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La izquierda insiste en lavarnos el cerebro | Opinión

Es curioso, tengo amigos anticastristas viscerales, que sufrieron los atropellos del régimen en carne propia, sin embargo, cuando se manifiestan sobre los temas de su honorable país adoptivo, o sea Estados Unidos, se inclinan, absolutamente, a la izquierda. Se vuelven, incluso, entes intolerantes y hacen mofa, en los medios sociales, de quienes no comulgan con sus ideas.

Es como un defecto genético de la izquierda que ahora se expresa en su máximo esplendor. No es que critiquen al contrario y lo consideren ridículo y hasta demodé, sino que insisten en transformarlo, lavarle el cerebro a esa persona en las antípodas, para que rechace su modo de interpretar el mundo, por improcedente, y se incorpore, feliz, a las premisas socialistas.

Cierta vez la extraordinaria pintora y amiga Clara Morera, quien tiene muchos de los atributos que exige la izquierda para entrar en sus importantes y controlados circuitos de galerías y universidades: mujer, minoría étnica o sea cubana, así como cultivadora de temas religiosos, enraizados en la cultura popular, me reveló lo difícil que le había sido avanzar como artista, en Nueva York, donde residió muchos años, por ser una exiliada anticastrista.

No incurro en el error de considerar esta izquierda intelectual americana, como abiertamente militante del partido comunista, lo cual pudiera ocurrir en algunos casos.

El comunismo, tal cual, sigue siendo un espantapájaros, pero el llamado socialismo democrático ha visto renacer su falso glamour, para quienes no lo sufren en la vida cotidiana y, supuestamente, a estas alturas, sigue abriendo puertas luminosas a la esperanza de un mundo sin crueles explotadores.

Ahora mismo en una editorial tan importante como Simon & Schuster, que tiene su oficina central en Manhattan, ocurren rebeliones de empleados cada vez que se propone la publicación de algún libro, escrito por una celebridad política de tendencia conservadora. Son cartas con cientos de firmas donde piden, amenazantes, la prohibición del título en cuestión y lo peor es que tienen éxito.

La libertad de expresión es un sagrado concepto de la democracia que incluye las ideas y el pensamiento en discrepancia, pero nunca ha sido respetada por actitudes intolerantes o totalitarias.

Lo que sucede en Nueva York, con respecto a la acreditada editorial, no solamente es ridículo y oportunista sino peligroso, sobre todo cuando una somera revisión online para comprar el libro “Mi lucha”, de Adolfo Hitler, nos remite a las más variadas ofertas y precios, con envíos gratis.

Amazon, por su parte, tiene a disposición del lector libre varios títulos atribuidos a dictadores criminales como Stalin y Mussolini. El del “Duce” tiene un título ostensible y el precio es bien económico: “Mi autobiografía, con la doctrina política y social del fascismo”.

La propia editorial Simon & Schuster presenta una vistosa página dedicada al dictador Fidel Castro, a quien califica de controversial jefe de estado, a propósito de haber publicado su autobiografía oficial, escrita por Ignacio Ramonet.

En su prestigioso catálogo también figuran, entre otros, este título, presuntamente conspirativo y antiamericano: “The Plot to Overthrow Venezuela. How the US is Orchestrating a Coup for Oil”, con prólogo de un fanático de las dictaduras latinoamericanas, el director de cine Oliver Stone.

Pero la izquierda se desentiende de estos pormenores culturales y en la ciudad de Portland, por ejemplo, cada noche, los ejecutores de tan perversa ideología se siguen manifestando y destruyen lo que encuentran a su paso.

La señora Margaret Carter, con 85 años, fue la primera mujer de la raza negra elegida a un puesto en la Asamblea Legislativa de Oregón.

En la mañana suele recorrer las calles de la ciudad para chequear los daños. Las ventanas de la venerable Sociedad Histórica han sido destruidas por segunda vez. “No más historia”, se puede leer en una de sus paredes. De igual modo hicieron añicos los cristales de la oficina del Partido Demócrata local y del Club de Niños y de Niñas, de su propio barrio, que ella había ayudado a fundar.

“Portland fue una ciudad bella” ha dicho la anciana. “Ahora caminas por los alrededores y ves todo este grafiti y los edificios cubiertos de paneles de madera. Hasta me enfermo del estómago. Y me pone furiosa”.

La sociedad americana te da la posibilidad de ser independiente, apolítico y hasta indiferente, pero los nidos de ametralladoras de la izquierda están siendo un peligro difícil de evadir en sus emplazamientos estratégicos, hasta con los más diestros francotiradores.

Siga a Alejandro Ríos en Twitter: @alejandroriostv. Correo: alejandrorios1952@gmail.com.

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