Fabiola Santiago

Es vergonzoso que EEUU le niegue la ciudadanía a ex preso político cubano de 82 años

Lo que le ha sucedido a Francisco Verona después de cuatro décadas de vivir en Estados Unidos es una historia adecuada para la época.

Entre 1978 y 1979, la administración del presidente Jimmy Carter negoció con Fidel Castro la liberación de unos 3,000 presos políticos.

Unos pocos eran estadounidenses, pero la mayoría eran cubanos.

Uno de los prisioneros liberados que voló a Miami fue Verona, que ahora tiene 82 años, un autodenominado “guajiro” oriundo de Pinar del Río, un sencillo hombre del campo que en su juventud conspiró contra la toma comunista de la isla y fue encarcelado tres veces.

En Miami, los hombres como Verona fueron acogidos como héroes.

El gobierno de Estados Unidos, que conspiró durante décadas para derrocar a Castro y fomentó la insurrección y el cambio de régimen, también lo hizo. Las operaciones de sabotaje, la huida del país y la ayuda y el ocultamiento de los conspiradores fueron considerados como actos patrióticos, no criminales.

“Recuerdo cuando fuimos al hipódromo [Hialeah Park] para un evento y toda la gente aplaudía [a los presos políticos]”, dice la hija de Verona, Edelyn.

Sin embargo, después de vivir una vida tranquila de familia y trabajo fuerte en la pequeña empresa de construcción de su hermano durante 40 años, lejos de protagonismo político o de otro tipo, el Servicio de Ciudadanía e Inmigración de Estados Unidos (USCIS) de la administración Trump le ha negado la ciudadanía de Verona.

Él no entiende por qué.

“El gobierno estadounidense me sacó de la cárcel y me trajo aquí”, dice Verona. “Conspiré en Cuba, no aquí”.

La razón citada en la carta de negación: sus actividades contra el gobierno en Cuba y su permanencia en la cárcel en 1961, 1966 y 1972 lo hacen moralmente cuestionable.

Y Verona no pudo proporcionar los “antecedentes penales y las disposiciones judiciales” de parte del gobierno que lo encarceló, que los funcionarios de inmigración requerían para que él probara lo contrario. Como si la dictadura cubana fuera una estación de policía estadounidense, con registros precisos y veraces disponibles.

La documentación es necesaria “para demostrar que cumple con el requisito de buen carácter moral para merecer la naturalización”, dice la carta de rechazo firmada por la directora local Enid S. Stulz y enviada desde la oficina de USCIS en el noroeste de Miami-Dade.

¿La negación se debe a la ignorancia de un burócrata, o a las malas políticas y prácticas de una administración que toma medidas enérgicas contra la inmigración legal e ilegal en todos los frentes?

Es difícil saberlo, ya que USCIS no da comentarios a la prensa sobre caso específicos, ni le interesa discutir los temas controversiales que maneja la agencia, pero esto es seguro:

El gobierno cubano no le dará documentos que digan que su permanencia en la cárcel fue un servicio público ya que, en su mayor parte, no hacen ninguna distinción entre prisioneros políticos y comunes.

La mayor parte del tiempo los procedimientos judiciales en Cuba son teatro con un solo veredicto posible: culpable.

“Solo conspiré en Cuba llevando cosas de aquí para allá y reclutando gente”, dice Verona. “Pero nunca he tenido un solo problema en este país”.

Describe su entrevista para la ciudadanía como “un interrogatorio” con la insinuación de que era un terrorista.

“Fue un apretón izquierdista”, dijo.

Cuando se le preguntó, como es normal en el proceso de naturalización, si estaba dispuesto a tomar las armas para defender a Estados Unidos, a lo que respondió “sí”, con orgullo, el entrevistador le siguió indagando sobre el tráfico de armas.

¿Había sido traficante de armas?

Él dice que también se le preguntó cuántas veces había votado.

Su respuesta: “¿Cómo podría votar? No soy ciudadano”.

“Fui tratado como un criminal”, dice Verona. “Era como si quisieran atraparme con algo”.

No fue hasta 2016 que Verona solicitó la ciudadanía, y le tomó casi cuatro años obtener la entrevista.

Verona dice que durante décadas estuvo demasiado ocupado trabajando y criando una familia y pensaba: “Podría vivir para siempre” solo con su estatus de parole, y luego la residencia permanente otorgada bajo la Ley de Ajuste Cubano.

Pero después de retirarse, el tiempo le permitió desear más mientras vivía entre casas familiares en Miami y Naples, donde tiene suficiente tierra para cultivar verduras y frutas tropicales.

Autocrítico, dice que todavía es “un guajiro bruto”. Agradecido por su libertad, quiere morir como ciudadano estadounidense y votar en las próximas elecciones.

Sin embargo, evita hablar de política, y todo lo que me dice es que es un católico practicante en contra del aborto (lo cual considera el tema más importante) y no favorece a ningún partido, solo mide el temple del candidato.

“Todo lo que quería hacer era votar por Marco Rubio y Mario Díaz-Balart”, dice.

Pero admite estar decepcionado con estos cubanoamericanos en el Congreso.

“No me han ayudado con este problema [de la negación de ciudadanía]”, dice.

Si el caso de Verona ilustra algo, es que se ha acabado cualquier apariencia de trato especial para los cubanos en este país.

Y, a pesar de la retórica del presidente Donald Trump que llama a los veteranos de Bahía de Cochinos “héroes”, los cubanos ni siquiera reciben un trato justo. Como ocurre con la deportación masiva de cubanos a un país que viola los derechos humanos, negar la ciudadanía a un ex preso político está en contravía con la política de línea dura de Trump hacia Cuba.

¿Cómo puede un burócrata del gobierno cuestionar la moralidad de un hombre que luchó contra una dictadura y, apoyándose en ese hecho, negarle el último deseo de convertirse en un estadounidense con pleno derecho?

Si hay algo cierto es que Verona es un hombre valiente.

Negarle el deseo de ciudadanía al final de la vida es vergonzoso.

Twitter: @fabiolasantiago.

Artículos relacionados el Nuevo Herald

  Comentarios