Fabiola Santiago

Esta soñadora irá a Harvard pero su estatus no le permite recibir ayuda federal

Beneficiaria de DACA aceptada por Harvard enfrenta problemas por su situación migratoria

Mónica Lázaro es una beneficiaria de DACA aceptada por la Universidad de Harvard para estudiar políticas de salud pública. Pero su situación migratoria le plantea problemas financieros que aún está tratando de sortear.
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Mónica Lázaro es una beneficiaria de DACA aceptada por la Universidad de Harvard para estudiar políticas de salud pública. Pero su situación migratoria le plantea problemas financieros que aún está tratando de sortear.

Solo cuando se cambia de ropa de trabajo a blue jeans y una camiseta, “mi ropa favorita”, como los llama Mónica Lázaro, y dice que la guacamaya roja en su camisa es el ave nacional de Honduras, se pueden vislumbrar sus raíces.

Pero casi todo lo de Mónica, desde los detalles más pequeños hasta el trayecto de su éxito, dice “estadounidense” y “estoy en casa”.

Los diplomas marcan sus años de trabajo y sus logros implacables contra las probabilidades de pobreza, pérdidas dolorosas y los obstáculos de un limbo de inmigración que todavía la persigue.

Están los títulos como asociada en licenciatura en artes del Honors College de Miami Dade College (MDC), la licenciatura en biología de la Universidad Internacional de Florida (FIU), y ahora, su carta de admisión a la cumbre de la educación de Estados Unidos, la Universidad de Harvard.

Mónica se postuló a nueve universidades en búsqueda de lograr su mayor sueño: realizar estudios de posgrado en políticas de salud pública; y ocho la aceptaron. Sólo Yale se negó.

“Es surrealista”, me dice la muchacha de 26 años. “Todavía no puedo procesarlo todo”.

Lo único que lamenta es que su madre, la inspiración de su trayectoria profesional, no esté aquí para compartir su alegría y sus triunfos.

Mónica estaba en el último año de la escuela secundaria cuando su madre, Marta Griselda, sin seguro médico e indocumentada, murió de cáncer de colon a los 40 años porque tenía demasiado miedo de llamar la atención sobre su estado de inmigración al acudir al hospital; le preocupaba que su familia pudiera ser deportada. Eran demasiado pobres para pagar un tratamiento privado. Marta demoró el tratamiento hasta que estuvo tan enferma que no pudo superar otro día sangrando y con dolores horribles.

“Vivimos una vida secreta, con miedo”, dice Mónica.

Pero, a pesar de su éxito actual, esta Soñadora (Dreamer), una de los 800,000 jóvenes inmigrantes traídos a Estados Unidos cuando eran niños y cuyo estado legal sigue siendo incierto bajo un clima político cargado en Washington, enfrenta otro obstáculo.

Sin el estatus de residente permanente o sin la ciudadanía, Mónica no es apta para solicitar subvenciones federales y ayuda financiera más allá de becas limitadas. Harvard le ha otorgado una beca que paga el 50 por ciento de la matrícula de $ 83,162 por tres semestres. Pero con ello, todavía se queda corta en $41,581, más el alquiler, el transporte y la comida en Boston, una ciudad cara.

Mónica dice que no quiere hablar sobre “el problema del dinero”.

“No me siento cómoda pidiendo dinero”, me dice. “Se me hace demasiado duro”.

Y bromea: “Supongo que no me postularé para un cargo público”.

Pero sus mentores, que ayudaron a financiar sus estudios anteriores, están recaudando fondos a través del Fondo de Becas Priscilla R. Perry, y esta es una comunidad generosa que invierte en jóvenes como Mónica.

Sé que podemos ayudar.

Su ética de trabajo y, sobre todo, su compromiso de contribuir a este país al convertirse en experta en un problema nacional crítico, el acceso a la atención médica, la ha traído a este momento.

“Mónica es extraordinaria”, dice Pam Perry, una abogada que junto con su esposa, la juez jubilada y abogada de mediación Ellen Leesfield, trata a Mónica como a una hija y la ayudó a culminar sus estudios, a encontrar trabajo y un apartamento, y a administrar el fondo de becas.

Mónica las llama dos de sus “ángeles” que la han ayudado a superar obstáculos desde el día en que llegó en 2002 a los 9 años a Miami.

