Fui vacunado, pero no olvido a los amigos que no tuvieron la misma suerte| Opinión
Llego a la ventanita del Versailles, un lugar de intercambio y conversación legendario, también sometido a las restricciones del virus letal y antisocial. Son como las 11 a.m. del martes y estoy feliz por mi salud y por mi familia porque me acaban de administrar la primera dosis de la vacuna Pfizer BioNTech.
Allí Mari, Nina y Ramona, entre otras personas encantadoras, elaboran el mejor cortadito que yo haya podido degustar en cualquier lugar del mundo.
Le dejo saber a Ramona que me acabo de inmunizar, recibo su felicitación, de corazón, y se esmera preparando el cortadito con leche evaporada que en esta ocasión es una verdadera celebración. Entonces me dice en su fuero materno: “Cómete algo que te acabas de vacunar y necesitas estar alimentado”.
Le acepto la sugerencia y finalmente degusto el cortadito estelar con su correspondiente croqueta, suerte de acomodo culinario original de Miami.
La tecnología más sofisticada de Estados Unidos parece no involucrarse en buscar una solución nacional a una gestión quebrada, como si los dueños poderosos de Silicon Valley, eficientes en otros menesteres, fueran inmunes a la enfermedad.
Los numerosos sitios que se han abierto para administrar la vacuna (teléfonos y websites) a nivel estatal y local, no han encontrado el modo sencillo y humano para informar que tienes un lugar en la larga lista de espera.
Puedes estar frente a la pantalla de la computadora donde dicen “vacunas disponibles” y en los próximos 15 minutos otro texto descorazonador avisa: “vacunas agotadas”, “regrese con frecuencia al sitio”, lo cual resulta desesperante y absurdo.
Ni siquiera han descubierto la manera de avisar, con alguna anticipación, algo así como una alerta “Ambar”, la apertura de nuevos turnos para que te pongas en la imprevisible cola.
Los tuits de la alcaldesa condal dejando saber que a tal hora en el sitio oficial del gobierno se abren nuevas posibilidades, crean ansiedad y resultan improcedentes. Sobre todo, al pensar que numerosos ancianos acceden a los medios sociales como entretenimiento y comunicación familiar, pero no suelen ser lo suficientemente duchos para seguirle la pista a Twitter.
Yo fui dejando mi información personal en los pocos sitios que lo permiten y el pasado domingo, en la tarde, recibo una llamada que afortunadamente contesté, sospechando que fuera algún tipo de oferta comercial, y esta señora angelical de la organización Broward Health, me pregunta si todavía estoy interesado en ser inmunizado.
Le dije que sí, rápidamente, como para que no se arrepintiera, me propuso un turno el martes, elegí las 10 a.m. y, de tal modo, cerramos el acuerdo de manera rápida y eficiente. Por cierto, la atenta señora me proporcionó el turno de la segunda dosis, dentro de tres semanas.
Ya a las 8 a.m. había recorrido la distancia entre Miami y el Lockhart Park de Fort Lauderdale, donde fui recibido con cariño y suma organización. No tuve que esperar la hora pautada para mi turno, la atención fue expedita, y en minutos salvé el mínimo papeleo para finalmente ser vacunado.
Menos mal que la ubicua mascarilla ocultaba mi emoción y hasta la posibilidad de alguna que otra lágrima. Era como un premio a meses de esmerado cuidado, tanto de mi parte como de mi esposa.
En ese momento pensé en lo injusto de esta circunstancia. De los amigos queridos que no llegaron aquí. Sobre todo, del bondadoso Dr. José Soto, suerte de héroe personal para todos los que tuvimos la dicha de conocerlo, quien nunca abandonó la atención a sus pacientes necesitados en medio de la pandemia.
Repasé en segundos el modo en que se quebraron nuestras más caras ceremonias de amor y familia. Del tiempo físico y espiritual que nos sigue robando el virus. De la perniciosa división política que desgasta nuestras esperanzas, mientras el país y la ciudad donde el COVID se originó se encuentran totalmente recuperados y listos para rematarnos con la guerra económica, según atestiguan poderosos medios de prensa americanos.
La existencia de varias vacunas y la rapidez con que fueron elaboradas, —mérito de la anterior administración—, ya se considera un hito de la ciencia, que vuelve a sacar la cara por todos nosotros, cuando parecía que las soluciones eran lejanas e inseguras.
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