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Fabiola Santiago

Prohibir visitas en tiempo de coronavirus es necesario pero duro para las familias

El coronavirus pica y se extiende.

La Florida y Estados Unidos han llegado a momentos críticos en la propagación de la enfermedad.

¿Cuánto tiempo pueden pasar nuestros viejitos, nuestros queridos ancianos en sus hogares de vida asistida, sin vernos antes de morir de tristeza?

Si no los mata el nuevo y rápidamente contagioso coronavirus, el dolor de nuestra separación sí podría hacerlo.

Y nosotros, sus familias, también estamos sufriendo.

“Extraño su carita sonriente y desdentada”, lamenta Raquel de la Cal, quien solía visitar a su querida madre, Gabriela Torres, de 100 años, todos los días en un centro de asistencia de Miami-Dade.

No ha podido ver a Torres, postrada en cama, desde que se fue de vacaciones a Italia en febrero.

Cuando regresó, De la Cal permaneció en cuarentena durante 14 días a pesar de no tener síntomas, esperando ansiosamente la mañana cuando podría visitar a su madre, que sufre de demencia en etapa terminal y no puede hablar, pero cuyo rostro dice mucho.

Cierre a visitas

Pero ese mismo día, el gobernador de la Florida, Ron DeSantis, ordenó el cierre a visitas de todos los ALF (establecimientos de asistencia para mayores) y hogares de ancianos del estado para evitar la espantosa propagación comunitaria de COVID-19 que la nación presenció en el estado de Washington. Al menos 31 personas han muerto allí por el virus, casi todas en el hogar de ancianos Life Care Center.

La orden DeSantis: No se permiten visitas. No hay excepciones.

“Estaba desolada”, dice De la Cal. “A esta viejita mía no le queda mucho tiempo”.

En la Florida, se sospecha o se confirma la presencia de coronavirus en 19 personas en centros de atención para personas mayores.

La prohibición de visitantes es necesaria pero desoladora para quienes tienen padres, abuelos y bisabuelos ancianos en centros de atención a largo plazo. La Florida Health Care Association estima el número de residentes en 71,000, con aproximadamente un 85% de ocupación en un momento dado.

“Comprendo la razón, entiendo la necesidad, lo entiendo todo completamente, y estoy de acuerdo, pero me duele el corazón por el deseo de verla, y le pido a Dios que no le pase nada antes de tener la oportunidad de volverla a ver”, dice De la Cal.

Coronavirus sin precedente

En épocas de crisis y enfermedad, lo que más queremos hacer es abrazar a nuestros seres queridos, consolarlos con nuestro amor.

En esta era sin precedentes del nuevo coronavirus, es lo único que no podemos hacer.

Y es aterrador.

A todos los que hemos tomado la difícil decisión de colocar a un padre en un ALF o en un hogar de ancianos nos han dicho otras personas que ya han pasado por la experiencia, que tenemos que estar allí. Los trabajadores de la salud nos dijeron lo mismo.

Nuestros seres queridos recibirían mejor atención con nuestra presencia y supervisión. Nuestros seres queridos no se sentirían abandonados si continuamos visitándolos como si estuvieran en sus propios hogares.

Y ahora, nos piden que confiemos ciegamente, que confiemos únicamente en su pericia para manejar no solo la atención rutinaria de esta población vulnerable, sino también esta crisis. No es fácil soltar el control, ni siquiera cuando confías y agradeces a las personas que los cuidan.

“La decisión más difícil de mi vida fue ponerla en un hogar”, dice De la Cal. “Ella vivió conmigo 30 años hasta que desarrolló demencia fulminante y comenzó a tener dificultades para caminar”.

Pero mantenernos alejados es lo que salva vidas.

La persona que transmitió el virus a los ancianos en Washington había sido infectada en Italia y no lo sabía.

En el condado Broward ya hemos tenido tres muertes en instalaciones de vivienda asistida. Una dio positivo y las otras dos negativo para COVID-19.

El conjunto de muertes fue un recordatorio de por qué existe la prohibición de visitas durante esta pandemia que ha demostrado ser la más mortífera para los ancianos. Las personas mayores de 65 años tienen mayor riesgo de desarrollar complicaciones por COVID-19, según los Centros para la Prevención de Enfermedades y Control.

De la Cal ya pasó por un susto hace unos días.

Se le notificó que Torres había desarrollado fiebre y tos y que la estaban tratando con un antibiótico.

Un poco de tos es normal para una persona en cama, pero la fiebre no lo es.

Se preparó para lo peor, sabiendo lo que había escuchado en Italia de primera mano sobre los ancianos “que dejaban morir”. El número de muertos por coronavirus en Italia ahora ha superado al de China.

Ella descubrió que hay una exención a la prohibición para visitar a los moribundos y esto le dio algo de consuelo. La idea de que su madre muriera sola no es algo que quiera contemplar.

Pero la medicación funcionó.

“Fue un infierno a toda carrera, pero ella está sonriendo de nuevo”.

“Esa cara”, dice, “me alegraba el día a diario”.

Twitter: @fabiolasantiago. Correo: fsantiago@miamiherald.com.

Esta historia fue publicada originalmente el 23 de marzo de 2020, 0:17 p. m..

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Fabiola Santiago
Opinion Contributor,
Miami Herald
Award-winning columnist Fabiola Santiago has been writing about all things Miami since 1980, when the Mariel boatlift became her first front-page story. A Cuban refugee child of the Freedom Flights, she’s also the author of essays, short fiction, and the novel “Reclaiming Paris.” Apoye mi trabajo con una subscripción digital
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