No hay ‘healing’ (curación) a la vista en Estados Unidos | Opinión
La palabra de orden es “healing”, algo así como curación en español. Es la idea, muy americana, por cierto, que diciendo “I’m sorry” (Lo siento), el peor de los desagravios se puede enmendar. Pero ahora parece no proceder como antes. El mundo, y esta gran nación, han cambiado y se necesita algo más que semántica para cerrar la herida o fracturas que la dividen.
Los políticos piensan siempre atajar a los desafectos con regaños y palabrería. ¿Qué fue de aquella independencia, el “bravado” que caracteriza la historia de Estados Unidos? Bien, gracias, por el momento está “on hold”, a la espera de la otrora magia que se ha disipado y no parece regresar.
Allá en Cuba discutíamos en casa, con nuestros padres, asuntos que no se podían dirimir públicamente para evitar las represalias de la dictadura, siempre dispuesta a coartar la opinión contraria. La doble moral es consustancial al comunismo, una manera de supervivencia que se aprende desde la infancia: “Seremos como el Che”.
Aquí, ahora, hay sitios donde los americanos no se pueden expresar libremente, so pena de ser castigados, cancelados, como un modo de cierta nueva cultura. Y alcanza todos los estratos sociales en una suerte de narrativa delatora, chivata, espantosa.
A la poderosa Anna Wintour, anciana blanca de 71 años quien controla los destinos de la moda desde su frívola tribuna, la revista Vogue, la vienen atacando desde el año pasado, porque falta color racial en sus páginas.
Ahora la vuelven a imprecar porque una de las propuestas de portada de la publicación con la vicepresidenta electa, está desangelada, irrespetuosa. Las hordas de Twitter no cesan de menoscabarla, reclaman su retiro inmediato. La señora es una rémora del pasado.
Hay venganza, odio y, sobre todo, envidia cuando los improvisados y oportunistas se aprovechan para desacreditar, públicamente, la labor de una profesional, que no se desenvuelve en el lodazal político, aunque sabe hacerle el juego.
El Senador Schumer monta su atril en una calle de Nueva York para otra intervención política donde no suele elaborar sobre las necesidades de la célebre ciudad, y en medio de su comparecencia es interrumpido por una mujer otoñal, iracunda, de esas que deben lidiar con las inconsecuencias del transporte público, quien le canta “las cuarenta”, lo llama cobarde y racista. Le recuerda que Hitler era socialista y que la rebeldía pública iba a continuar. Un miembro de la seguridad trata de tocarla y le advierte que ni se atreva que ella está haciendo uso de su libertad de expresión. El conservador canal Fox retira del aire, presuroso, el incidente que luego sobrevive cuando alguien lo sube a YouTube.
Como si la hoguera social ya no tuviera bastante leña en un país devastado por la pandemia, al congresista James Clyburn se le ocurre proponer la canción “Lift Every Voice and Sing”, del año 1899, como un nuevo himno que ataña a la nación.
Valga la pena aclarar que en inglés se establece la diferencia de “anthem”, como himno nacional o de un grupo específico, mientras “hymn”, se utiliza más en ceremonias de tipo religiosas.
Esa sutileza permitió que en el pasado se trataran de introducir legalmente como himnos las canciones “God Bless America” y “America the Beautiful” pero no fueron aceptadas por los legisladores de entonces.
El representante Clyburn piensa que la idea servirá para restañar heridas, mientras al compositor Nolan Williams también le parece una alternativa apropiada porque, en su opinión, el himno nacional, “The Star-Spangled Banner”, contiene versos del llamado racismo sistémico.
Otros expertos e historiadores se manifiestan sobre el valor simbólico de tal propuesta, que no traerá más comida a la mesa de la población negra en desventaja económica.
Por el momento, no habrá curación en la gloriosa nación americana mientras los discursos y los intereses creados sustituyan el sentido común. Tampoco se siente que las aguas crecidas regresarán a la quietud del remanso, hoy más necesario que nunca.
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