Matanza en el aeropuerto pudo evitarse con mejor control de la tenencia de armas
Un yogur griego de melocotón de 5.3 onzas. Esa fue la causa. ¡Un yogur!
Me pararon en el puesto de control del Aeropuerto de Fort Lauderdale por llevarlo en el equipaje de mano. ¡Decomisado! A dejar un ojo de la cara en las tiendas de la terminal. Día a día, en todo el país, a los pasajeros nos confiscan champú, pasta de dientes, botellas de agua. Nos obligan a quitarnos desde el cinturón hasta los zapatos. Y nos miran al desnudo con detectores de seguridad.
El rígido sistema de vigilancia, imperioso sí, distorsionó las coordenadas primordiales de nuestra cultura. Viajar en avión dejó de ser un placer por el ajetreo de los aeropuertos.
Aun así, viajamos porque entre las fuentes que alimentan el caudal simbólico de la experiencia humana, el viaje es una de las más poderosas y persistentes. La aventura es necesidad.
Ese anhelo de traspasar fronteras, de explorar lo inédito con la promesa de volver a renacer, bullía el viernes 6 de enero en la sala de reclamo de equipaje del Aeropuerto de Fort Lauderdale. Una de las maletas contenía un arma de fuego transportada legalmente. ¡Armas sí; yogurts no! Su dueño, un ex soldado con dolencias de salud mental, entró al baño, la cargó y regresó para disparar sobre los turistas a mansalva.
La tormenta de balas acabó con la vida de cinco personas y dejó a otras seis heridas. La mayoría venía a disfrutar las bendiciones que solo un crucero por los idílicos paisajes del Caribe sabe prodigar. Se aprestaban a celebrar aniversarios nupciales o a ver a sus adorados nietos en las vacaciones en familia. Sus gozos desembocaron en funerales. Otro tiroteo aleatorio e irracional estremeció a la nación, esta vez en nuestro patio, un lugar en el que muchos hemos estado.
Dos meses antes, Esteban Santiago, el acusado de 26 años, se presentó delirante en una oficina del FBI en Alaska: el gobierno norteamericano, alegó, estaba interviniendo su mente, forzándolo a ver videos de reclutamiento del Estado Islámico. Llevaba un cargador en su bolsillo y una pistola en su automóvil; ambos fueron confiscados.
Expulsado el año pasado de las filas de la Guardia Nacional de Alaska por mal desempeño y acusado de violencia doméstica, el veterano de la Guerra de Irak fue hospitalizado y, días después, dado de alta sin medicamentos ni terapia posterior. Las autoridades le devolvieron el revólver y no lo anotaron en la lista de exclusión aérea, pese a los síntomas de paranoia.
La tragedia ilustra los vacíos legales en las regulaciones sobre control de armas que permiten a individuos con retos de salud mental acceder a un arma mortal. En Florida, la Legislatura promulgó una ley en 2013 que prohíbe la compra de armas a pacientes que voluntariamente optan por recibir tratamiento. Si bien Santiago buscó ayuda, ese estatuto no hubiera detenido sus macabros planes, pues la legislación no aplica a armas en posesión previa.
En manos apropiadas, las armas disuaden el crimen y salvan vidas. Sin embargo, no es fácil equilibrar el derecho constitucional y los controles precisados para evitar que terminen en manos de gente desquiciada como Santiago y sucumban más almas.
Existe un consenso, empero, sobre la urgencia de fortalecer las leyes para atacar la intersección entre la compra y el uso legal de armas y los enfermos mentales. Se requieren medios más efectivos para compartir información de pacientes sin infringir su privacidad ni establecer una generalización de que las personas con dolencias de mente son violentas. Durante largo tiempo en Estados Unidos la salud mental ha permanecido velada por una cortina de estigma y discriminación. ¡Ya no más!
Nada indica que Santiago violó la normativa sobre tenencia de armas. Pero todo apunta a señales de alarma que debieron impedir la masacre en el aeropuerto. He ahí una razón clara por la cual los gobiernos deben proteger a enfermos mentales de las armas –y a viajeros felices de la hora suprema.
Escritor venezolano, periodista, biógrafo, ensayista y cronista.
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Esta historia fue publicada originalmente el 14 de enero de 2017, 6:43 a. m..