Daniel Shoer Roth

DANIEL SHOER ROTH: Ante el huracán invernal, una mano franca

En el vertiginoso laberinto de la injusticia, como ciudad, nuestra capacidad de cordial acogida y de provisión de asistencia al oído de amargos lamentos vuelve a ponerse de prueba. El contacto con una realidad deprimente, desconsolante, que se nos cae encima como un fardo pesado, comprobará si nuestra hermandad es firme y perdurable. ¿Prevalecerá el encuentro o el desencuentro? ¿Se levantarán las murallas o se tenderán los puentes?

Los retos de integración a esta comunidad de miles de migrantes son noticia de nuevo. Ni los titulares, ni los pronunciamientos de los dirigentes locales, ni la opinión pública, empero, exaltan nuestra fortaleza: aquella “mano franca” de la que escribió José Martí. Nadie nos inspira a forjar una gran obra humanitaria, a una caritativa misión que galvanice el corazón. Paradójicamente, escuchamos lo inverso: “no podemos”, “carecemos”, “dependemos”... Cualquier día, voltean la mirada con un gélido “no queremos”.

Con ese tono quejoso teñido de drama, Miami anda por las umbrosas sendas del extravío fraterno. Las llagas hondas y peligrosas precisan una cura: manos vigorosamente enlazadas, como eslabones en una cadena de amor.

En su penosa odisea hacia la libertad, hacia la oportunidad, los primeros cubanos que dejaron atrás una estela de sufrimientos y extrema penuria en Costa Rica, han emprendido el último trecho. Atraviesan México con destino al paraíso dorado apellidado Florida. Pronto, casi ocho mil compatriotas pisarán las escurridizas huellas de su sudor y lágrimas preguntándose si el exilio en Miami, como en crisis migratorias anteriores, les brindará el abrazo de solidaridad y consuelo. ¿Responderá a los suyos o permanecerá indiferente?

La indignación suscitada por el crudo cierre de una verja fronteriza –escenario que, por cierto, se repite hoy alrededor del globo con un retintín xenófobo–, ha generado mayor empatía por estos caminantes, pues su deambular, en inhóspitas condiciones, por tierra de nadie a cualquiera conmueve. No obstante, otros milen han poblado nuestros vecindarios en meses recientes, sin despertar compasión su ruina. La cifra de migrantes continúa aumentando raudamente. Hasta ahora, es poco clara la magnitud de los efectos económicos, demográficos y sociales en Miami.

Un barómetro apropiado son las escuelas públicas. Las autoridades de la enseñanza han contabilizado la inscripción de cuatro mil nuevos alumnos cubanos en tan solo un semestre. Paralelamente, en ese plazo, han matriculado a 2,300 estudiantes venezolanos, otra comunidad en colosal crecimiento. De hecho, alertan sobre una avalancha de estudiantes foráneos el próximo curso. Los gobiernos municipales también han alzado la voz de alarma para solicitar fondos al Tío Sam, sin un ápice de esa creatividad de pensamiento que impulsó la diversidad humana de Miami, al tiempo que la potenció, resistiendo los embates de las coyunturas políticas.

La respuesta al auge de inmigrantes ha sido lánguida y desapegada, pese a que este fenómeno es bastante grave e impacta al alma de la ciudadanía. Destellos de conciencia chispean solo cuando la consternación tiene rostro. Ya sean los cubanos atascados en la geografía centroamericana o los que un día hallaron el calor del hogar al pie de un hediondo tanque de basura en Doral aguardando por los primeros resplandores de una mano amiga.

¿Dónde están hoy los comprometidos líderes cívicos, los poderosos empresarios, los dadivosos filántropos, los guías religiosos, los profesionales voluntarios, los funcionarios electos? ¿Qué pasó con aquella indestructible fuerza mancomunada que facilitó la absorción de poblaciones anteriores no obstante las incompatibilidades? ¿Y los empleadores que daban trabajo a los recién llegados? ¿Y los médicos que sanaban sin cobrar? ¿Y las escuelas privadas que acomodaban un par de pupitres más? ¿Y los vecinos que abrían sus neveras a los hambrientos?

El rescate toca a vuestras puertas. No puede depender de las veleidades de la política norteamericana. Es peligroso desligarse uno de la reciprocidad constante de compromisos y promesas.

Pese a los prejuicios imperantes sobre esta nueva inmigración y a la desidia de las generaciones nacidas en este suelo gracias a la valentía de sus padres y abuelos exiliados, emigrados o refugiados, esto se puede lograr. Lo hemos demostrado antes. Y es lo que, por convicción moral, se debe hacer.

Escritor, periodista, biógrafo y cronista de Miami.

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