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Opinión

ROBERTO CASÍN: Qué tal si los ayudamos

El presidente Barack Obama se dirige a la nación desde la Oficina Oval, en Washington, el domingo 6 de diciembre. Obama reiteró su estrategia para combatir al Estado Islámico.
El presidente Barack Obama se dirige a la nación desde la Oficina Oval, en Washington, el domingo 6 de diciembre. Obama reiteró su estrategia para combatir al Estado Islámico. AP

Cielo santo. Como me aburre repetirme. Pero de verdad que tenemos un Presidente que me motiva. Barack Obama estuvo cuatro días calibrando el discurso antes de aparecer en cámara admitiendo que los catorce muertos en San Bernardino habían sido víctimas de un ataque terrorista. Aunque nos masacren, al señor le cuesta levantar el dedo y llamar por su nombre a los extremistas islámicos. El contraste es notorio con su par francés, François Hollande, quien tras la matanza cometida por miembros del Estado Islámico (EI) el mes pasado en París, de inmediato dio la cara al público, calificó el hecho de “acto de guerra”, y afirmó que Francia “no tendrá piedad con los bárbaros”.

Apenas una semana antes de lo de San Bernardino, Barack Obama había asegurado a los estadounidenses que todo estaba bajo control, a tono con su acostumbrada monserga de que no hay que exagerar los “riesgos” que corremos, aun cuando el EI ha vaticinado un ataque directo a Washington. Desde hace meses al presidente se le acusa de estar subestimando la amenaza de los islamistas por razones políticas. Así que en su discurso del pasado domingo ante una nación cada vez más horrorizada, salió dispuesto a convencerla de que él se toma muy seriamente el terrorismo.

Según el Presidente, los terroristas están perdiendo la batalla. ¿Cuál es su genial estrategia? Cocinarlos entre tres fuegos, con el concurso de bombardeos, el ocasional empleo de puñados de fuerzas especiales, y la participación de ejércitos locales, que “luchan por recuperar el control de sus propios países”. Los resultados hasta ahora no pueden ser más decepcionantes. Y hasta contraproducentes, porque a falta de una política más vigorosa saltan a la palestra los que se pasan de duros. Como los que ahora abogan por cerrar las puertas de EEUU a todos los musulmanes, que en su mayoría son tan víctimas de sus fundamentalistas como nosotros. Mucho cuidado, que ya la nación cometió errores similares en el pasado de los que ha tenido que avergonzarse.

Obama alega que los yihadistas son una insignificante minoría dentro del mundo islámico, aun cuando hayan reclutado a decenas de miles de combatientes en Siria, Libia e Irak y a incalculables fanáticos en todo el mundo dispuestos a inmolarse, matándonos. El Presidente no los considera un temible adversario ideológico. Aunque lo de París y San Bernardino hayan sido otros dos trágicos aldabonazos que corroboran que el enemigo no sólo aspira a ocupar un amplio territorio para su califato en Oriente Medio, sino que también pretende destruirnos como sociedad, exhibiéndose sin tapujos: somos unos salvajes y os vamos a exterminar. Sin embargo, Obama rehúsa incluso tildarlos de musulmanes radicales. ¿Por qué? La explicación la dio el otro día la ex secretaria de Estado, Hillary Clinton, y resulta ridícula. Calificarlos de ese modo —dijo—, sería dar validez al conflicto entre civilizaciones Islam-Cristianismo proclamado por los propios terroristas. Las cosas que hay que oír, y padecer.

Lo cierto es que en su devoto frenesí, los terroristas islámicos, para quienes política y religión son la misma cosa, dicen inspirarse en textos proféticos, según los cuales alcanzarán la gloria en una batalla apocalíptica contra los infieles tras la entrada de los ejércitos occidentales en la región. Nada, que se consideran orgullosamente predestinados al martirologio. De manera que, siendo usted señor Presidente tan comprensivo, fraterno y respetuoso de las religiones, debería complacerlos, acelerándoles el trámite.

Esta historia fue publicada originalmente el 11 de diciembre de 2015, 1:00 p. m. with the headline "ROBERTO CASÍN: Qué tal si los ayudamos."

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