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Los antivacunas se hacen pasar por víctimas y usan un símbolo profundamente ofensivo | Opinión

Un manifestante antivacunas en Nueva York lleva un parche parecido a la estrella de David que los nazis obligaron a llevar a los judíos a partir de 1939.
Un manifestante antivacunas en Nueva York lleva un parche parecido a la estrella de David que los nazis obligaron a llevar a los judíos a partir de 1939. Getty Images

Vienen los nazis.

Eso, hasta un punto preocupante, es el núcleo del argumento que esgrimen algunos de los que se niegan a obedecer los mandatos de vacunación. El 14 de noviembre, un grupo de ellos incluso se presentó en la oficina en el Bronx del asambleísta del estado de Nueva York, Jeffrey Dinowitz, con Estrellas de David amarillas pegadas a su ropa.

Para quienes no lo sepan: A partir de 1939, los nazis exigieron a los judíos que llevaran esas estrellas con la palabra “judío” escrita en el interior sobre su ropa para facilitar su identificación. Cualquier judío que no lo hiciera se arriesgaba a ser encarcelado o ejecutado.

Por ello, resulta ser molesto ver cómo surgen Estrellas de David como símbolo de la resistencia al mandato de las vacunas. Pero parece estar ocurriendo en todas partes, desde la oficina de Dinowitz hasta una tienda de sombreros en Nashville, pasando por la sede estatal republicana de Oklahoma en Tulsa, una sala de audiencias en Topeka y el gimnasio de una iglesia cerca de Tacoma, Washington. Allí, el legislador estatal Jim Walsh explicó su decisión de llevar la estrella de esta manera: “Es un eco de la historia. En el contexto actual, todos somos judíos”.

No, seguro que no lo somos. Lo que somos es una nación en la que algunos han perdido la cabeza, por no hablar de su capacidad para ofrecer reverencia y respeto. Hay 6 millones de razones bastante obvias por las que el uso de la Estrella de David es repugnante; de hecho, un acto de asombrosa idiotez moral. Es difícil siquiera imaginar el narcisismo asfixiante que se necesita para resistirse a vacunarse evocando una época que vio cómo se asesinaba a una población del tamaño del área metropolitana de Atlanta.

Y aquí está la paradoja. Por un lado, estas personas —la mayoría de las cuales, podemos suponer sin temor a equivocarnos, se llaman a sí mismas conservadoras— van por ahí comparándose con las víctimas de la opresión nazi. Por otro lado, vemos que cada vez más gente que también se llama a sí misma conservadora— adopta tácticas que recuerdan a... esperen... la opresión nazi.

Como en el caso de los dos miembros del consejo escolar en el Condado Spotsylvania, Virginia, que se pronunciaron a favor de quemar —no prohibir, sino quemar— libros. Al igual que hicieron los nazis cuando consignaron a Helen Keller, Albert Einstein, Ernest Hemingway y otros pensadores “no alemanes” a las hogueras públicas.

O considera la declaración del exasesor de seguridad nacional Michael Flynn de que Estados Unidos debe tener solo “una religión bajo Dios”. Lo cual está en consonancia con los nazis que buscaban, por medio de la ley, las armas y el gas Zyklon B, eliminar una religión desfavorecida de la faz de la Tierra.

También está el caso de Franklin Sechriest, un estudiante de 18 años de la Universidad Estatal de Texas, quien fue arrestado por haber prendido fuego a una sinagoga en Austin. Fue atrapado 83 años después, casi coincidiendo en el día, después de que los nazis quemaran, saquearan y robaran sinagogas en toda Alemania en una oleada de crueldad llamada Kristallnacht.

Y todo eso fue en la última semana, más o menos. El mes pasado, el American Jewish Committee divulgó un estudio aleccionador. Encontró que el antisemitismo está en aumento, uno de cada cuatro judíos estadounidenses reportan incidentes antisemitas, cuatro de cada 10 dicen que el miedo les ha hecho cambiar su comportamiento.

¿Ahora hay gente desfilando con estrellas amarillas para mostrar que son víctimas? En realidad, están jugando al victimismo, utilizando su iconografía con la esperanza de que los demás sientan la misma pena que sienten por ellos mismos.

Imagina ser un sobreviviente del Holocausto —o el hijo de uno— y ver ese horror trivializado de esta manera. El desprecio es la única respuesta adecuada. Estos llorones obsesionados consigo mismos están apropiándose de un dolor que no les pertenece.

Y causando un nuevo dolor a su paso.

Columnista del Miami Herald.

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