Daniel Shoer Roth

DANIEL SHOER ROTH: Cruz vs. Rubio: dos vertientes de la hispanidad

Marco Rubio y Ted Cruz.
Marco Rubio y Ted Cruz.

En el argot político, la ponzoñosa pugna entre ambos candidatos de ascendencia cubana ha sido acuñada “primaria yuca”.

No solo por la planta que se come cocida en deliciosos platos típicos de la gastronomía cubana, sino también porque el vocablo “yuca” se ha constituido como acrónimo para definir a la generación de cubanoamericanos jóvenes con movilidad ascendente encarnada por Marco Rubio y Ted Cruz, acérrimos enemigos mutuos pese a sus sólidas similitudes personales.

Los dos son senadores de credo conservador, hijos de refugiados cubanos de raigambre anticastrista, candidatos viables a la nominación republicana, listos y aplicados; incluso tienen 44 años de edad. Admirados y vilipendiados, las suyas son historias de superación y ambición; las de sus padres, de sacrificio y compromiso. Más allá de sus propuestas, ovacionadas por unos y repudiadas por otros, ellos son el fruto de una inmigración de brazos aptos para el progreso. Y a ambos organismos latinos acusan de “traidores” por quebrantar la lealtad a la identidad hispana.

¿Acaso puede alguien traicionar a su propia identidad, como quien traiciona a la patria, al amigo o al cónyuge?

La identidad es la conciencia que una persona tiene de ser ella misma y distinta a las demás. Son rasgos individuales y por eso un carné de identidad acredita solamente al titular. Cierto, existen idiosincrasias propias de una colectividad como las tradiciones y las creencias. Pero la etiqueta de “hispanos” como perfil monolítico de un grupo tan vasto es imprecisa, por no decir artificial, pues nos encasilla como una masa homogénea carente de espacio, conceptualizada como la expresión de un conjunto de características iguales.

Todo lo contrario: somos una sociedad multiétnica, multirracial, multirreligiosa, multicultural y pluralista.

Comprendiendo que la identidad se configura en las distinciones diferenciadas de las percepciones de uno mismo y que no es estática, pues deriva de un proceso permanente de construcción, entonces es imposible traicionarla.

A la hora de estipular políticas, se prescinde de etnia, cultura y herencia, porque el motor de la acción son las convicciones asentadas en la identidad individual.

Las críticas a Cruz y Rubio se enmarcarían mejor en el contexto de otro dilema antropológico: la colisión entre la asimilación y la aculturación de los hijos y nietos de inmigrantes. En este frente, son polos opuestos.

Finalmente, un medio de la talla del New York Times sacó a relucir este aspecto de la contienda electoral omitido por la prensa, aunque fue presentado de manera errada, como una cuestión de “identidad hispana”. El diario explica cómo la geografía, la crianza y el entorno influyen en la adaptación e incorporación a la cultura estadounidense.

En Miami, una comunidad bicultural transformada por el exilio, era natural que Rubio –de madre y padre cubanos– se criara con un sentimiento de proximidad con personas de similar idiosincrasia. Para él, “la asimilación significó adoptar sus lados norteamericano y cubano con igual fruición”. Celebrar Nochebuena con lechón asado y en Año Nuevo aupar a los Dolphins; cantar una secuencia de notas de rap y bailar al ritmo del tumbao afrocubano.

En Houston, donde la mayoría latina es de origen mexicano, en la adolescencia Cruz –de padre cubano y madre americana-irlandesa– se cambió el nombre de Rafael a Ted porque los compañeros lo ridiculizaban. Apenas tenía “unos cuantos familiares para vincularse a la isla, su idioma y tradiciones. Una vez que su padre se convirtió en un cristiano renacido [evangelista], la religión, y no la etnicidad, parecía dominar el núcleo familiar Cruz”.

Por eso a uno le es más fácil que al otro demostrar vínculos con la cultura cubana. Mas esos lazos no yacen en las coloridas guayaberas de un clóset, ni en el aroma del dulce café desprendido de las tacitas arropadas con la bandera de la estrella solitaria, porque se llevan por dentro, en el corazón.

Si alguien va a reprocharles la identidad, dejemos esa tarea en manos de Trump.

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