ROBERTO CASÍN: Mucho para un cartucho
Acabo de instalarme en la ciudad por esos giros del destino que inesperadamente le tuercen a uno el camino, y de repente me hallo de regreso en el punto de partida. Hace apenas tres años que escapé del estrés, la inseguridad, la irritabilidad y las alimañas bípedas que abundan en la Capital del Sol. Y para mi propia sorpresa, ocurrió lo imprevisto: estoy de vuelta, maleta en mano, la atención alerta como chofer de autopista y la cabeza hundida entre los hombros como fugitivo en plan de readaptación. Porque como supondrán, luego de pasarme todo ese tiempo en la quietud de los bosques, lejos del Palmetto y lo que le cuelga, acomodarse de nuevo al escándalo y las tensiones de la vida urbana no es cosa de reír y cantar.
Intrigado por la noticia de mi retorno, Manolo, un viejo amigo de la infancia, corrió a telefonearme. “¡Habla! —me dijo. Y en tono de quien espera oír lo peor inquirió—: ¿Cómo la ves… a Miami?”. Los titulares del diario que aún tenía delante me ayudaron. De modo que para responderle me limité a leer, salvándome de la pedantería de menospreciar la ciudad que hace un cuarto de siglo me abrió las puertas del país —también de una nueva vida— , y en la que residí durante más de veinte años: Un muerto y dos heridos durante un robo a una vivienda. Hay que ver, le dije. Las cosas que dice el periódico. Tres personas que vestían suéteres con capuchas tocaron la puerta del domicilio y, una vez que les abrieron la entrada, ingresaron a la fuerza en el inmueble. Bueno, son sucesos habituales en toda ciudad —añadí con un dejo de tolerancia, pero remarqué—: aunque en los últimos años se han hecho mucho más frecuentes. Y seguí leyendo… Matan a hombre en pelea por puesto de estacionamiento. Entonces hice una pausa deliberada, en espera de algún comentario de mi amigo, pero el diálogo cambió de rumbo.
Ciertamente, en los últimos tres años ha habido transformaciones. Nada es estático en este mundo. Mucho menos en Miami. Y aparte de más peajes en las autopistas (no hay que ser forastero para darse cuenta de que se les va la mano), he notado que en las obras de construcción a lo largo de la 826 mantienen izados de noche y los fines de semana los equipos más caros, como medida antirrobos. El otro día, en un tramo relativamente corto, conté varias grúas con su carga en lo alto para dificultar el trabajo a los ladrones. Lástima que ese precavido celo no sea equivalente al que suelen mostrar las autoridades con el erario público.
También hay ahora más tráfico, y es lógico, si se tiene en cuenta que la población se ha multiplicado. Con la proliferación de habitantes, han ido en aumento el bullicio, la prisa y la descortesía. Son más comunes los bocinazos de choferes impacientes e intrépidos, que ante el menor titubeo te agreden el tímpano en los semáforos, y te embisten en las esquinas, impetuosos y desentendidos, con premura de apagafuegos. En los establecimientos comerciales la historia es parecida, según me cuenta la cajera de un supermercado, Rosalinda, que manipula a diario cientos de códigos de barra por la caja registradora. “Es mucho para un cartucho”, así se queja de la agitada vida que lleva, padeciendo las brusquedades de una mal educada clientela. Por lo que no le queda tiempo ni mente, me dice, para estar al tanto de la actualidad política del país. Lo suyo es ahorrar para encaminar en la universidad a su hijo y hacerse un implante de senos. Lo demás le importa un pepino.
Periodista cubano.
Esta historia fue publicada originalmente el 5 de febrero de 2016, 11:27 a. m. with the headline "ROBERTO CASÍN: Mucho para un cartucho."