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Fabiola Santiago

Las víctimas de tiroteos olvidadas

Jada Page resultó muerta por disparos en agosto cuando salía de la casa con su padre para ir al cine.
Jada Page resultó muerta por disparos en agosto cuando salía de la casa con su padre para ir al cine.

Los tiroteos y las muertes no se detienen, y los casos se acumulan con mayor rapidez de lo que la policía puede resolver los misterios, descifrar los códigos e identificar a los sospechosos.

Pero detengámonos un momento y juguemos un juego geográfico.

Imagínense que frente a un pintoresco bungalow en Pinecrest, Coral Gables, Miami Shores –o cualquiera de nuestras prósperas comunidades en el condado Miami-Dade– siete personas, tres de ellas adolescentes, son derribadas a tiro limpio el Día de Año Nuevo.

Imagínense que tres personas más son tiroteadas al día siguiente, y que una mujer embarazada se ve atrapada en el fuego cruzado.

Aquí estamos, al principio del 2017, y no hemos tenido un segundo de alivio.

Si este nivel de violencia fuera perpetrado en comunidades ricas, no sería aceptable, no sería tolerado, no se repetiría más allá de unos pocos incidentes. Todo el poder policial de este condado se hubiese unido para detener estos actos de guerra abierta en nuestras calles hace mucho tiempo. Los poderosos hubieran llamado a la Guardia Nacional si fuera necesario.

Pero estos crímenes despiadados tienen lugar en las comunidades más pobres de Miami-Dade, y aunque los jefes de policía hablan mucho, la falta de resultados habla por sí misma. Hubo incluso un tiroteo desde un vehículo en el funeral de una víctima en North Miami. Eso muestra el poco miedo que tienen en la actualidad los criminales que operan dentro de estas comunidades. Ellos tirotean con toda impunidad. Y no hemos conseguido sacar las armas de nuestras calles.

“La violencia en la comunidad persistirá siempre y cuando sigamos aceptando la negligencia, la desesperanza y la apatía”, dijo el lunes pasado con exasperación el superintendente escolar de Miami-Dade Alberto Carvalho en varios mensajes de Twitter después de los tiroteos más recientes.

Y tiene razón.

“Reclamar nuestras calles s empieza con reclamar nuestros hogares”, dijo. “La violencia en la comunidad es una consecuencia. Las soluciones residen en identificar la causa y ocuparse de ella. Juntos, como comunidad, por el bien de los niños”.

Las agencias de prevención y las agencias policiales tienen que trabajar juntas, añadió Carvalho, repitiendo lo que ha estado diciendo durante los últimos dos años de violencia en escalada constante. El está cansado de asistir a funerales y de consolar a padres y compañeros de clase afligidos, de suplicar a la comunidad que dé el paso al frente y ayude a la policía.

Las palabras ya no son suficiente.

La semana antes de las Navidades fue lo mismo: 14 personas tiroteadas en cuatro tiroteos diferentes, ataques a balazos a familias lo mismo dentro que fuera de sus hogares. En esta serie de nunca acabar de espantosos crímenes, niños resultan muertos o heridos de gravedad.

“No se supone que enterremos a nuestros hijos”, dijo Dominique Brown ante un grupo de personas reunidas en la iglesia el 29 de septiembre, en una súplica en busca de ayuda pronunciada con los ojos llorosos. Su hija de 8 años, Jada Page, resultó muerta en agosto cuando salía de la casa con su padre para ir al cine. No se ha arrestado a nadie. “A menos que se esté en esta situación, no se puede entender. Hay un vacío en mi corazón”.

Y así sigue todo. Ningún sospechoso es arrestado, ni juzgado, ni condenado. Sólo las imágenes desgarradoras de víctimas inocentes y adioses luctuosos. Un carruaje tirado por caballos llevando el féretro color turquesa, con corazones pintados, de la dulce Jada, quien pagó con su vida el precio de la rabia y el crimen de los adultos. La sonrisa de una preciosa niña de 15 años mirando la televisión en la sala de su abuela cuando exhaló el último suspiro. Un niño de dos años señalándose en silencio el ombliguito en la televisión para mostrar la cicatriz de una herida de bala. Puede que él sólo pueda expresarse en el balbuceo de un niño pequeño, pero ya sabe lo que se siente cuando le disparan.

¿Y el resto de esta comunidad? Indiferente a la gravedad de estos crímenes.

De todos los tiroteos ocurridos durante los días festivos, el único en que se capturó a un sospechoso ocurrió en Ocean Drive en South Beach, donde están los turistas y donde los residentes no tolerarán este tipo de violencia sin invadir el Ayuntamiento de la Ciudad para exigir soluciones.

En pocas palabras: en el área había agentes de policía alertas, quienes persiguieron raudos y veloces al sospechoso. Había cámaras por todas partes que captaron el tiroteo. Había personas dispuestas a hablar con la policía y a describir a los sospechosos. El arrestado fue un muchacho de 17 años que no tenía por qué andar con un arma de fuego, y mucho menos disparar con ella a un grupo de personas.

Si cada tiroteo tuviera este resultado, no habría tanta impunidad.

Pero en los barrios más humildes de Miami, las víctimas solamente tienen palabras para consolarse, no justicia.

Esta historia fue publicada originalmente el 8 de enero de 2017, 2:55 p. m. with the headline "Las víctimas de tiroteos olvidadas."

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