La visita de Trump a Miami no es por Venezuela, es porque quiere ganar en Florida
El presidente Donald Trump está emprendiendo otro de sus costosos viajes financiados por los contribuyentes a su propiedad de Mar-a-Lago este fin de semana. Y —¡qué suerte para nosotros!— estará en Miami este Día de los Presidentes.
Si se cree en su retórica, estará aquí por Venezuela, para desalojar a ese sinvergüenza Nicolás Maduro con un discurso desde el podio en la Universidad Internacional de Florida. Si cree a sus partidarios, el presidente está aquí para apoyar y envalentonar al presidente interino Juan Guaidó, cuya vida corre peligro cada día que convoca a elecciones libres y verificadas en su país.
Pero si el objetivo final de Trump fuera influir en un resultado positivo en Venezuela, estaría en Washington o en el extranjero realizando una campaña diplomática seria tras bastidores, tal vez con sus amigos Vladimir Putin de Rusia y Xi Jinping de China, que apoyan a Maduro. Su estrategia, en lugar de atraer a una audiencia amistosa de Miami, podría ser dedicarse al arduo trabajo de convencer a terceros cómplices a persuadir a Maduro y a sus devotos habilitadores militares a que abandonen Venezuela.
O tal vez Trump estaría trabajando para que la ayuda de Estados Unidos por la frontera con Colombia auxilie a los desesperados venezolanos que libran la lucha de sus vidas. Lo que no se espera que haga el presidente de EEUU en este momento crucial, es hacerle el juego a Maduro al alardear con su retórica en la Florida como un pavo real luciendo su plumaje. Eso es precisamente lo que Maduro quiere: que el mundo crea que la insurrección masiva contra él es fabricada en Estados Unidos.
Pero Trump ya está haciendo campaña para la reelección en 2020, y Venezuela es su boleto ganador en Florida. Se trata de Trump primero, no Venezuela primero.
Todos aquellos votantes independientes que perdieron miles de dólares de sus planes pensión 401k en las caídas en el mercado bursátil provocadas por sus pequeñas guerras comerciales, todos los contribuyentes que ahora se enteran de que no pueden hacer deducciones de gastos profesionales gracias a Trump y al plan fiscal del Partido Republicano para que los ricos paguen menos impuestos, todos ellos necesitan un miedo nuevo y enorme para poderlos enganchar.
Y, como lo hizo con los inmigrantes mexicanos y el muro, Trump ha encontrado un nuevo detonante para vender con el ejemplo de Venezuela. Reveló esta estrategia en un paquete patriótico y entusiasta en su discurso sobre el Estado de la Unión: el socialismo como el nuevo monstruo del cual Trump nos salvará.
“Estamos con el pueblo venezolano en su noble búsqueda de libertad, y condenamos la brutalidad del régimen de Maduro, cuyas políticas socialistas han convertido a esa nación que fuera la más rica de Sudamérica en un estado de pobreza extrema y desesperación”, dijo Trump.
Hasta allí, no podría estar más de acuerdo. Pero luego continuó: “Aquí, en los Estados Unidos, estamos alarmados por los nuevos llamados a adoptar el socialismo en nuestro país. América se fundó sobre la libertad y la independencia, no sobre la coerción, la dominación y el control gubernamental. Nacemos libres, y permaneceremos libres.
“Esta noche”, agregó a los emocionantes aplausos mientras la cámara se acercaba al sombrío senador Bernie Sanders que se achicaba en su asiento, “renovamos nuestra decisión de que Estados Unidos nunca será un país socialista”.
Dos semanas más tarde, Trump llega al estado indeciso de la Florida para pronunciar otro discurso contra el socialismo donde convenientemente pinta a los demócratas con un amplio pincel engañoso. Y tendrá éxito, gracias a Sanders, un independiente que se postuló para presidente como demócrata y conmovió a los sectores del partido más a la izquierda, y a la popularidad de la representante de EEUU, Alexandria Ocasio-Cortez de Nueva York.
Trump tiene que volver a ganar la Florida para ser reelegido —y la fórmula contra el socialismo funciona maravillosamente bien en este estado como estrategia de campaña política.
“Los socialistas se avecinan” fue el mensaje que ayudó al gobernador Ron DeSantis a triunfar para el cargo de gobernador de Florida, y envió a su detestado predecesor, Rick Scott, al Senado de EEUU.
En elecciones de mitad de período con márgenes tan estrechos que los votos tuvieron que ser contados dos veces, DeSantis lanzó el mensaje del socialismo al principio de su campaña al atacar a Ocasio-Cortez. Estaba preparando la narrativa. Fue el punto de partida para pintar a su oponente, el alcalde de Tallahassee, Andrew Gillum, quien no lo era ni en la más remota imaginación, como socialista y comunista.
Observé cómo funcionaba la estrategia desde el microcosmos de mi distrito suburbano de Miami, donde un trabajador electoral republicano entregaba tarjetas a los votantes, día tras día durante la votación anticipada, advirtiendo: “¡No podemos permitir que lo que pasó en Cuba y en Venezuela suceda en este país!”.
Aunque no precisan cómo sucedería exactamente, los partidarios de Trump dicen que su discurso en Miami el lunes servirá para presionar más fuertemente a Maduro para que renuncie y abandone el país.
Si los discursos de Ronald Reagan en Miami en la era de la glasnost y la perestroika no expulsaron a Fidel y Raúl Castro de Cuba a fines de la década de 1980, ni a principios de los 90, cuando la gente pasó tanta hambre al terminarse los subsidios soviéticos, dudo seriamente que un discurso de Trump en Miami pueda mover una pulgada en Venezuela.
No obstante, sí puede enojar y atrincherar más a Maduro y prolongar el sangriento conflicto y su régimen.
Sin embargo, para a los oídos de los exiliados en Florida y su nación MAGA, (Make America Great Again), el agresivo anti-socialismo militarista de Trump tiene la pátina de oro para el 2020.
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Esta historia fue publicada originalmente el 17 de febrero de 2019, 3:00 p. m..