Daniel Shoer Roth

DANIEL SHOER ROTH: Revive la fe en la humanidad

En el reino de la indiferencia, el diferente es el rey.

¡Es él! Nadó contra la corriente de la apatía y se entregó a un bien mayor. ¡Es ella! Estrechó una mano al invidente y lo ayudó a cruzar la avenida. ¡Es él! Dejó limpio el baño para el próximo usuario. ¡Es ella! Preguntó al mesero por su estado de ánimo antes de indagar sobre el menú. ¡Es él! Cedió su puesto a la mujer con un coche y un bebé. ¡Es ella! Se ofreció como voluntaria y despertó sonrisas en sus semejantes.

¡Es él! William Ramírez.

Mientras la mayoría de nosotros sale ahuyentada por el estridente tronar de una balacera, sin siquiera mirar atrás a las posibles víctimas, hace unos días, Ramírez invirtió el rumbo. Fue hacia lo alto, hacia la vida, hacia el Creador.

Había amanecido con la gracia de la bondad, esa chispa divina, patrimonio común de la humanidad. Iba, con sus callosas manos, a satisfacer a los afortunados propietarios de botes en un puerto deportivo de Miami Beach, del cual es obrero. Seguramente pensaba en la superación, el combustible de los inmigrantes anhelosos del Sueño Americano. Por delante, tenía un nuevo día –un día como cualquier otro que nos invita a marcar una diferencia.

Una faceta distinta del ser humano, esta tenebrosa, se develaba muy cerca.

Intoxicado por la ira, un chofer de taxi disparaba con un fusil automático a un agente de la Policía de Miami tumbado sobre el pavimento. El novato funcionario de seguridad pública había respondido a una denuncia de vandalismo presentada por una empresa de taxis. Al parecer, el daño a la flota lo había cometido el conductor armado, en represalia a una colisión vehicular el día anterior.

Percatado del violento ataque, Ramírez obedeció los dictámenes de su conciencia. Viró el volante de su furgoneta, para acudir raudamente al rescate de una vida desconocida, arriesgando su propia vida.

Cada vez que disparaba, el asaltante minaba la fe en la civilización. Hacía trizas la facultad del diálogo. Teñía de oscuridad el candor del alma. No obstante, cada vez que giraban las llantas del Dodge Caravan, su conductor restauraba la humanidad que el otro socavaba. Encendía la luz natural de la razón. Despintaba el ennegrecimiento del corazón.

Armado con la gallardía de su gentileza, con el escudo de las cosas simples que mucho valen, interpuso la camioneta, aún en movimiento, entre el malhechor y Rosny Obas. En el umbral de la muerte, abrió la puerta del pasajero. “Súbete a mi carro”, le urgió. El policía se encaramó y se refugió entre los equipos de reparación y mantenimiento de embarcaciones. Como un unicornio alado sin ruta dispuesta, el Dodge escapó del silbido de los proyectiles. “No pares, no pares, que nos van a matar”, gritó el tembloroso uniformado.

“Cuando me dice ‘tú me salvaste la vida’ delante de todos los agentes –relató posteriormente el inmigrante colombiano a Univisión– todos los agentes me felicitaron: ‘tú eres un héroe’”.

En un santiamén, Ramírez quebrantó el yugo de las cadenas de la frialdad de esta soleada ciudad. Y no obró solo, según el jefe de la Policía municipal, Rodolfo Llanes. “Creo que Dios intervino para salvar a nuestro agente –declaró–. A fin de cuentas, Dios puso a este hombre allí para ayudarlo”.

Ciertamente, la vida nos emplaza en situaciones, geografías y tiempos. Pero es uno mismo el dueño de la última palabra. ¿Tomamos venganza contra el vecino que nos rayó el automóvil o vivimos pacíficamente con el desgaste del color? ¿Alimentamos el odio a un colectivo de personas que aparenta ser diferente o le extendemos una rama de olivo? ¿Permitimos al aparcacoches devolver primero el vehículo de la octogenaria aunque llegamos antes? ¿Damos de comer a los gatos callejeros o echamos a la basura las latitas llenas que los amantes de las mascotas abren en la vereda de nuestro edificio? ¿Nos exponemos al peligro para defender a una persona que ha jurado defendernos?

“¿Cómo no iba a ayudarlo?”, confesó el héroe miamense, haciendo gala de la Regla de Oro. “La policía trabaja para protegernos”. Entretanto, el fracasado villano se marchó en la patrulla y continuó dejando una estela de crueldad, al disparar sin distinción contra una indefensa multitud y herir a otro conductor.

En estos días de frivolidad en el reino de la indiferencia, cuando la riqueza de las ideas se diluye dentro de un reducido grupo de caracteres alfanuméricos precedido por el símbolo #, no vendría mal incentivar la pasión por el bien común con una nueva etiqueta: #YoTambienSoyWilliam.

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