Los artículos de opinión brindan perspectivas independientes sobre temas clave de la comunidad, separados del trabajo de nuestros reporteros de redacción.

Opinión

Resonancias del premio Oscar | Opinión

En esta imagen proporcionada por ABC, Regina King llega a la 93a entrega de los Premios de la Academia el domingo 25 de abril de 2021. (ABC via AP)
En esta imagen proporcionada por ABC, Regina King llega a la 93a entrega de los Premios de la Academia el domingo 25 de abril de 2021. (ABC via AP) AP

Ya el premio Oscar fue entregado en una de las peores circunstancias que recuerdan sus 93 años de existencia, no solo porque las películas galardonadas no disfrutaron de la gran sala oscura, para la cual fueron producidas, sino que apenas formaron parte del interés público a la hora de transmitirlas, por streaming, a las pantallas domésticas, en medio de tantos meses de encerrona pandémica.

Los ratings televisivos del antiespectáculo ideado por el cineasta Steven Soderbergh, se hundieron como nunca, aunque los anuncios no disminuyeron sus tarifas millonarias.

No es para menos, ¿qué sentido tiene escuchar a distantes celebridades, sobrevivientes de la cuarentena, en mansiones que son universos apartes y protegidos, sin inmigrantes, con igualdad racial, en lo que el país se incendiaba?

¿Para qué desperdiciar el domingo, aburrido, en esta suerte de nightclub amurallado, erigido en antigua y fantasmagórica estación de trenes de Los Ángeles, sin música, ni buen humor, que fue el escenario principal de la ceremonia?

Lo peor sin embargo estaba por llegar, cuando casi todos los premiados y presentadores, hasta la actriz muda Marlee Matlin, comenzaron a pedir responsabilidad social, como la propia Regina King, enfundada en un vestido de Louis Vuitton, a precio de fortuna, y protagonizando en cada corte comercial, el anuncio de Cadillac, auto que no se caracteriza por ostentar virtudes ambientalistas.

King amenazó con cambiar sus zapatos de tacón, por botas de protesta popular, tanto le interesaban las conmociones sociales de la nación, aunque tuvo la honestidad de reconocer que muchos televidentes harían uso inmediato del control remoto para no seguir sufriendo la desfasada perorata de otro famoso hollywoodense.

En los años 30, cuando el país se recuperaba de la Gran Depresión, el director Busby Berkeley, supo que el espectador necesitaba escapar del agobio económico y se le ocurrió hacerlo soñar mediante una filmografía musical de fastuosas e insólitas coreografías.

Los nuevos dueños de Hollywood, sin embargo, cultivan una vertiente diferente, más bien sádica, y encima del sufrimiento padecido y que aún experimenta la nación, con un virus que no cree en lágrimas, siguen azuzando, públicamente, desde sus púlpitos impolutos e hipócritas, sobre el modo que debemos comportarnos para ser ciudadanos de bien.

Con la excepción de Tyler Perry, quien contribuye con su fortuna a necesidades educacionales y laborales de los necesitados, y fue el único en recordar a su madre que le aconsejaba no odiar, ni a la policía, el resto, tal vez dictado por cierto temor a ser cancelados, lo cual se ha vuelto un modo de vida, siguieron machucando a los televidentes con la realidad violenta del país.

Tan obnubiladas se encuentran las estrellas de Hollywood con sus agendas utilitarias, diseñadas para los grandes dividendos, que son incapaces de revisar la lista de las películas internacionales nominadas, donde figura un mundo estremecido por conflictos y dramas de gran intensidad, filmados sin afeites ni edulcoración, mediante irreprochables valores estéticos y mucha imaginación.

El alcoholismo en Dinamarca, la corrupción en Rumanía, como herencia ineludible del comunismo; la xenofobia que culmina en matanza, y la fuga del ciudadano amenazado de muerte en su país hacia la vieja Europa, transmutado en insólita obra de arte, así como el bullying criminal en las escuelas de una China violenta, de pandillas y diferencias clasistas, en medio del estricto régimen socialista, integran otros modos de crueldad que a veces hacen palidecer la repetición cansona de lo que ocurre en Estados Unidos, instigado por partidos y organizaciones políticas de signos antagónicos.

Es hora de parar las absurdas coletillas cuando se concede una distinción: Chloé Zhao es la segunda directora premiada por el Oscar, pero nada le agrega a su talento resaltar que es la primera “people of color” en obtener el premio, lo cual sigue conteniendo un sesgado tufo racista, de exclusión, que, paradójicamente, coincide con los jerarcas ideológicos de la China comunista, quienes prefieren no tener a Zhao como ciudadana ilustre, la alienan a su manera y evitan, de tal modo, los elogios a la artista por el modo libre en que se ha referido al exceso de mentira en su país de origen.

Siga a Alejandro Ríos en Twitter: @alejandroriostv. Correo: alejandrorios1952@gmail.com.

Artículos relacionados el Nuevo Herald
Reciba acceso digital ilimitado
#TuNoticiaLocal

Pruebe 1 mes por $1

RECLAME SU OFERTA