Daniel Shoer Roth

DANIEL SHOER ROTH: Llevar la Patria en el corazón

Yusnaiberth Rivero De Detraux posa entre sus compatriotas el 9 de mayo arribando a Washington D.C. como parte de la delegación del Trip for Freedom. ‘En ese viaje muchos Venezolanos descubrimos lo que es el poder de la energía’, narra.
Yusnaiberth Rivero De Detraux posa entre sus compatriotas el 9 de mayo arribando a Washington D.C. como parte de la delegación del Trip for Freedom. ‘En ese viaje muchos Venezolanos descubrimos lo que es el poder de la energía’, narra. Cortesía

En la armonía del vientre materno, germinan las raíces que nos adhieren emocionalmente al suelo del nacimiento y la crianza.

Si nos separamos, el llamado de esa tierra natal habla un mismo idioma al viajero que se cansa de los hoteles; al estudiante en los dormitorios que aguarda por las vacaciones en casa; al soldado en el campo de batalla que reza por el fin de la guerra; al emigrado que sustenta a sus hambrientas familias en la lontananza; al exiliado que le es fiel a sus principios y valores; al expulsado que por su religión o creencias fue echado al mar a punta de metralleta.

Ese idioma suele llevar un grueso revestimiento de los cinco sentidos: sabores de las comidas criollas, sonidos de los ritmos folclóricos, visiones de los paisajes naturales, aromas del cariño hogareño y cosquillas de los recuerdos felices.

Las experiencias de todos los alejados de su nido por incontables motivos están anudadas por este factor común –presente ayer, hoy y siempre.

Algunos con caparazón nos adaptamos hábilmente al nuevo entorno; a otros más arraigados a las costumbres se nos dificulta restablecernos. Los más realistas pasamos la página; los más idealistas nos aferramos a un capítulo que terminó. Unos volvemos al lugar que conocimos, otros retornamos a un lugar que nunca hemos visto y muchos otros morimos sin jamás haber regresado.

Apasionante encrucijada de caminos, Miami es el hogar de todos nosotros: los que amanecemos en el dolor de la distancia y los que anochecemos en la nostalgia del apego; los que despertamos leyendo las noticias de nuestros países y los que nos acostamos orando para que sean distintas; los que nos damos por vencidos y los que no nos rendimos.

Precisamente, para evocar las raíces, un grupo de venezolanos se aglutinó el sábado en un parque de Doral en una manifestación folclórica llamada parranda navideña, antigua tradición que irradia el optimismo y dinamismo vital del ser venezolano. Además de disfrutar de las hallacas cubiertas por hojas de plátano, los juegos deportivos improvisados conocidos como caimaneras y las melodías de gaitas y villancicos, había otra razón para celebrar: el fruto de la solidaridad.

Meses atrás, algunos de los allí reunidos en el “friíto” de esta época, subieron los escalones de un autobús vestidos con camisetas color naranja coral, estampadas con una ilustración de dos banderas fusionadas, la norteamericana y la venezolana, por un mismo principio: la libertad. Debajo de la vistosa camiseta, llevaban la Patria en el corazón.

En el recorrido de 23 horas a Washington D.C., pararon para acomodar a venezolanos diseminados en otros estados. Los compatriotas se sumaban al Trip For Freedom con el desayuno o la merienda preparados para convidar a los pasajeros que llevaban más tiempo en el camino. Sin conocerse unos a otros, viajaban como voceros –insistentes, consistentes, persistentes– de sus hermanos privados del mismo derecho que se disponían a ejercer en los esbeltos y arqueados portones de la democracia.

El corolario de ese emprendimiento ciudadano, sumado a otros menos publicitados y al apoyo indispensable de ardidos legisladores locales, fue la aprobación en el Congreso de sanciones personales contra altos funcionarios del régimen de Caracas quienes no merecen venir al Estados Unidos que envilecen de vacaciones, a rebosar sus maletas de regalos ni a apretujar sus cuentas bancarias con el patrimonio de los estudiantes asesinados, torturados y heridos por izar la bandera de los derechos humanos.

¡Qué juren lealtad al socialismo del siglo XXI! ¡Qué hagan agonizantes filas para descubrir el reflejo de sus sombras proyectado en los anaqueles desnudos! ¡Qué salgan de vacaciones a los depauperados barrios sin suministro eléctrico, devastados por la delincuencia! ¡Qué cultiven sus ahorros en los famélicos bolívares, arrimados al precipicio económico! ¡Qué barnicen la porcelana de sus mascarillas de hipocresía!

Los viajeros a Washington no solo ornamentaron las calles capitalinas con banderines tricolores amarillo, azul y rojo; no solo hicieron bulla en las escalinatas del Capitolio. Pasaron numerosas noches en vela organizándose para conseguir una representación nacional, pusieron un alto a sus vidas –al trabajo, la familia, las responsabilidades cotidianas– para participar, y desde su regreso se mantuvieron activos en las redes sociales y en el ejercicio de presión a los legisladores, amén de continuar exponiendo las injusticias y vejaciones que derraman sangre y lágrimas sobre la tierra en la que formaron su carácter y personalidad.

“Dejar la Patria amada después de vivir en ella por más de 40 años, no es fácil; volar a tierras lejanas con las que no te habías conectado anteriormente, es como los pájaros que emprenden incierto vuelo cuando se acerca una tormenta. Así me sentí cuando dejé a mi madre Venezuela”, narra Conchita Camacho, una de las organizadoras del Trip for Freedom, radicada en Miami desde que su esposo, hace 16 años, olfateó una flatulencia de tragedia.

“Desde entonces –agrega– mi corazón y mis pensamientos no se han desconectado de mis raíces; raíces que llevo muy arraigas y profundas: mi venezolanidad, mi familia, amigos, colegas… cómo no mencionar nuestra hermosa geografía, nuestra cocina, tan variada de acuerdo a cada región, nuestra música, danza, arte y qué decir de nuestra televisión, radio, periódicos; había tantos medios de comunicación; éramos libres de decir lo que sentíamos; éramos como los pájaros que sí sabían adonde dirigirse, porque no había tormenta que los ahuyentase”.

En este grandioso universo, todos somos, fuimos o seremos, aves de tránsito, detenidas en un cielo que no nos pertenece. En la distancia, construimos un nuevo nido y añoramos en el que fuimos incubados.

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