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Opinión

ANDRÉS REYNALDO: La ética Kcho


Obra de Kcho entregada al Papa. Como pintor oficialista, Kcho elige la temática de los inmigrantes africanos, desviando así la atención de los balseros cubanos.
Obra de Kcho entregada al Papa. Como pintor oficialista, Kcho elige la temática de los inmigrantes africanos, desviando así la atención de los balseros cubanos.

Hay pintores que ilustran una época. La historia es su paleta. Pensemos en Goya, Delacroix, los exuberantes muralistas mexicanos. Su verdad quizás no es toda la verdad. Pero no cabe duda de la congruencia entre sus obras, su realidad y sus ideas. Su ética es su estética.

El cubano Alexis Leyva Machado, conocido por Kcho, encarna un opuesto fenómeno: el del creador que falsifica la realidad para encubrir una regresión moral. Como piezas de reciente escándalo tenemos el cuadro y la escultura suyas regaladas por Raúl Castro al papa Francisco en mayo y septiembre en respectivos encuentros en Roma y La Habana. La tragedia de los balseros es representada por Kcho para privar a sus víctimas no ya de su verdad sino también de sus hechos.

El cuadro muestra cinco o seis embarcaciones rústicas apiladas en cruz. Un sol sangrante tiñe el mar. Otras barcas navegan hacia un estrecho horizonte. De rodillas, un hombre eleva su plegaria. Para Kcho, este es el drama de los inmigrantes africanos que cruzan las 70 millas entre la costa de Túnez y la siciliana Isla de Lampedusa. A su vez, la escultura trae a Cristo clavado en una cruz hecha de remos. Sospecho que en la descripción de la obra ofrecida por Raúl y Kcho al Papa no figuró la palabra “libertad”.

En ambas ocasiones, el Papa se esfuerza por entender la escabrosa dicción de Kcho. Me pregunto si habrá entendido lo que Kcho, Raúl y el cardenal Ortega no le dijeron. Este performance à trois es de una escalofriante audacia conceptual. Imaginemos que el mismo Goya, la intelectualidad, la Iglesia y el público españoles de 1814 hubieran afirmado que Los fusilamientos del 3 de mayo de 1808 representaba el loable esfuerzo de los ocupantes franceses por mantener el orden ciudadano y no la masacre de los madrileños sublevados contra Napoleón.

Kcho es un exponente paradigmático de la sumisión de los intelectuales y artistas a una dictadura que parece no tener fondo. Agotadas las posibilidades de la propaganda totalitaria, el pueblo ya inmune a las consignas, se le pide a la inteligencia un acto de prestidigitación: insistir en que los hechos indican precisamente lo contrario. Así, los patentes signos de la sucesión dinástica deben apoyar la tesis de que no habrá sucesión dinástica. Así, la concentración de la economía en manos de la familia de Raúl (en una proporción sin precedente en las Américas) debe interpretarse como una apertura económica para todos los cubanos. Así, los márgenes que la censura cede a una banal y al cabo cómplice autonomía creativa se celebran como márgenes de tolerancia.

Temerosa de su descrédito, con unos índices que la sitúan hoy por debajo de Haití y mañana apenas por encima de Corea del Norte, a punto de instalarse en un capitalismo excluyente y militarizado, a la dictadura ya no le sirve el creador incondicional que convoca al sacrificio y la obediencia. Esta es la hora de los eunucos disfrazados de enfant terrible. La doblez que la censura impone al creador se traduce finalmente en doblez semántica.

La tensión entre obra, realidad e ideas de estos intelectuales y artistas en la isla acaba por ser devastadora. Lo vemos en Kcho, los cineastas, los novelistas, los poetas. Arte de vagos y pérfidos. La factura es precipitada. El gesto trata de enmendar las chapucerías del oficio. La mentira que permite gozar, si no del aplauso, al menos del pasaporte de la dictadura, nos ofende a mitad de página, descompone el cuadro y hasta nos duerme en el cine. Por mucho que disimules, tu ética siempre será tu estética.

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Esta historia fue publicada originalmente el 8 de octubre de 2015, 2:46 p. m. with the headline "ANDRÉS REYNALDO: La ética Kcho."

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