“Son muchas las personas en mi vida que me han ayudado”, dice ella. “Si comenzara desde el principio, no lo creerías”.

Vida en San Pedro Sula

La suya es una historia edificante que comienza el día en que la tienda de ropa de su padre en San Pedro Sula fue asaltada por segunda vez a punta de arma de fuego. Esta vez, los ladrones que huyeron mataron a tiros a dos personas inocentes. La familia estaba aterrorizada. Sus padres trabajaban largas horas para pagar una escuela privada donde los niños estaban aprendiendo inglés, y Mónica y su hermano menor, Mario, siempre venían a la tienda después de la escuela para hacer allí los deberes.

Sentían que ya no podían exponer a sus hijos al peligro extremo y a la violencia. Honduras rápidamente se convertiría en el país más mortal del mundo, superado solo por las zonas de guerra.

Los Lázaro obtuvieron visas de turista, hicieron las maletas, se despidieron del resto de la familia y les dijeron a los niños que iban a Disney World.

“No entendíamos por qué todos lloraban”, recuerda Mónica. “¿Y por qué no trajimos a la abuela? ¡Ella también habría amado a Disney!”.

Volaron a Miami, donde tenían familia.

En Honduras, no eran ricos, pero se sentían cómodos.

Eso cambió de inmediato.

“Vivimos en un cucarachero en la Pequeña Habana, un efficiency lleno de cucarachas y siempre he tenido miedo a las cucarachas”.

Pero, conscientes del poder de la educación, sus padres trabajaron arduamente en cualquier ocupación que pudieran obtener y ahorraron para mudarse a un distrito con buenas escuelas. Mónica terminó en la secundaria Ponce de León, donde se convirtió en presidente de la National Junior Honor Society, y más tarde, en Coral Gables Senior High School.

Los padres trabajaban todo el día y los niños se quedaban solos en casa después de la escuela con instrucciones de no abrir la puerta. Mónica estaba a cargo. A los 10 años ya estaba cocinando.

Dolorosamente tímida en la escuela debido al secreto con relación a su estado migratorio, vio un anuncio de una feria de clubes en su segundo año y se “enamoró” de Best Buddies, un club que la ayudó a “salir de mi caparazón”. Fue excelente en actividades académicas y extracurriculares con la ayuda de los maestros y el personal que la ayudaron a superar la pobreza, la enfermedad de su madre, y cuando Mónica finalmente se destapó, la falta de estatus migratorio.

“Tuve oportunidades en la escuela y traté de aprovechar cada una de ellas”, dice.

Cuando Mónica no podía comprar los uniformes del equipo de golf, el entrenador se los dio. Para recaudar dinero para la ropa de la pista, vendió chocolates. Una vez, cuando su madre, quien en estos momentos ya estaba enferma y la familia sufría aún más escasez, los maestros de Gables y Ponce organizaron una recaudación de fondos para una “buena causa” no identificada. Mónica también vendió boletos para la rifa. El ganador obtendría un iPad.

Pero para su sorpresa, la “buena causa” fue comprarle a Mónica la computadora portátil y la impresora que necesitaba desesperadamente.

“La escuela era mi refugio”, dice ella.

¿Cómo podría pensar en la universidad?

Entre clases, como presidente de los estudiantes de nivel junior y del Consejo Estudiantil en su último año, Mónica llenaba formularios médicos y traducía para su madre, negociaba citas con el médico y ayudó a tomar decisiones sobre el tratamiento del cáncer. También cuidaba a su hermano pequeño, Michael, y aconsejaba a el adolescente, Mario, que había recurrido a las drogas para escapar de la tristeza de la enfermedad de su madre y sus circunstancias.

Pero con un solo ingreso, su padre apenas podía pagar el alquiler y traer comida a la casa.

¿Cómo podría siquiera pensar en la universidad?

No importaba lo que hiciera, Mónica no era como sus compañeros. Ella no podía aplicar a la universidad, su sueño. Había aprendido el significado de ser indocumentada cuando le pidió a su madre su número de Seguro Social para ponerlo en un formulario, y este no existía.

“Fue muy decepcionante”, dice ella. “Comencé a hacer mi propia investigación y entendí que no iba a poder ir a la universidad”.

Nadie en la escuela lo sabía.

