buscamos y resulta difícil de lograr. Será respetada como el don supremo de la humanidad.
La prensa corporativa suele referirse a las muertes y nunca a las recuperaciones, en una suerte de macabra ecuación que hemos logrado desintegrar con nuestra perseverancia y credibilidad.
El año 2020 ha sido una prueba dura que vamos venciendo, en contra de todos los pronósticos que no creen en la milenaria terquedad del género humano sobre la tierra.
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