El Papa Francisco puso cara de ‘vinagre’ para Trump y sonrisas para los dictadores
Luego de reunirse con líderes musulmanes en Arabia Saudita, y de visitar el sitio de oración más sagrado del judaísmo en Jerusalén, el presidente Donald Trump sostuvo finalmente un encuentro con el papa Francisco. Se esperaba que fuera, según lo describió un asociado papal, “un encuentro sin muros”.
Pero, mientras las cámaras tiraban fotos, la cara avinagrada del papa Francisco en presencia del presidente Trump lo decía todo: pecador. Mal cristiano. Constructor de muros, no de puentes. Yo no estoy de acuerdo con él.
El único momento de cierta ligereza tuvo lugar cuando el pontífice estrechó la mano de Melania Trump y le preguntó en español por medio de un traductor si ella estaba alimentando al Presidente con potica, un formidable ejemplo de la pastelería eslovaca. Ella sonrió y le respondió con entusiasmo: “¡Sí!” Para los estándares estadounidenses es un tanto extraño escuchar a un papa decirle gordo a un presidente, pero se trata de un chiste que no se toma en serio ni en el mundo latinoamericano del cual procede Francisco ni en la cultura italiana que él ha hecho suya. Y Francisco no parece exactamente que pueda asumir una actitud de superioridad moral en lo que se refiere al tema del peso.
Se trató de un chiste. Y fue la única señal de simpatía que el Papa dio en público a la familia Trump.
Francisco no pudo ocultar su desprecio por el hombre que inauguró su campaña llamando a los inmigrantes mexicanos violadores y criminales, por el presidente que ha hecho de la deportación de inmigrantes indocumentados, incluyendo a los padres y madres de niños nacidos en Estados Unidos y sin antecedentes criminales, una de las principales prioridades de su administración.
El presidente Trump recibió su merecido: un trato glacial y un ejemplar de la encíclica papal sobre el medioambiente, Laudato Si ("Alabado seas"), la cual afirma que el hombre es responsable por el estado de la tierra. Un regalo muy adecuado para un Trump que llamó a los cambios climáticos “una estafa de los chinos”, que quiere eliminar a la Agencia de Protección Medioambiental y al Departamento de Energía, y que acaba de abandonar el Acuerdo de París para combatir el cambio climático.
Algunos de nosotros, los estadounidenses que hemos criticado el gobierno abrumado por los escándalos de Trump, disfrutamos particularmente del momento en que el papa, quien es conocido por su comportamiento carismático, posó para fotos de protocolo con Trump y su familia (vestida de negro, y con velos negros) e hizo público su desagrado ante el mundo entero con la expresión estoica de sus facciones.
Sin embargo, lo único que me vino a la mente después fue esto: si tan sólo el papa Francisco hubiera tratado a los dictadores Raúl y Fidel Castro con el mismo desdén en Cuba.
Si tan sólo el papa Francisco hubiera regalado al presidente Nicolás Maduro un ejemplar anotado de la Constitución de Venezuela, y lo hubiera presionado a restablecer la democracia y a acabar con las muertes y con la violencia contra los manifestantes.
A mí me cae bien el papa Francisco, pero en lo que se refiere a los dictadores él se comporta de manera hipócrita.
Más allá de lo mal que me cae el presidente Trump, más allá de lo inepta, lo implacable y lo plagada de escándalos que sea su administración, él fue electo democráticamente. El papa ridiculiza a Trump, pero él hizo una visita amistosa al anciano Fidel Castro, un dictador que abandonó este mundo con las manos manchadas de sangre. En fotos que Alex, uno de los hijos de Castro, tomó de su encuentro y circuló para que el mundo entero viera el respeto con el cual Francisco había tratado a su padre, se ve a los dos conversando amistosamente, e incluso con las manos tomadas en un momento en que Francisco parece estar rezando.
De la misma manera, Raúl Castro recibió de Francisco un apretón de manos y una sonrisa, y en ningún momento puso cara de vinagre mientras Raúl acompañó al papa durante su visita a la isla en el 2015.
Mientras que otros en Miami criticaron duramente a Francisco por no haberse reunido con los disidentes, y por su comportamiento amistoso hacia los hermanos Castro, yo le di el beneficio de la duda. Sentí que él había dado al pueblo cubano, expuesto durante décadas a la militancia de los Castro, un vocabulario más gentil de inclusión y de guía. El dio a los jóvenes una plataforma para hablar acerca de sus sueños por un futuro mejor, y, desde el momento en que él puso el pie en Cuba, el papa Francisco se mostró inclusivo de la diáspora en sus homilías.
Resté importancia a su cara sonriente y a sus apretones de manos con los ancianos comandantes como algo habitual en las visitas oficiales, especialmente cuando un jefe de estado como el papa tiene la esperanza de hacer negociaciones a favor de la esperanza y del cambio.
Pero, después de su evidente desprecio por Trump, no estoy segura de qué pensar.
La razón es esta: dentro de poco más de tres años –o, dados sus problemas legales y la conexión con Rusia, tal vez antes, en esta nación de leyes y de proceso debido– el pueblo de Estados Unidos tendrá la oportunidad de sacar a Trump de su cargo. Ya sea por deposición o por votación, para el 2020 es posible que salgamos de Trump.
Nosotros no necesitamos que el papa Francisco negocie nuestra democracia.
Pero el pueblo cubano y el venezolano necesitan desesperadamente su autoridad moral. Han pasado 58 años, y los cubanos todavía no pueden votar sobre el gobierno de los hermanos Castro, y Raúl Castro ha continuado reprimiendo sin piedad a todos los disidentes. La simpatía del papa Francisco hacia los Castro, vista a la luz de su desprecio a Trump, envía al mundo el mensaje de que el gobierno de ellos es aceptable.
La fe, lo mismo que la confianza, es algo que se pierde con facilidad.
Fabiola Santiago: fsantiago@miamiherald.com, @fabiolasantiago
Esta historia fue publicada originalmente el 5 de junio de 2017, 7:46 p. m. with the headline "El Papa Francisco puso cara de ‘vinagre’ para Trump y sonrisas para los dictadores."