“En enero de mi último año”, dice ella, “el director de actividades estudiantiles me preguntó: ‘¿a dónde vas a ir a la universidad? ¡Te van a aceptar en todas partes!’ Me quedé callada, tratando de esquivar esa conversación. Entonces, comencé a llorar y le dije que no podía ir a la escuela y por qué y también le conté sobre mi madre. Hasta ese día nadie sabía por lo que estaba pasando”.

Cuando ella me cuenta esto, su voz se resquebraja y me pide que la excuse un minuto. Pero no puedo responder. Yo también estoy llorando.

La revelación, sin embargo, rompió el tabú. Mónica obtuvo la ayuda que necesitaba de la escuela, que se comunicó con el Miami Dade College, y una donación de $10,000 del jugador de béisbol de los Marlins, Mike Lowell, inició el programa de becas que financió su universidad y la de otros Soñadores de alto rendimiento.

Otra luz brilló en su vida ese año agridulce de 2012, cuando su madre murió en junio después de verla graduarse de la escuela secundaria.

El presidente Barack Obama creó DACA (Acción Diferida para los Llegados en la Infancia), el estado que, por primera vez en su vida, le permitió a Mónica el lujo de tener un número de Seguro Social, una licencia de conducir y un permiso de trabajo.

No fue perfecto. Bajo los parámetros limitados de fecha de nacimiento y entrada en el país del programa, algunos Soñadores no calificaron por cuestión de meses. Pero Mónica calificó.

“Pude decirle a mi madre antes de morir, que todo iba a estar bien, y que yo iría a la universidad”, dice.

Pero no tuvo tiempo de hacer el duelo debido a todas las responsabilidades de cuidar a sus hermanos, mantener su promedio de calificaciones y hacer de ama de casa para su padre Mario, quien cayó en una profunda depresión.

Y hubo más malas noticias.

A su prima Damarys, una ciudadana estadounidense de 21 años y con seguro privado local, se le diagnosticó cáncer cerebral.

Una vez más, Mónica intervino para ayudar a completar el papeleo, ir a las citas y, en el proceso, se enteró de que había medicamentos, equipos y servicios que Damarys no podía obtener porque la compañía de seguros no los aprobaría.

Al igual que su madre inmigrante, los estadounidenses también sufrían carencias.

Damarys también perdería su lucha contra el cáncer en 2018.

“El sistema de salud realmente me enfurece”, dice Mónica. “Si tienes cáncer y no puedes caminar, no debes estar luchando con el seguro para que te den una silla de ruedas. O pelear para conseguir una cita, o una resonancia magnética o una tomografía computarizada.

Ahora que trabaja como asistente de investigación de un médico de la Universidad de Miami en el departamento de neurología que realiza ensayos clínicos sobre la epilepsia y la medicación para la apnea del sueño, Mónica también es oradora elocuente sobre temas de inmigración.

Ella nunca pierde la esperanza.

“Tienes que trabajar duro, centrarte, creer que puedes hacerlo”, dice ella.

Cuando el presidente Donald Trump derrogó DACA en 2017 diciendo que el Congreso necesitaba encontrar una solución permanente, ella vivió nuevamente momentos de tremenda angustia.

La incertidumbre no desaparecerá hasta que el Congreso apruebe una legislación que legalice permanentemente el estatus de los jóvenes como ella y que les abra un camino hacia la ciudadanía estadounidense, y el presidente lo firme. Será difícil con las elecciones presidenciales que se avecinan y los Soñadores y DACA son usados como fichas de negociación política para la construcción de un muro.

En la oficina en casa de Mónica, cuelga una foto sobre lienzo de su fallecida y hermosa madre. Un perchero sostiene una bolsa de Mickey Mouse y la colección de gorras de béisbol de los estados que ha visitado. Su primer viaje fue a California, un viaje para marcar su nuevo estatus de DACA.

Miami es donde canta su corazón.

“Este es el lugar al que llamo hogar”, dice Mónica. “Mis amigos están aquí. La cultura está aquí. Las personas que amo están aquí”.

Ella solo lo dejará, momentáneamente, para ir a Harvard.

Para hacer donaciones deducibles de impuestos al Fondo de Becas Priscilla R. Perry, envíe cheques al 201 Alhambra Circle, Suite 1205, Coral Gables, 33134, con atención a Ellen Leesfield. O utilice este enlace de PayPal: http://PayPal.me/PerryScholarshipFund.

Siga a Fabiola Santiago en Twitter: @fabiolasantiago.

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