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70 años de Naciones Unidas

La mayoría de los actuales habitantes del mundo nacimos cuando ya las Naciones Unidas era una institución establecida que, pocos años después, se instaló en su sede actual de la ciudad de Nueva York. Una donación de 8.5 millones de dólares de John D. Rockefeller Jr. permitió la compra de unos terrenos que limitan con la 1ª. Avenida, el río del Este, y, a norte y sur, con las calles 48 y 42 respectivamente. Aunque forma parte del paisaje neoyorquino desde hace casi siete décadas, el complejo de edificios de la ONU y el espacio sobre el que se alza disfrutan de extraterritorialidad: administración autónoma dentro de Estados Unidos, incluso con su propia emisión de sellos de correos.

A lo largo de estos años, la organización internacional no ha hecho más que crecer: en número de miembros (que casi ha cuadruplicado los 51 que la fundaron), en agencias, en atribuciones y en presupuesto desde luego. Para muchos, sobre todo en Estados Unidos, la ONU se reduce a una vasta burocracia cuyo nivel de eficiencia no justifica el cuantioso costo de sus operaciones —las cuales recaen, en gran medida, sobre los contribuyentes norteamericanos, ya que este país encabeza la lista de los donantes que la sostienen. Los que defienden su existencia hacen inmensas listas de sus intervenciones para evitar o dirimir conflictos, en el socorro frente a desastres naturales y enfermedades, en la lucha contra flagelos sociales, como pueden ser el abuso infantil, la violencia de género o la trata de personas. Los argumentos a favor y en contra pueden ser tan extensos como el número de sus partidarios.

Al igual que en tantos otros asuntos, la verdad, me parece a mí, se encuentra a medio camino entre los argumentos de defensores y detractores de esta entidad supranacional que no parece cumplir plenamente las expectativas de sus fundadores, pero que, al mismo tiempo, satisface las crecientes necesidades de una comunidad internacional cada vez más interdependiente y de un mundo que se torna más globalizado. La ONU no es un gobierno mundial ni lo pretende, sino más bien un foro de debate y conciliación de todos los estados que la integran y, si bien por culpa de las limitaciones y mala fe de sus propios integrantes, no ha tenido más éxito en impedir guerras, afianzar paces, aliviar hambrunas y frenar epidemias, o en imponer, por ejemplo, un mayor respeto a los derechos humanos entre sus miembros, tampoco puede anotársele un rotundo fracaso en ninguno de estos frentes. Tal vez podría esperarse, y hasta exigirse, un mayor ajuste entre sus logros y sus gastos, pero la alternativa de su desaparición no creo que se le ocurra a ningún gobierno ni que esté seriamente en la agenda de nadie, ni siquiera de sus mayores críticos.

Setenta años después de que la institución entrara en funciones, su existencia, por precaria que pueda parecer, se justifica, y tanto como para no poder imaginar nuestro mundo sin ella, sin esa plataforma donde las naciones acuden a ventilar sus crisis, sus denuncias y muchos de sus diferendos. Nuestro hábitat planetario sería mucho más pobre y peligroso sin esta mediación, y para ello bastaría que nos acordáramos de la tragedia de la segunda guerra mundial —catástrofe que sucedió al fracaso de la Sociedad de las Naciones— y cuyas ruinas y pavorosa mortandad sirvieron de acicate para la creación de este nuevo instrumento de discusión y entendimiento entre países.

Un día como hoy, de 1945, se estrenaba la Organización de Naciones Unidas como fruto esperanzador de una civilización devastada. Débil, limitada y a veces torpe ha sido su actuación a lo largo de este tiempo, pero aun así ha valido la pena.

©Echerri 2015

Esta historia fue publicada originalmente el 23 de octubre de 2015, 1:46 p. m. with the headline "70 años de Naciones Unidas."

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