Daniel Shoer Roth

DANIEL SHOER ROTH: Bien vale París…

Flores y velas fueron colocadas cerca del teatro Bataclan en honor a las víctimas, una semana después del brutal ataque terrorista en París.
Flores y velas fueron colocadas cerca del teatro Bataclan en honor a las víctimas, una semana después del brutal ataque terrorista en París. EFE

Ciudad luz, de romance, de poesía, de caprichos. Ciudad soñada a la que no permite dormir calmosa el bullicio de quienes saborean la espuma cosmopolita de una copa mientras urden apasionados planes. Ciudad de señoriales paseos, suntuosas tiendas, magníficos bulevares, inmemorables recuerdos históricos y rico patrimonio artístico. Ciudad metáfora de una sociedad pensante y sensible. Capital del mundo en 2015. París.

Con el alma apesadumbrada, la ciudad entera se lanzó a las calles como un relámpago contra aquella espeluznante sombra que estremeció el inconsciente colectivo: las matanzas de inocentes consumadas por los retorcidos fundamentalistas islámicos. Un caos sanguinario cercado en un silencio espeso. Vacío y lobreguez. Mas el temor omnipresente no constriñó la imaginación.

En medio de ese horror, las tragedias generaron una colosal ola de simpatía y solidaridad sin precedentes, ola extendida como la pólvora por las redes sociales, ola que barrió la crueldad y el rencor hasta el último recodo de la civilización occidental, ola que extinguió la hoguera de una fuerza negativa, el terrorismo, rémora del progreso de la humanidad.

De pronto, el movimiento fraterno de las etiquetas Je Suis se transformó en un baluarte de identificación con el sufrimiento ajeno; en el lazo común de los pueblos; en el apoyo recíproco firme e incontrastable. Apremiaba la necesidad de elevar de la perversidad la naturaleza humana. Y la fuerza de las convicciones morales resultó ser la mejor ciencia.

El bien universal también halló otro aliado en París hace poco. Por encima de todo, el colectivo de habitantes de la Tierra son prójimos. Por eso la mayoría de las naciones prometió colaborar mutuamente en aras de procurar la continuidad del hombre como especie en el planeta azul del Sistema Solar.

Finalmente se selló un convenio que contribuirá a atajar el alza de la temperatura global fijando techo a las emisiones de gases de efecto invernadero y estableciendo un sistema de financiación. Desde una perspectiva institucional, la Cumbre de París corroboró que es factible un nuevo marco de gobernanza mundial. Una agenda de indispensable consenso y seguridad para estos momentos difíciles de cambio climático, engalanada por políticas fiscales, más inversiones e innovación tecnológica, alinea valores y prioridades. En lugar de un mundo más caliente, se perfila una mayor calidez de corazón para con las futuras generaciones.

La majestad y el esplendor de esas preciosas escenas de la naturaleza que enaltecen y pacifican las almas con una mera contemplación y un suspiro poético, exceden de méritos para ser preservadas. Habiéndose trepado por un sendero muy escarpado en los altísimos montes de la concordia, los millones de individuos que nutren de sangre la conservación ecológica y la sostenibilidad, vislumbraron en la ciudad luz el intenso brillo de sus empeños y talentos.

Fue Enrique IV de Francia, allá hacia finales del siglo XVI, quien cerró el capítulo de las guerras religiosas y apaciguó un período de violentas convulsiones políticas y sociales guiado por su misión de hacer la felicidad de su pueblo. A fin de cimentar la paz del reino, el monarca juró fidelidad a la fe católica y pronunció la célebre sentencia “Paris vaut bien une messe” –“París bien vale una misa”.

Promover la tolerancia lo llevó a sucumbir a las puñaladas de un fanático, una estirpe que aún no cesa. Logró, sin embargo, activar nuevas fuentes de riqueza y mejorar las infraestructuras, abriendo camino a la cooperación y al ascenso de la burguesía.

Bien vale la pena el esfuerzo –en París o en cualquier otro lugar– cuando es menester cambiar un aspecto de nuestras vidas, ya sea en favor del deseo de seguridad que yace en lo profundo de cada ser o de las mejoras ambientales. Esa voluntad es incluso más briosa cuando el beneficiario es alguien más, lección que nos lega la reciente firma del decreto papal para la canonización de la Madre Teresa de Calcuta, cuya vida y labor fue testimonio de la alegría de amar.

Pese a las turbulencias, un año preñado de esperanzas, sueños e ideales se avista en el horizonte, pero también tiene por delante sustanciales retos. ¡Felicidades!

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